Opinión Internacional

Cuestión de principios

El encuentro entre los presidentes Uribe y Obama contiene componentes para observar no sólo diferencias de personalidad, sino tradiciones y diferencias de sistemas constitucionales. Mientras Uribe posaba aparentemente confundido frente a las declaraciones de Obama, éste conservaba la firmeza propia de quien expone convicciones y principios. Uribe conteniendo una visible molestia, Obama, pausado y sensato. Pero el encuentro dispuso elementos superiores a la psicología de medios. Destaquemos tres aspectos significativos que establecen diferencias entre lo que representan Barack Obama y Álvaro Uribe.

Una primera diferencia consiste en el modelo de democracia que fundamenta el poder. Uribe representa una democracia con poco respeto al sistema constitucional. Durante sus 8 años de gobierno ha descompuesto las relaciones de equilibrio constitucional a fuerza de imponer una personalidad autoritaria. Su conciencia mesiánica asimila el pasado constitucional en juegos de suma cero. Las declaraciones de Obama reflejan principios de tradición constitucional. Se pone en evidencia cuando afirmaba que (al menos) en la tradición de los Estados Unidos no era bien visto un gobierno que sobrepasara los 8 años. Democracia presidencialista (Uribe) por contraste con democracia constitucional (Obama)
La segunda diferencia proviene del recurso de Obama a la tradición republicana de los Estados Unidos. Tenemos su ilustración relacionada con uno de los padres fundadores: George Washington. Aunque contaba en su momento con todas las garantías y el respaldo plebiscitario para conservar su posición como presidente (1789 – 1797) prefirió retirarse a sus asuntos privados, cediendo a la posteridad republicana un ejemplo magnífico de respeto a los principios. El presidente Uribe ha gobernado dentro de un esquema imperioso con excesiva concentración del poder. Al hacer indispensable su política de seguridad democrática, ha terminado convirtiendo en indispensable su personalidad. La psicología de Uribe contrasta con la distancia de principios constitucionales.

La tercera diferencia procede de las fuentes mismas del poder político. En su declaración frente a Uribe, el presidente Obama explicaba que ninguna instancia de legitimidad podía superar el consenso de los ciudadanos. Un consenso que muestre plenamente la participación razonable y el respaldo de los electores. Dentro de una democracia constitucional esto significa mantener la deliberación pública como un tribunal de consulta fundamental. Sin prensa ni medios domesticados, sin prebendas, sin un congreso sumiso, sin un poder económico tutelando ventajas. Desde su primera reelección Uribe ha concebido el poder en términos discrecionales. Un sector de la economía, beneficiado al máximo con la exoneración de impuestos, ha dispuesto los mecanismos para la perpetuación de su mandato.

Si la primera reelección estuvo rodeada por acciones ilegítimas, como lo han demostrado las acciones legales de las Cortes contra la parapolítica y los representantes Teodolindo Avendaño y Yidis Medina, un precedente oscuro ensombrece la fuente del poder presidencial. En nuestro caso, la referencia al constituyente primario como las encuestas de opinión, y el referendo parasitario que cursa en el congreso, no reflejan la transparencia suficiente del poder político. De modo que los tres aspectos significativos subrayados en el encuentro Uribe & Obama exponen detalles superiores a pormenores psicológicos entre ambos mandatarios.

En realidad, las declaraciones de Obama reprodujeron principios constitucionales de una democracia liberal, en una tradición que se remonta a John Locke, Juan Jacobo Rousseau y George Washington. Por contraste, las fuentes de la democracia de Uribe son Núñez y pensadores reaccionarios del siglo XIX resucitados por José Obdulio Gaviria. Obama reclamaba indirectamente a Uribe, desde una concepción pluralista del liberalismo clásico, con principios que consagran la separación entre poderes; mientras Uribe, sigue exponiendo la capacidad de autoengaño que posee su convicción principesca. El autoengaño en la psicología individual de un mandatario se transforma en una peligrosa mentira que puede descomponer las relaciones de equilibrio de poderes en un sistema constitucional.

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