Opinión Internacional

Culpa y aprendizaje político

El Papa Benedicto XVI es un admirable líder religioso y un intelectual de primera línea, autor de libros que perdurarán. En particular, sus reflexiones sobre la crisis espiritual de Europa, empantanada en el relativismo multicultural, acomodaticia y apaciguadora hacia los enemigos de Occidente, son de una densidad extraordinaria.

Durante su reciente visita a Auschwitz el Papa hizo referencia al nazismo, y afirmó que el pueblo alemán fue engañado «por un grupo de criminales que logró el poder mediante promesas mentirosas…de forma que nuestro pueblo fue utilizado como instrumento de sus manías de destrucción y dominio».

Estas frases del Santo Padre se ubican en la perspectiva de su misión religiosa, de su voluntad de reconciliación, y de su noble deseo de impedir que el pasado obstaculice los esfuerzos de convivencia presentes y futuros. No obstante, resulta imposible desconocer que —como una vez dijo Goethe— «nadie nos engaña, nos engañamos a nosotros mismos». Es comprensible que el Papa procure atribuir la responsabilidad por lo ocurrido bajo los nazis a Hitler y la dirigencia nacionalsocialista, pero el pueblo alemán de entonces no puede escapar a la suya.

En ese tipo de situaciones, caracterizadas por liderazgos y sistemas de dominación basados en la prédica del odio, el ejercicio de la violencia, y la propagación de ideologías mesiánicas y totalitarias, la culpa histórica por el curso de los eventos se proyecta en varias dimensiones. De un lado se encuentra la culpa criminal, es decir, aquélla que compete a individuos concretos por la comisión de actos determinados y comprobables. Existe también una culpa moral, que nos alcanza en el plano de la conciencia personal, y que es ineludible pues nos acosa en nuestra soledad más íntima. Por último hay una culpa política, que forma parte de nuestra mera presencia en el marco de los sucesos, de nuestro compromiso o pasividad ante los acontecimientos en medio de los cuales transcurre la vida.

En tal sentido todos cargamos nuestra cuota de responsabilidad sobre los hombros. En el caso alemán entre 1933 y 1945, numerosos nazis ejecutaron acciones criminales, muchos otros alemanes siguieron a Hitler en sus corazones y le apoyaron fervorosamente, y otros más le respaldaron con actos específicos, aunque no necesariamente al nivel de la criminalidad. También hubo individuos que resistieron, bien en la práctica o en sus conciencias. Cada cual conoció la naturaleza de su culpa y el grado de la misma. Pero lo crucial fue que el pueblo alemán experimentó un aprendizaje a raíz de las experiencias del hitlerismo, y de su derrota nació una sociedad democrática que sobrevive.

Salvando las distancias que cabe tomar en cuenta, uno se pregunta si lo vivido por los venezolanos estos pasados años, con su tumulto y su violencia, sus odios y muertes, sus imposturas y mentiras, y su devastadora decepción, está generando un aprendizaje positivo hacia el futuro. Honestamente no lo sé. En ocasiones siento que somos renuentes a reconocer que tenemos una cuota de responsabilidad en lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo. No me refiero desde luego a los jerarcas del régimen y sus colaboradores, no pocos de los cuales actúan por oportunismo. En este plano de la realidad existen culpas criminales que en su momento serán sancionadas, y de igual manera una culpa moral y política de primer orden. ¿Pero qué decir del llamado «pueblo», de esos sectores populares que han sido objeto tanto de la condescendencia despilfarradora como de la manipulación del régimen y su caudillo? ¿Ha aprendido algo ese pueblo en estos tiempos de degradación nacional? ¿Ha extraído lecciones que le impidan caer en el mismo foso y le inciten a tomar un camino distinto más adelante?

No lo sé. Y debo añadir que los dirigentes de oposición tampoco ayudan a que de todo esto surja un aprendizaje creador. Si al menos aprovechasen la pantomima de la «campaña electoral» para ejercer su tarea de pedagogía política, pero ni siquiera de ello son capaces. Se limitan a repetir los lugares comunes de siempre, todos se proclaman de «centro-izquierda», todos cuestionan el desempeño del régimen más jamás tocan lo esencial, que es la propia naturaleza de un régimen que tiene que ser desmantelado, todos parodian el populismo compitiendo en su terreno y no denuncian la masiva y nefasta intervención cubana, ni tienen el coraje de convertirla en el eje de una lucha nacional por la dignidad.

Todos sobrellevamos nuestra parte de culpa en esta tragedia, pero a los dirigentes corresponde un deber superior, que no están cumpliendo.

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