Opinión Internacional

Consistencia entre política exterior e interna

Los políticos y los profesionales de las relaciones internacionales saben que uno de los principios básicos es aquel de que «la mejor política exterior es una buena política interna». Esto acarrea al menos tres conclusiones: a) que existe una interrelación entre lo que los gobiernos pregonan como sus principios de convivencia con las demás naciones y lo que hacen en casa, b) que aquello de la soberanía absoluta es cuento del pasado en este mundo globalizado y c) que la política interna como parte de la política exterior arropa tanto el mundo de lo público como de lo privado.

En cuanto a la interrelación entre lo interno y lo externo es evidente que un gobierno no puede insertarse ni interactuar con comodidad y solidez en el plano internacional si, por ejemplo, viola los derechos humanos de sus ciudadanos. Tal es el caso de Cuba, Siria o Irán a las que una gran parte de la comunidad internacional reclama a los gobiernos de esos países el cese de tales violaciones y en algunos casos hasta impone sanciones que con mayor o menor eficacia siempre son incómodas y vergonzosas para los afectados y causan perjuicios.

Ya no vale aquello de que los Estados (sus gobiernos, mejor dicho) pueden hacer lo que mejor les parezca dentro de sus fronteras sin que ello pueda dar lugar a reclamos de otros Estados. El colmo de tal argumento ocurrió en la década de los treinta del siglo XX cuando la Liga de las Naciones reclamó a Alemania por sus leyes antijudías y el gobierno nazi respondió que tal asunto no era de la competencia de la organización por cuanto se trataba de leyes alemanas, emitidas por los poderes competentes, para ser aplicadas en Alemania a ciudadanos alemanes. El resultado de tamaño exabrupto es bien conocido y universalmente lamentado. Es por eso que al gobierno actual de Venezuela le va a costar cada vez más presentarse en sociedad cuando se ha tornado evidente que sus autoridades han optado por la arbitrariedad judicial, la criminalización de la disidencia, la opacidad como forma de gobierno, la alteración de las estadísticas, etc.

El tercer considerando se refiere a la consistencia entre el accionar público y la relación con el campo privado. Así por ejemplo de nada vale que un Estado exhiba una Constitución de alto vuelo democrático y humanista -como lo eran las de los países detrás de la Cortina de Hierro y lo es en la Cuba de hoy- cuando la relación con sus ciudadanos es confrontacional, se impiden las libertades de los particulares escudándose en prejuicios ideológicos obsoletos, se destruye el aparato productivo, se interfiere con la inversión etc. Quien así actúa no se hace acreedor al respeto de sus colegas.

Lamentablemente existen instancias de pragmatismo tan exagerado como repelente cual es el reciente caso de la Celac donde los jefes de Estado de muchos países consintieron en echar por tierra la vocación democrática del continente para complacer a una izquierda casi fracasada y adoptar las posiciones «progresistas» que están de moda. ¡Recularán cuando los reales de Venezuela se sequen por completo y tenderán la mano a nuevas fuentes! Anótelo.

 

 

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