Opinión Internacional

Corea se mueve

Si para la comunidad internacional es bienvenido el anuncio de una cumbre intercoreana el próximo mes de junio, desde el punto de vista de Seúl lo es doblemente. Corea del Sur celebra elecciones generales el jueves y la noticia de esta primera reunión en nueve años entre las dos mitades de la península rota hace medio siglo ha desbordado las expectativas del partido gobernante y disparado la Bolsa. La reunión de Pyongyang no sólo será la primera entre los dos jefes de Estado, sino el bautizo en ese ámbito del secreto Kim Jong-il, líder norcoreano desde que sucediera en 1994 a su padre, el fundador del país.

La incipiente salida de Corea del Norte de su impenetrable concha se ha preparado cuidadosamente. Washington, Tokio y Seúl han venido coordinando sus movimientos en los últimos tiempos hacia uno de los regímenes más peligrosos del mundo, en el entendimiento compartido de que es mejor intentar el diálogo que mantenerlo en la burbuja de la guerra fría, aun cuando el Gobierno de Pyongyang utilice el hambre de sus conciudadanos como elemento de presión y recurra regularmente a la amenaza de las armas nucleares.

Japón abrió la semana pasada, después de siete años de incomunicación, conversaciones de normalización con Corea del Norte. El presidente surcoreano, Kim Dae-jung, que recoge el dividendo de la política de apaciguamiento que enunciara hace dos años, reiteró recientemente en Berlín su disposición al diálogo y a la reconstrucción económica del país vecino, con el que permanece técnicamente en guerra. EE UU, en fin, está discutiendo la primera visita de una delegación norcoreana de alto nivel desde el final de la guerra, en 1953.

La península de Corea es uno de los lugares más peligrosos del mundo, y la dictadura comunista norteña, una amenaza real para la seguridad regional y global. No cabe, pues, hacerse ilusiones sobre progresos rápidos en el desenclaustramiento de un régimen desesperado, que chantajea regularmente a Occidente y es capaz de imponer hambrunas a su población.

Pero el hecho de que Pyongyang se asome tímidamente al mundo es una buena noticia. Haciéndolo, puede contaminarse de algún sentido común. Y quizá, a cambio de algunas concesiones, fundamentalmente la suavización de las sanciones comerciales vigentes, Kim Jong-il y sus generales estén dispuestos a reconsiderar su expansión atómica y armamentista. No menos importante es la oportunidad de que ambas Coreas acaben finalmente acercándose. Lo están esperando familias que llevan separadas 50 años.

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