Opinión Internacional

Deng Xiaoping, las comunas y el mercado

 

 

Junto con Mao Zedong y Zhou Enlai, Deng Xiaoping fue uno de los fundadores de la República Popular China el 1º de octubre de 1949. Bajo el liderazgo indiscutido de Mao, la revolución implantó el sistema de comunas y cuando las tensiones sociales presionaron el ensayo, se desató el terror con los Guardias Rojos en los tiempos de la sangrienta «revolución cultural». China llegó a tener entonces sólo un embajador en el mundo, en Egipto.

Deng Xiaoping fue elegido secretario general del Partido Comunista en 1954, pero sus discrepancias con Mao lo alejaron del círculo del poder, fue castigado y enviado a cumplir misiones subalternas durante la «revolución cultural», acusado de burgués y procapitalista.

Encargado de pronunciar el panegírico de Zhou Enlai en sus funerales en 1976, Deng hizo el retrato negativo de Mao, lo cual le trajo otros contratiempos. Mao murió meses después. Deng Xiaoping logró imponerse en las arduas batallas por la sucesión. Así se convirtió en el líder más influyente, el creador de la China contemporánea, en la contrafigura de Mao.

Tenía entonces 74 años de edad y, como observa uno de sus biógrafos, se le consideró «una figura de transición».

Deng resultó todo lo contrario. Fue el gran estadista que transformó China y consagró al país hasta el punto de considerarse el siglo XXI como el «siglo amarillo». Es obvio que su biografía suscite creciente interés en el mundo y, en especial, entre quienes (despojados de dogmatismos) buscan alternativas para el desarrollo, el bienestar y el avance de los pueblos. Mao Zedong fue el político de los dogmas. Deng Xiaoping el que consideró los dogmas propios de las religiones, pero absurdos, contraproducentes y cándidos para la política.

En la educación juvenil de Deng probablemente se encuentre la clave de su visión modernizadora. En 1919, su padre Deng, un agricultor de Sichuan, lo envió a Francia en un programa dual de estudio y trabajo. Se impresionó con la tecnología occidental y con la alta productividad. Se cuenta que pensó cómo lograr su transferencia a China. Se non é vero, é ben trovato. En todo caso, fue lo que hizo cuando conquistó el poder para hacer de China la gran potencia de nuestro tiempo. Los cinco años que pasó en Francia lo marcaron en otro sentido y para toda la vida. En París conoció a Zhou Enlai y se hizo comunista. Eran los tiempos de esplendor de la Revolución de Octubre. De vuelta en China, se unió a la Larga Marcha en 1927.

Durante las tres décadas del dominio de Mao, China ancló en la pobreza y las hambrunas.

Los analistas las contraponen a las dos décadas de Deng Xiaoping, desde 1978 hasta que resignó el poder y lo transfirió por razones de edad. Sus años son juzgados como los mejores de la historia china desde que cayó la última dinastía a comienzos del siglo XX, pero lo importante no fueron tanto las reformas que hizo sino el rumbo que le imprimió a la nación. Opuso un aforismo antiguo al dogmatismo sin anclaje en la realidad. Éste le ha dado la vuelta al mundo y no hay quien lo desmienta: «No importa que el gato sea negro o blanco, siempre que cace ratones».

Deng Xiaoping insistió siempre en que era «un lego en economía». Lo afirmaba con estas palabras: «Yo propongo una economía de China abierta al mundo exterior, pero en cuanto a lo específico de su implementación, sé muy poco cómo hacerlo». No obstante, si notamos que fue ministro de Finanzas, su modestia era un poco tramposa. Ante la prédica de Mao: «Las comunas son la solución», Deng postulaba: «La solución es el mercado».

Esto marcó la historia, la ruina de China bajo Mao, el surgimiento de China como potencia mundial bajo Deng. Tan sencillo como esto, tan obvio y evidente que nadie se explica cómo pueden existir en este mundo personas de mentalidad tan arcaica que adopten el dogma de Mao, condenando los pueblos al sacrificio y la ruina, contra la experiencia de Deng Xiaoping.

Una de las primeras reformas económicas de Deng fue la eliminación de las comunas y las granjas colectivas. Privatizó tierras. Los agricultores trabajaron con entusiasmo, subió la producción y paralelamente las ganancias. La relación con el mundo exterior es uno de los capítulos fundamentales de la transformación de China. En la apertura al mundo, el estímulo a los jóvenes para que estudiaran en las mejores universidades, la garantía a las inversiones extranjeras, las libertades económicas, la propiedad privada, explican el poderío y la modernización de la República Popular.

Si en los años de la «revolución cultural» el aislamiento de China fue absoluto, 30 años después no hay lugar del mundo donde el gran país no esté presente. Quizás la historia no registró nunca un fenómeno tan extraordinario, tan propio, tan audaz, liberadas las fuerzas de la imaginación. Con las comunas de Mao, la China del siglo XXI sería inimaginable. No obstante, todavía subsisten pobres de espíritu que leen el Pequeño Libro Rojo como el ábrete sésamo de la revolución.

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