Opinión Internacional

Desde el incendio

Apuntes sobre el miedo y la esperanza del cambio, sobre la vida en la Venezuela de Chávez y el planeta de Bush, sobre la escritura, la lectura y la calle. Una bitácora de viaje por este enredo en que se nos volvió el mundo, que todavía se puede pensar … y hasta disfrutar.

Apuntes: ojo a Bolivia, que tiene mucho que ver con nosotros

Habrán visto en los periódicos noticias casi diarias sobre la tensión entre oficialismo y oposición en Bolivia. Y habrán notado que esa tensión tiene, principalmente, dos temas: Asamblea Constituyente, y autonomías regionales.

Lo que encontré en Bolivia en 2003 fue lo que me impulsó a escribir El horizonte encendido. En el libro le dedico casi 100 páginas a ese país, que atravesé por tierra durante un mes. ¿Por qué tanto interés en la nación más pobre de América del Sur?
Pues porque tiene las segundas reservas de gas natural más grandes del subcontinente después de las de Venezuela, con lo cual su condición de pobre puede cambiar sustancialmente. Y porque está puesta ahí como una encrucijada entre las industrias y los bancos de Sao Paulo y los puertos chilenos que conducen a China, entre las sabanas llenas de soya del Chaco y los puertos peruanos que conducen también a China, y entre los yacimientos minerales del Perú y de Chile y los ríos que bajan hacia Buenos Aires y Montevideo, etcétera. Bolivia es un país con muchas posibilidades, mucho territorio por aprovechar y una población que no llega a los nueve millones de habitantes. Por tanto, en un mundo sediento de materias primas que está desplazando su principal eje de intercambio económico hacia la cuenca del Pacífico, Bolivia, aunque no tenga mar, tiene algún chance de tener un buen papel en el porvenir.

Eso si lo aprovecha bien, claro está, y distintos actores, dentro y fuera de ella, tienen distintas ideas sobre cómo hacerlo. Cuba, Nicaragua, Ecuador, Venezuela y la izquierda nacionalista, estatista y populista que llevó al poder a Evo Morales piensan que hay que nacionalizar la naciente industria boliviana de los hidrocarburos para resucitar ese Estado empleador y todopoderoso que creó la revolución boliviana de 1952 y que destruyeron las medidas liberales de los 80 y 90. Y por otro lado, Chile, Brasil, Argentina y la cada vez más fuerte élite que se opone a Evo Morales desde las provincias tropicales y gasíferas del oriente del país, consideran que hay que atraer inversionistas extranjeros para que hagan lo que el Estado boliviano no ha sido nunca capaz de hacer bien, y esto es producir todo el gas y el petróleo que la tierra dé, y exportarlo a quien sea, a quien mejor pueda pagarlo, preferiblemente a las industrias brasileñas, chilenas y argentinas, que tanto lo necesitan y están allí, al ladito, pero también a Estados Unidos, China, Europa, al margen de lo que le parezca a la masa indígena y fuertemente ideologizada que tranca las carreteras.

Evo Morales intenta, hasta ahora sin éxito, montar una Asamblea Constituyente plenipotenciaria para destruir el actual Congreso y eliminar la fuerza de los actores que pueden hacer caer su gobierno -como él mismo, entre otros, hizo con los dos anteriores- o frustrar su proyecto de reconstruir ese Estado que le dé capacidad de empleo, de gasto y de control a una izquierda dividida pero tenaz. Pero los prefectos (los gobernadores) de los departamentos orientales, donde están los yacimientos de gas y petróleo y los enormes sembradíos de soya y las miles de cabezas de ganado (un paisaje de prosperidad muy distinto al agotado altiplano donde están los votantes de Evo), están haciendo lo posible por impedir que esa Constituyente se dé, porque no quieren que les pase lo que le pasó a la oposición venezolana, y porque no quieren que desde La Paz la izquierda frustre sus sueños de controlar en lo mayor posible, junto con socios extranjeros, esa riqueza que ahora es que tiene para dar.

Entonces, se enfrentan en el Congreso, donde la oposición hasta ahora ha conseguido paralizar a la Constituyente, y se enfrentan en el territorio nacional, donde hacen huelgas de producción, mientras los «movimientos sociales» (protopartidos y gremios mineros, obreros o campesinos que componen la recia y compleja izquierda local) bloquean carreteras (con lo cual boicotean el comercio que los orientales practican) y forman brigadas de choque contra las manifestaciones opositoras. Lo más grave, hasta ahora, ha ocurrido en la central ciudad de Cochabamba, donde el prefecto, Manfred Reyes Villa, decidió cuadrarse con los prefectos orientales en contra de los proyectos de Morales, con lo cual desató disturbios tales en la región en la que hizo su carrera sindicalista Evo Morales, que tuvo que refugiarse en la ciudad de Santa Cruz, la metrópoli de esta Bolivia próspera, derechista y abierta al exterior que la izquierda quiere silenciar.

Hay muchas consideraciones en juego; el racismo que cada bando practica a su modo, por ejemplo, o el cuán progresista o reaccionario sea cada cual. Pero lo importante es que hay que atender a lo que pase en ese país, porque es un campo de batalla entre varias de las fuerzas más importantes que actúan sobre la economía y la política (son muchas veces lo mismo) de este continente.

Hay mucha gente interesada en saber cómo se va a administrar ese gas boliviano. A PDVSA le interesa tenerlo como socio y no como competencia. A Petrobras le interesa explotarlo para entregárselo a las industrias del sur de Brasil. A la española REPSOL YPF le conviene para venderlo en Argentina. A Estados Unidos y a Venezuela-Cuba-Nicaragua-Ecuador les interesa como fuente de ingresos para un bloque rojo que ha encontrado en el control de la producción de crudo una gallina de los huevos de oro que ni siquiera la URSS le brindaba.

Y así.

Por eso el chavismo está comprando periódicos y financiando radios comunitarias en Bolivia, por eso invierte milllardos de dólares en su explotación gasífera y por eso manda funcionarios y militares para allá, en un internacionalismo bolivariano que se parece cada vez más al imperialismo stalinista. Y Estados Unidos, ocupado como está por el desastre del Golfo Pérsico y los siniestros pasos de Corea del Norte, no alcanza a darse cuenta de que una Bolivia en manos de Evo es una en que los etnocaseristas de los hermanos Humala pueden reorganizarse y rearmarse, igual que Sendero Luminoso, en que la industria de la cocaína puede actuar a placer, y en que ese eje La Habana-Caracas que ahora incorporó a La Paz, Managua y Quito, tendrá más dinero para comprar conciencias, armas, votos, influencia internacional y peso en la definición del precio internacional de los hidrocarburos.

Por eso, Bolivia está sonando tanto.

Etiquetas: UE
¿se cae el precio del petróleo?

Si lo que dice a continuación es cierto, ¿qué va a pasar con el régimen de Hugo Chávez? Y sobre todo, ¿qué va a pasar con el país?
Si tenemos una Venezuela pobre, violenta y regresiva con una bonanza petrolera, ¿cómo sería esta si el precio del crudo sigue cayendo y cayendo, y el país ya no puede seguir contando con su mayor exportación para alimentar a papá Estado y sus ocupantes de hoy y del futuro? ¿O es que, como cierta sospecha ha circulado por ahí desde hace décadas, será sólo sin el petróleo que podremos aprender a ser productivos y competitivos, y a progresar?
(El Nacional – Viernes 19 de Enero de 2007)
Por primera vez en 20 años, los 30 países industrializados reducen el consumo de crudo
POR BHUSHAN BAHREE THE WALL STREET JOURNAL
El suave invierno en el hemisferio norte tiene algo que ver con ello. Y también las fuertes ventas de los fondos financieros. Pero un factor que se ha pasado por alto en el reciente descenso en los precios del petróleo podría presagiar el final del auge del crudo: por primera vez en años, el mundo desarrollado está consumiendo menos.

Datos nuevos de la Agencia Internacional de Energía muestran que el consumo de petróleo en los 30 países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) descendió un 0,6% en 2006. Aunque la disminución parece pequeña, es el primer descenso anual en más de 20 años entre los países de la OCDE. Éstos suelen consumir más de 58% de los 84,50 millones de barriles de petróleo que el mundo quema cada día.

El descenso en el uso del petróleo en el mundo industrializado es una señal de que las empresas y los consumidores, desde Estados Unidos a Alemania y Japón, han reaccionado al alza en los precios del crudo. Es posible que marque el inicio de un ciclo en que estos países consumirán permanentemente menos crudo.

Hay otros indicios, tanto económicos como psicológicos, como el descenso en la demanda por vehículos todoterreno de alto consumo de combustible y el auge en la inversión y las ventas de combustibles alternativos como el etanol. Incluso el gobierno de George W. Bush se ha comprometido a reducir la dependencia de EE.UU. del crudo.

En general, la demanda global de petróleo aumentó 0,9% en 2006, impulsada por el crecimiento de China. Pero esta cifra es más baja que el aumento de 3,9% en 2004 y de 1,5% en 2005.

Muchos analistas están comenzando a revisar a la baja sus pronósticos de precios para este año, aunque muchos aún creen que el crudo repuntará para situarse cerca de US$60 por barril. Ayer, el barril de crudo a contrato futuro de un mes cayó US$1,76 y cerró en US$50,48 en Nueva York.

Algunos inversionistas también apuestan a que el barril se estabilizará en US$60. Esto proviene de la creencia de que US$60 es el precio que la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) pretende defender, aunque el líder de facto del cartel, el Ministro de Petróleo de Arabia Saudita Ali Naimi, sembró dudas al respecto esta semana. Pero otros vaticinan que el auge del precio del crudo, que ya lleva cuatro años, está llegando a su fin.»La burbuja está estallando», dice Frederic Lasserre, jefe de investigación de commodities de Société Générale, en París. «Ha cambiado el sentimiento y los fondos de cobertura están cautelosos».

La noticia sobre la caída de la demanda de crudo en los países de la OCDE llega cuando el debate sobre cómo reducir el consumo de energía ha alcanzado un punto álgido en EE.UU. En el Congreso de ese país circulan proyectos de ley que impondrían programas con este objetivo, como imponer precios a las emisiones de gases invernadero producidos por combustibles fósiles.

Una caída permanente en los precios del crudo generaría una profunda redistribución de la riqueza en todo el mundo. Por un lado, pondría más dinero en los bolsillos de los consumidores y los accionistas de las aerolíneas. Por otro, pondría fin a la bonanza de la que han gozado las petroleras y sus inversionistas, así como los países productores como Venezuela e Irán.

Las monedas de algunos de los grandes exportadores de petróleo, como el peso mexicano, han caído junto al crudo. Los sectores petroleros en los países productores de crudo (incluyendo los tres principales que son Arabia Saudita, Rusia y EE.UU.) sufrirían una baja en sus niveles de empleo, menores ganancias y contribuirán menos impuestos.

Las señales sobre una caída en la demanda de la OCDE comenzaron a aparecer a principios del año pasado. Arabia Saudita comenzó a recortar sigilosamente su producción en abril, debido a que no podía encontrar compradores para su crudo. Irán, el segundo mayor productor de la OPEP, fue forzado por algún tiempo a almacenar el petróleo que no lograba vender en barcos cisterna.

Curiosamente, un factor que podría impedir que el precio del crudo vuelva a los niveles de mediados de 2006, cuando llegó a US$77,03 el barril, es el reciente recorte de producción de la OPEP. Con ello el cartel ha aumentado el volumen de capacidad de bombeo disponible en el planeta y, por ende, ha reducido los temores de una interrupción en el suministro, que fue uno de los factores que elevó el precio en 2006.

posted by Rafael Osío Cabrices at 10:18 AM 0 comments
16.1.07

Apuntes: tres pregunticas sobre esa pendejada que llaman libertad de expresión
Una: si el régimen ya estableció cuánta música criolla estamos obligados a escuchar por la radio (no ha hallado aún el modo de gobernar nuestros reproductores privados), y si ha ido logrando que los medios se vayan censurando a sí mismos, tendrá naturalmente que alcanzar el nivel en que empiece a impedir la expresión abierta del ciudadano común. Todas esas cartas al lector en los diarios opositores que quedan. Todos esos mensajes de textos rabiosamente antichavistas que salen en los más escuálidos programas de la tele. Todas esas llamadas en directo a los programas de radio en vivo. Son costumbres extendidas, que usan tanto chavistas como antichavistas, y que llevan años. ¿Cómo reaccionará el ciudadano común si esa ventana de expresión, muchas veces anónima, se cierra?
Dos: todos los periodistas lo hemos escuchado mucho de 2003 para acá, proveniente de desconocidos, amigos cercanos o parientes íntimos. “Es que yo ya no leo la prensa ni veo las noticias porque me aterran, me deprimen”. “Es que no lo puedo soportar”. “Es que en beneficio de mi salud mental decidí aislarme”. Es un hábito en expansión, un síndrome de avestruz contagioso (aunque es falso que los avestruces entierren la cabeza cuando tienen miedo, por cierto). En estas circunstancias, si ya tanta gente, que no es chavista, está renunciando a la posibilidad de consumir periodismo independiente, ¿quién coño lo va a reclamar cuando falte? ¿Quién coño va a protestar cuando, luego de que cierren RCTV, sigan con Globovisión y con el resto de los medios que no se han arrodillado frente a la doble amenaza de la chequera y el garrote?
Y tres: en Cuba, un millar de funcionarios de confianza tienen acceso a Internet, y vigilándose unos a otros. En China, el gobierno forzó a Google a censurar un montón de sitios para permitirle entrar en ese jugoso mercado. La Red es un enemigo natural del autoritarismo y del pensamiento único, y por tanto una amenaza potencial para la “revolución bolivariana y socialista”. No me sorprendería que en el futuro cercano empiecen a multiplicarse desde el régimen las quejas sobre los cibercafés, sobre el modo en que exponen a niños, niñas, adolescentes y adolescentas a la pornografía y la violencia. Por ahí pueden empezar a allanar el camino para una ley que, en nombre de la salud mental de nuestros niños (el mismo pretexto de la Ley Resorte) se comience a restringir el acceso de la población a Internet. Cosa para la que el control de CANTV será la mar de útil.

Pero ¿cómo reaccionará a eso una población de todas las edades que abarrota los cibercafés para jugar, chatear o buscar trabajo, que distrae tiempo de estudio o de oficina para navegar en Internet o que la usa como fuente mayor de entretenimiento y consumo informativo? ¿Se calará el venezolano común que le quiten Internet? Y en ese contexto de general paranoia gubernamental hacia el enorme e incontrolable universo comunicacional, ¿se calará la gente que comience a estrecharse también la posibilidad de tener celular?
Y me lo pregunto porque cada semana se hace más difícil ser paranoico, más arduo exagerar sobre la gravedad de lo que nos pasa, así como sobre la indiferencia de la gente.

posted by Rafael Osío Cabrices at 12:15 PM 8 comments
Apuntes: tomamos el castillo, ahora volemos el puente levadizo
Poco después de la andanada de anuncios estatistas que nos regaló cuando juramentó a su nuevo dream team de incondicionales, Chávez fue al Palacio Legislativo a tomar, ooootra vez, posesión de su cargo, y se superó a sí mismo (cosa que volverá a hacer varias veces en este delicioso 2007 que se nos viene encima).

Delante del podio de sonrientes titulares de los otros poderes públicos, y ante una audiencia vociferante, el Máximo Líder De Este Proceso habló de ciudades federales y de que había demasiados municipios. Eso quiere decir que en la reforma constitucional meterán un cambio de ordenación territorial sustancioso, que en nombre de los nuevos inventos semánticos -“poder popular” y “nueva geometría del poder”- eliminará la elección de alcaldes, y luego la de gobernadores, a favor de los consejos comunales.

¿Cómo es eso? Pues que el chavismo se encamina hacia una profundización en la práctica de la ecuación caudillo-ejército-pueblo. No sólo reduce y concentra su propia base política con el PSUV (al que los pobrecitos PPT y Podemos no hayan cómo resistirse, ganando tiempo y celebrando nerviosas asambleas internas), sino que reduce, o más bien erradica, el campo de acción de la eventual oposición que tenga. Eliminando las alcaldías, se elimina la elección de alcaldes, y por tanto un canal importantísimo para que los competidores que en el futuro cercano le salgan al chavismo tengan cómo ir acercándose al poder. Tal como lo hicieron ellos en el pasado.

Ese neoliberalismo que tanto odian no sólo trajo reformas económicas (aplicadas en Venezuela en un grado muchísimo menor al que tuvieron en varios países vecinos), sino también políticas: las que ampliaron las posibilidades de partidos jóvenes y minoritarios al abrir la posibilidad de elegir concejales, alcaldes, gobernadores, parlamentarios. Hasta 1989, el Ejecutivo designaba a los gobernadores; luego de eso, de esa reforma implantada por el odiado CAP, partidos como Causa R (germen de PPT), MAS (germen de Podemos) y el mismo MVR fueron obteniendo votos, influencia y cuotas de poder, que ayudaron a preparar el camino para Chávez. Así se fue contribuyendo a la remoción de una casta gobernante por parte de otra. Algo muy parecido vivieron los outsiders que hoy son aliados de Chávez en el continente: Evo Morales aprovechó la apertura política liberal de los 90 para llegar al Congreso; Néstor Kirchner fue gobernador dos veces antes que candidato presidencial; los sandinistas se mantuvieron en estado latente durante más de una década gracias a que pudieron ganar alcaldías y puestos en el parlamento.

Pero el chavismo, naturalmente, no quiere que en el porvenir le pase lo mismo a él, así que actúa igual que un ejército que toma un castillo ajeno y luego quema el puente levadizo para que nadie llegue a desalojarlo. La apertura democrática es muy buena para el que quiere llegar al poder, y muy mala para el que quiere retenerlo. Y éste es el caso del chavismo, ya no movimiento en marcha hacia el mando, sino status quo que procura su enquistamiento, su perpetuación. Chávez quiere gobernar de por vida, y está tomando las medidas que lo harán posible, por si alguien no se ha dado cuenta.

Así que no es sólo centralismo militar lo que hay detrás de la reforma territorial, sino también una útil jugada para inhibir el chance de un contraataque opositor. Ese lujo que tuvimos de estar votando, ese lujo que nuestros innumerables abstencionistas despreciaron, va a desaparecer pronto, porque al chavismo dejará de convenirle que votemos, cuando llegue el día que el petróleo baje de precio o la mayoría finalmente se dé cuenta de que está durmiendo con el enemigo y de que estos tipos destruyen todo lo que tocan.

La erradicación de las reformas de la modernidad liberal de los 80 y 90 no sólo pasa por “recuperar” los sectores estratégicos, sino por abatir las vías de renovación de las dirigencias a nombre de un “poder popular” y de un “socialismo del siglo XXI” que no significa nada preciso, sino lo que el caudillo vaya diciendo oportunamente.

Lo único que importa aquí, es incrementar el poder y sostenerlo. Y no veo mayor resistencia. Lo que veo es, presidiendo una Asamblea Nacional 100% chavista que avanza gozosa hacia su propia disolución, el lema que repite una y otra vez Rudolf Hess en El triunfo de la voluntad, el gran clásico del cine propagandístico nazi: «Ordene, comandante, que nosotros obedecemos».

posted by Rafael Osío Cabrices at 11:29 AM 1 comments
9.1.07

Apuntes: así que esto es 2007 …

Bueh, ya bebimos de más, ya gastamos lo que no debíamos, ya comimos mucho cochino y ya estamos aquí, en 2007. Fue una Navidad muy loca, una Navidad que coronaba un año de ingresos petroleros extraordinarios en Venezuela. Mirando el cielo de Caracas a la medianoche del 31 de diciembre, la verdad es que no me parecía que hubiera mucha tristeza: el dinero que se estaba volviendo, literalmente, humo, revelaba un clima de unánime complacencia por el presente que tenemos. ¿O no?
Y un chavismo recrecido empezó a dar sus primeros pasos tras su clarísima victoria de diciembre. De nuevo, hubo varias voces sugiriendo, pidiendo o exigiendo al Presidente que modere su tono, que dialogue, que converse, que hay cuatro millones de personas que votaron en su contra y que no deben ser ignoradas. Pero Hugo Chávez, que entró a la historia venezolana con un intento violento de golpe de Estado, ha ignorado esas peticiones. Ya ni siquiera en el bolsillo debe tener el minúsculo crucifijo que manoseaba en su primera rueda de prensa tras la tragicomedia de equivocaciones de abril de 2002. Ni hablar de su fallida campaña del amor, de hace un par de meses. Es que ni siquiera, tengo la impresión, ha vuelto a sacarse del paltó aquella Constitución azul: antes, cuando la nombraba, era microscópica; ahora, parece haber desaparecido del tono. «The Incredible Shrinking Constitution», parafraseando aquella vieja película de ciencia ficción.

Van a cerrar RCTV. Eso va. No le van a renovar la concesión. Los demás han cometido fallas, pero no serán castigados. La van a cerrar porque tienen que tirarle algo de comer a los hambrientos radicales, de dentro y fuera del país, que llevan ocho años ya esperando una revolución que no termina de llegar. Chávez no quiere perderlos todavía, así que les dará esa presa y otras más; Globovisión está en la mira. Y al que proteste, les lanzará su retórica antiimperialista, en la que todo cabe, incluso llamar «pendejo» al secretario general de la OEA, porque Chávez se siente recrecido, omnipotente, porque a Bush se le volteó la tortilla, el petróleo sigue caro y sus alianzas en el mundo emergente no afiliado a EEUU siguen fortaleciéndose (hablo de países con poder energético y militar, como China, Irán y Rusia, que tienen con qué darle la espalda a la menguante hegemonía estadounidense).

Chávez alimentará a los lobos radicales que le ladran pidiendo sangre, pero, al contrario de lo que dice todo el tiempo, no llegó la hora de la revolución. Más bien al contrario.

Me explico.

Toda experiencia que se dice revolucionaria tiene una fase de conquista y una de control. El chavismo ya completó la primera: barrió todos los competidores políticos, creó un ordenamiento jurídico que destruyó los elementos amenazantes del orden anterior, consolidó una hegemonía en todas las instituciones y los distintos niveles de cargos elegibles. Además, estableció un considerable nexo emocional del caudillo con millones de personas. Ahora entró en la segunda fase, la de defender lo que tiene, y atornillarse más. Todo lo que hace y seguirá haciendo se dirige a mantener y profundizar el poder que ya obtuvo. Si antes podía ser considerado, de alguna manera, como una fuerza de cambio, una fuerza revolucionaria, ahora será -diga lo que diga, no hay que escuchar lo que dice sino mirar lo que hace- una fuerza reaccionaria. Por eso, el «movimiento» MVR se convierte en partido único. Por eso, la nueva ofensiva contra lo que queda de medios no chavistas, en busca de eliminar todo espacio de expresión de protesta y disidencia. Por eso, la ofensiva contra CANTV, la explotación de la Faja del Orinoco y las empresas eléctricas: necesita aumentar el control del Estado sobre todos los ámbitos que producen mucho dinero y permiten intercambiar empleo por lealtad política.

El chavismo llegó, entre otras cosas, para desmantelar casi todos los intentos de reforma y modernización del Estado que, con una óptica relativamente liberal, se emprendieron en las últimas décadas en Venezuela. Pero eso lo hace también para incrementar el tamaño y la capacidad de su Estado empleador y empresario, un Estado que mientras más grande es, más puede vender empleo y posibilidades de enriquecimiento ilícito, más puede intimidar a los disidentes y más puede abultar unas arcas cuya administración se ejerce con gozosa discrecionalidad, sin control de terceros.

Esa es la tarea ahora, alimentar al Leviatán y darle las herramientas que necesita para eternizarse. Todo lo que hará será para protegerse. Es de esperar que haga purgas en las alianzas del chavismo: al que no le guste el predominio del MVR en el gabinete y el Partido que se exponga a las consecuencias. Es de esperar que comience a reprimir protestas: siempre estarán la oposición y EEUU para imaginarse como titiriteros de cualquier cierre de calle que hagan unos vecinos, aunque sean pobres y morenitos. Es de esperar que siga avanzando en su tenaza de extorsión y aniquilamiento hacia todo factor que amenace su permanencia en el poder, en busca de un espíritu nacional que se vivió, según cuentan los mayores, cuando Pérez Jiménez: aquel que dice que «si uno no se mete en política, no tiene mayores problemas».

En esta lógica, el socialismo del siglo XXI, que muy inteligentemente sigue sin definirse, muy probablemente no sea más que el viejo control de la economía, el viejo estatismo de hace medio siglo, adaptado en unos pocos detalles a la modernidad tecnológica y petrolera, y bautizado así para mantener complacidos a los que creen que aquí se está haciendo una revolución.

posted by Rafael Osío Cabrices at 11:26 AM 9 comments
11.12.06

Apuntes: un hijo de puta menos en el mundo
Perdónenme, por favor, el exabrupto, pero no logro llamar de otra manera al general Augusto Pinochet Ugarte, quien ayer murió, a los 91 miserables años, sin haber sido condenado, sin que se hiciera justicia con él. Para que sigan diciendo que Dios tarda pero no olvida; éste se le olvidó también.

Apenas unas pocas humillaciones lo persiguieron en sus últimos años, humillaciones que le dieron numerosas oportunidades de demostrar, como si hiciera falta luego de sus 3.000 muertos, su mala entraña. ¿Cuántas veces fingió un malestar o un episodio de demencia para escapar de un compromiso con un tribunal? ¿Cuántos otros crímenes suyos, como el colosal montón de plata que se robó, salieron a la luz mientras cientos de demandas en su contra rebotaban inútilmente tratando de llegar a él?
Pero ahora que se ha muerto, y que el gobierno de Michelle Bachelet -la mejor presidenta, junto a Lula, que hay en América Latina en este momento- ha encontrado una solución bastante justa, me parece, para su entierro -con honores hacia el militar que fue, no hacia el dictador- , este hijo de puta me hace pensar en otro hijo de puta que aún vive, que como él, tuvo logros pero más tuvo desastres.

Este otro hijo de puta no tiene esa voz de rata ni esos ojos de topo que pronto comenzarán a comerse los gusanos. Es un tipo carismático y elocuente, y se llama Fidel Castro.

Pinochet llegó al poder mediante un traicionero y sangriento golpe de Estado contra el hombre que había confiado en él, y que terminó suicidándose con un AK47. Pronto empezó a matar gente en el Estadio Nacional y en las cárceles. La excusa que usó Pinochet para el golpe fue evitar la influencia de aquel otro hijo de puta, Castro, y la excusa que usó para robar niños y matar gente frente a su familia y desaparecer a otros y lanzarlos al mar o a un basurero fue la misma que usaron colegas suyos de la hijaeputez como Videla, Stroessner y Bordaberry, en Argentina, Paraguay y Uruguay respectivamente: estamos en guerra contra una insurrección, y en toda guerra hay daños colaterales.

Castro llegó al poder mediante una guerra de guerrillas de dos años contra un gobierno de ladrones y asesinos. Pronto empezó a matar gente en la fortaleza de La Cabaña y en las cárceles. La excusa que usó Castro para su guerra fue la justicia social, y luego, la defensa de la dignidad y la soberanía de su pueblo. Con excusas parecidas mandó tropas suyas a Venezuela, Angola, Mozambique, Nicaragua y Bolivia. Sigue usando la excusa de que está por ser invadido por EEUU, la misma que ha usado desde la fallida invasión de Playa Girón en 1961, para mantener una dictadura de hierro y fusilar o encarcelar gente.

Pinochet, según las organizaciones de defensa de los derechos humanos, se lleva a la tumba la responsabilidad por unos 30.000 muertos, pero sus defensores, que no son pocos, que son como la mitad de Chile, alegan que unos cuantos deslices, unos cuantos excesos de las fuerzas militares en la defensa de la patria no pueden ocultar la creación del nuevo Chile y la reforma económica que convirtió a este país en una notable excepción latinoamericana.

Con Castro es más difícil sacar la cuenta, pues habría que sumar los muertos causados no sólo por su aparato represivo, sino también las guerrillas que armó y entrenó con apoyo de la URSS durante la Guerra Fría. Pero él no ha hecho ninguna reforma económica. Bueno, sí la hizo, junto a ese genio de la destrucción llamado Ernesto «Ché» Guevara, pero no ha servido sino para someter a su pueblo -con la inestimable ayuda del criminal y absurdo embargo estadounidense- a la miseria crónica, pese a sus logros en educación y salud, y a empujarlo hacia el contrabando. Con el colapso soviético permitió unas pocas medidas de apertura, que ha comenzado a recoger ahora que tiene a Chávez ayudándolo con un paquete de beneficios que equiparan ya el millardo de dólares anuales que en los últimos años representaron las remesas de los cubanos de afuera.

Pinochet mandó entre 1973 y 1990, cuando entregó el poder al perder un plebiscito. Castro está en el poder desde 1959; hace unos meses lo cedió, «temporalmente», a su hermano Raúl, lo cual no ha representado ningún cambio para la vida de la gente en la isla.

De Pinochet se saben todos sus crímenes, aunque quizá haya algunos más, y ha sido perseguido por la justicia. Fidel no sabe, desde 1959, lo que es tener una demanda judicial en su contra. Pinochet es un tipo vilipendiado y odiado por buena parte del mundo. Castro es, todavía, una estrella adorada por cientos de miles de izquierdistas. La muerte de Pinochet fue minuciosamente vigilada por los medios, fue una agonía pública; todos nos enteramos de lo que le pasaba o lo que le dejaba de pasar. La muerte de Fidel será un misterio; ni los propios cubanos saben cuán mal está, porque lo cubre la oscuridad de la censura.

Muerto Pinochet, Chile seguirá progresando, en manos de un gobierno serio y responsable, que se preocupa por las mayorías y que quiere hacer justicia. Muerto Fidel, Cuba seguirá en manos del aparato militar y burocrático que niega a sus ciudadanos la libre expresión, el uso de Internet, la posibilidad de emigrar y un montón de cosas que son naturales en casi todo el mundo contemporáneo: partidos políticos, libertad de movimiento, celulares, comida abundante para quien la pueda pagar.

Hay muchos hijos de puta. Hoy, hay uno menos, pero quedan varios más, y otros más estarán preparándose para el cargo. Pero unos tienen más suerte que otros. Y esa suerte se manifiesta hasta el momento en que asumen la misma condición que muchas de sus víctimas: la de cadáveres.

Etiquetas: dictadura, Fidel, Pinochet

posted by Rafael Osío Cabrices at 9:40 AM 16 comments
Aportes: la crónica de Guadalupe
Mi amiga Guadalupe Burelli escribió una crónica mejor que la mía sobre la experiencia como miembro de mesa, desde la oposición, del 3D. Se las copio íntegra para no cometer la pichirrez de no compartirla con ustedes. Ahí va.

¿Dónde está mi coronel?
Guadalupe Burelli

Siempre que he podido, he tratado de tomar parte en los eventos en que la participación ciudadana es posible, y necesaria. Es así como cuando la oposición venezolana milagrosamente consiguió aglutinarse en torno a Manuel Rosales para participar en un solo bloque contra Hugo Chávez en las recientes elecciones presidenciales, me ofrecí como testigo de mesa. Asistí a muchas reuniones y talleres y poco a poco fue creciendo en mí, como en tantos otros, la conciencia de que esta vez nos tocaba jugar un papel fundamental en el proceso eleccionario del 3 de diciembre. Quizás un hecho fortuito en el primer taller al que asistí me hizo caer en cuenta de cuán importante es realmente el papel de un testigo en un proceso electoral. Era yo la única entre un grupo bastante numeroso, que no había ejercido ese rol en particular durante los más recientes eventos comiciales. Me pareció abrumadora en aquel momento la cantidad de detalles a los que se esperaba que pusiera atención y, un poco en broma, lo comenté a mis compañeros agregando, de paso, que la única vez que había sido testigo de mesa fue en el 73, cuando mi papá se lanzó como candidato por segunda vez. En aquellos tiempos, la alternabilidad era ya un presupuesto consagrado y las elecciones no tenían ni remotamente el significado, ni la crispación de los últimos procesos. Recuerdo muy bien que, luego del escrutinio, cada uno de los miembros de la mesa donde estuve fueron dándome por debajo de cuerda, sin que los demás vieran, una boleta en la que las tarjetas grande y pequeña aparecían selladas en la opción que mi papá representaba. Fue muy simpático ese gesto de todos ellos, pendientes de que me llevara a casa recuerdos que aún conservo, y no parecía tener ninguna trascendencia que faltaran esas pruebas luego de confirmado el escrutinio. Cuando terminé mi cuento, una señora, profesora universitaria, que ronda los sesenta y que se sentaba detrás de mí, bastante eufórica me dijo: “¿Entonces tú eres hija de Burelli Rivas? Ay, chama, si tú hubieras visto cómo nos repartíamos sus votos entre los partidos en aquella elección, porque él no tenía testigos”. Seguidamente se carcajeó, como si aquello hubiera sido una gracia. Tardé un rato en asimilar el peso de su confesión. Obviamente, el primer impacto fue emocional, porque como hija viví el esfuerzo titánico que en todo sentido supuso para él acudir a esas elecciones en solitario, independiente, sin el apoyo de ningún partido grande, por la sola convicción de que podía ser útil al servicio del país y consecuente con quienes habían creído en su propuesta en las elecciones de 1968. Luego, fui tomada por la certeza de que voto no cuidado es voto robado y, por tanto, la misión que había elegido en esta elección era importante. Otras reflexiones que me suscitó su comentario no vienen a cuento, pero podrían llevarnos a analizar las consecuencias del bipartidismo que signó nuestra vida republicana durante varias décadas y que nos ha traído a este hueco negro donde caímos hace 8 años.

El viernes 1 de diciembre a las 7 y media de la mañana ya estaba yo en las puertas del colegio Santa Rosa de Lima para retirar mi acreditación y participar en la instalación de las mesas. Llevaba conmigo varios instructivos que me había estudiado, no sólo leído, literalmente estudiado y subrayado durante las últimas noches. Me sentía segura y clara con todos los pasos del proceso. En uno de los generosos pasillos del colegio ya se habían formado los grupitos correspondientes a cada mesa, pero yo fui, por un buen rato, la única persona asignada a la mesa 7. Hasta que llegó una muchacha joven que se me presentó como testigo del MVR. No hizo falta que me lo dijera porque todos los accesorios que llevaba en su atuendo eran rojos. Rojitos. La mesa nuestra se instaló con un presidente joven, un secretario aún más joven y tres muchachas. Además, estábamos tres mayorcitos y la testigo del oficialismo. Cumplimos todos los formalismos y no hubo ningún contratiempo. Al final de la mañana ya reinaba tal camaradería que se hizo una lista con lo que cada uno traería de su casa el domingo para estar bien apertrechados durante la jornada que se vislumbraba larga y tensa. Cuando nos fuimos del colegio ya sabíamos que todos, menos una, éramos de la oposición. Quizás alguno lo tomó como un presagio. A mí me produjo tranquilidad.

A las 4 y 45 minutos de la mañana del domingo 3 de diciembre de 2006 estaba yo entregando mi credencial al oficial del plan República que custodiaba el acceso al estacionamiento del colegio. Ya a esa hora la cola de personas deseosas de votar recorría varias cuadras. Tenía mariposas en el estómago, me había puesto un amuleto de protección y traía un bolso con las normas, las leyes, y chocolates, agua, frutas y pastillas para el dolor de cabeza. En un bolsillo de mi blue jean, un frasquito de gotas de Rescue remedy que mandé a preparar el sábado convencida de que al final del día no me quedaría nada. Poco a poco fueron llegando los compañeros y antes de las 7 de la mañana, una vez cumplidos todos y cada uno de los puntillosos procedimientos, estábamos listos para comenzar el proceso. Me ausenté por unos minutos para pasar por el captahuellas y ejercer mi derecho en la mesa 15. Todo salió bien.

Durante la primera parte del día mi función consistió en contar, con un contador de esos que se usan en los teatros, a cada persona cuando depositaba su voto en la urna. Cada dos horas se acercaba la coordinadora para anotar cuántos lo habían hecho. Entonces poníamos la cuenta en 0 de nuevo. Sacamos un promedio de 63 personas por hora, entre las 7 y el mediodía, es decir, la cosa iba volando, a milésimas menos de un minuto por persona, pero de golpe la fila de votantes para la mesa se vaciaba y decidimos salir a buscarlos en la larguísima fila que se extendía fuera del plantel. La culpa del atasco era el paso por la captahuellas y, aunque muchas personas traían un papelito con los datos de su ubicación en el cuaderno para no pasar por el trámite, los presidentes de mesa querían acatar las normas establecidas. En una de esas salidas hacia la puerta vi cómo una mujer que parecía un clon de Lina Ron: pelo largo decolorado, labios rojos y una boina blanca y que decía ser coordinadora del CNE, presionaba a los “técnicos” de las captahuellas a que se apuraran porque estaban entorpeciendo el proceso con su lentitud. Hasta los amenazó con decirles a los votantes que se lo saltaran. Esa imposición no sólo demoraba, sino que resultó totalmente inútil, como lo pudimos constatar cuando, después del mediodía, un testigo que fue a su casa regresó con el meñique absolutamente limpio, sin trazas de la tinta que dejó de ser indeleble al contacto con el cloro. Pues, así, con su dedo limpio se paró de nuevo frente a la captahuellas, puso sus pulgares y el operario le entregó el papelito y lo invitó a dirigirse a su mesa a votar. Esa prueba, por cierto, la hicieron varias personas con idéntico resultado: las tan cuestionadas máquinas, tan costosas ellas, no servían para detectar quien había ejercido su derecho o no …
Pero volvamos a la mesa donde fue transcurriendo la mañana sin que pudiéramos ni darnos cuenta porque siempre había algo que hacer. Tácitamente nos alternábamos para explicar en la cola el proceso de votar que todos deseaban oír, aún los que decían conocerlo. Nadie quería equivocarse. Aún así, el presidente volvía a repetir las instrucciones antes de oprimir el botón y más de uno solicitó ser acompañado por alguno de nosotros.

Al tiempo que menguaba el volumen de gente en la cola, apareció el hambre que se aplacó con la llegada de un escuadrón de voluntarios que nos traían el almuerzo: una ensalada de pasta con pollo muy rica que, por cierto, habíamos preparado un grupo de vecinas de mi edificio como contribución al proceso cívico. Ese gesto, inédito para mí desde que vivo aquí, fue una demostración más de cuánto pusimos tantos de nosotros para salir bien parados en esta oportunidad que se nos presentaba como trascendente. Luego del almuerzo vino un bajón grande en nuestra actividad y con ello, un cierto temor por los índices de abstención que fue disipado cuando sacamos cuentas y concluimos que, comparado con el traumático revocatorio cuando duramos hasta 12 horas en cola para votar, esta vez las condiciones operativas eran diametralmente distintas y más favorables y por ello el volumen de votantes no se veía tan grande. El secretario de la mesa, el muchacho más joven de todos, se puso a revisar el cuaderno y con desaliento comprobó que para esa hora nuestra mesa registraba un 40% de abstención. “Ese el histórico de este centro”, nos tranquilizó un veterano. Pero no era explicación suficiente porque ésta vez no esperábamos que se repitieran las estadísticas, al contrario, creíamos que debían romperse todos los pronósticos porque lo que nos estábamos jugando era demasiado grande. Pero bueno, poco a poco, graneaditos, fueron apareciendo más votantes al punto que, al cerrar la mesa, casi a las 5 de la tarde, ya los abstencionistas habían bajado al 27%.

Una de los miembros principales tuvo que ausentarse por un rato para amamantar a su bebé. Le costó decidir el momento para hacerlo porque estaba muy comprometida con su labor. Yo me ofrecí a cubrirla y pasé entonces a ocupar la función de ubicar a la gente en el cuaderno, hacerlos firmar y tomarles su huella. Me di cuenta cuán eficiente había sido, pero le agradecí que me cediera su lugar. Ahí entra uno en verdadero contacto con el votante y eso permite llegar a ciertas conclusiones que se alimentan también de la observación durante las horas anteriores. Si tuviera que categorizar al votante diría que los más entusiastas son los viejos, y me bastó darle una revisada al cuaderno para comprobar que a principios de la tarde las primeras páginas, correspondientes a las cédulas de los ciudadanos de la tercera edad estaban prácticamente llenas. Definitivamente, los mayores votan con alegría, sonríen, a veces con picardía, como queriendo hacernos saber cuál fue su elección y depositan su voto con una actitud triunfante, que significa que ese acto, tan natural para los de mi generación, es una conquista que a ellos les costó bastante y que podemos perder en cualquier momento.

Hay después un grupo de votantes que acuden como amargados, no expresan nada, no dicen nada, no transmiten nada, van como comandados por un control remoto dirigido a distancia, quizás por sus propios “pepegrillos” al que terminan obedeciendo, pero sin emoción. Me gustaría meterme en sus cabezas para tratar de desentrañar las causas de tanta abulia. Entre los jóvenes hay de todo, allí se combinan todo tipo de actitudes y sus caras son expresión de lo mismo. Para mi sorpresa no fue entre los más jóvenes donde se ubicó el mayor grupo de abstenciones. En mi mesa ocurrió entre los de 30 y 40 años, y fue fácil determinarlo porque debajo de cada nombre en el cuaderno aparecía la edad.

No recuerdo ya cuantas personas con serios impedimentos físicos pasaron por la mesa 7 a consignar su voto, pero sí tengo grabadas imágenes como la de un señor en los 50 que quizás tuvo un serio accidente porque su cara estaba cubierta de morados, el brazo escayolado y se movía apoyado en muletas con una dificultad tremenda. Otra, un hombre joven llegó con collarín y una traqueotomía y se estuvo un rato sentado esperando que su esposa votara en otra mesa para que viniera a asistirlo para poder hacerlo él. Estuvo una señora de rasgos guajiros llevada por su marido. Era evidente que había tenido una operación reciente en el torso. A duras penas podía caminar, no se podía doblar para sentarse en la silla de ruedas, no se podía ni inclinar a firmar y cada movimiento, aún el más mínimo, le producía unos dolores tremendos: lo veíamos en sus muecas y en sus lágrimas. No podíamos quitarle los ojos de encima mientras su esposo la sostenía para que votara, porque ella misma quiso marcar el óvalo con su dedo. Para mis adentros pensé que era zuliana y que la posibilidad de ver proclamado como presidente a un paisano, sin duda, debía haberla animado a acudir. Lo intuí por su orgullosa determinación de expresarse con su propio índice. Pero no, al pararse frente a la tarjeta electrónica, claramente subió la mirada hacia arriba a la izquierda y lentamente fue moviendo su brazo hacia esa dirección. En la mesa de al lado se presentó una señora mayor en silla de ruedas tan emocionada, que cuando la arrimaron frente a la maquina, se desmayó. Apareció un gentío a reanimarla, trajeron a una joven paramédica y ella insistió en que le dieran un ratico más porque no se iba sin votar. Al cabo de unos minutos, cuando puso finalmente su boleta en la urna, se oyó un gran aplauso por todo el centro. Uno ve estos casos que podría seguir enumerando y entiende la verdadera dimensión que tiene el acto de votar, entonces nos preguntamos por aquellos que no van por flojera, o por indiferencia, o porque piensan que, total, el suyo es sólo un voto y, uno más, uno menos, no hace diferencia. ¿Será que la gente piensa que hay votos que valen más?

La mesa 7 ocupó un espacio privilegiado en un lugar que ya de por sí lo es. El colegio es una edificación de proporciones enormes construido a principios del siglo XX. Tradicionalmente las mesas se ubican en los dos pasillos que flanquean a un patio rectangular frente a la entrada. Esta vez se instalaron 15 mesas en el centro, por cierto, el de mayor número de votantes en el municipio Baruta con ocho mil y pico de inscritos. A cada lado del corredor había siete mesas y una en la entrada. La nuestra era la última del lado derecho y ello permitió que no fuera un lugar de paso sino el destino de quienes votaban allí. No había tráfago de personas, ni de gente que iba al baño, ni desinformados en busca de orientación, nada más que electores y nosotros, confiados, sin motivos de aprehensión. Quizás por esa condición logramos crear un ambiente de mucha camaradería y serenidad. Imposible imaginar más armonía entre nuestro grupo que, por fortuna, resultó encantador. Así llegó la hora del cierre atendiendo a los votantes rezagados. Llegaron dos inolvidables. El primero, un moreno totalmente borracho que me trató con tal camaradería que todos se sorprendieron creyendo que era mi amigo. Mientras me manoteaba por la espalda me contó que estaba con sus amigos tomando caña desde temprano en el barrio Santa Cruz, pero como no le gustaba el comunismo había corrido a votar. Se lamentaba, y nosotros también, de que sus amigos no sintieran el mismo miedo que él. Le costó un imperio lograr entender el funcionamiento de la máquina pero se negó a que lo ayudáramos. Cuando leyó su papelito se veía feliz. Se fue con la promesa de traer a sus amigos pero no cumplió. Luego llegó una señora con otro borrachito de la mano y nos dijo que lo iba a acompañar a votar para que no se equivocara. La mesa se cerró cuando votó Tony, el portugués más buen mozo del automercado Santa Rosa que, por cierto, colaboró abundantemente con comida y bebidas como lo hizo también la pastelería Danubio que nos ofreció el desayuno.

Empezó el escrutinio luego de los formalismos de rigor. La máquina expulsó el acta y uno a uno el presidente, con la poca voz que le quedaba, fue recitando los nombres de los partidos y el número de votos. Al finalizar teníamos que de 415 votantes, Rosales obtuvo 369 votos, Chávez 45 y 1 uno de esos candidatos fantasmas que deberían recibir una multa por lo que nos cuesta su presencia absurda en un proceso tan polarizado. Se oyeron aplausos estruendosos y gritos de ¡á tre ve té! que se repitieron por igual en cada una de las mesas donde los resultados fueron casi idénticos. Era previsible, no hubo sorpresas y así nos lo dijo la testigo oficialista: “En estas zonas del este, Chávez no tiene nada que buscar, pero en el llano ya se sabe que arrasó.” Ya eran pasadas las 6 de la tarde y los celulares repicaban sin cesar.

Señores: ahí comenzó la guerra de información, de desinformación, de contra información, de rumores. La paz que habíamos disfrutado cedió. Apareció la incertidumbre, y de un repique a otro el ánimo cambiaba radicalmente. Aparecieron radios, televisiones portátiles y cada persona tenía una información que ofrecer. Nos llamaban de afuera a preguntarnos cifras, nosotros llamábamos a preguntar otras, se cotejaban informaciones, y los pesimistas y los optimistas quedaron al descubierto. Pasadas las 7, la coordinadora oficialista del centro se acercó a su testigo en nuestra mesa y le dijo que había llamado X desde el CNE y que habían arrasado con ocho millones trescientos mil votos. Ella nos aseguró que esa información era buena porque la fuente era inmejorable. Yo no le creí. Otros sí y se desanimaron mucho. Ella no dijo mucho más. Era una muchacha muy discreta, que se mantuvo extrañamente serena todo el tiempo, seguramente atendiendo a una línea partidista porque era una militante a carta cabal, nosotros no, éramos sólo un gran atajo de voluntarios con las mejores intenciones, tomados por la emoción.

El tiempo pasaba muy lento mientras los del plan República iban mesa por mesa chequeando el cierre para luego proceder al sorteo para las auditorías. Los ánimos comienzan a calentarse y se percibe bastante impaciencia. Algunos reclaman que nos están aplicando una operación morrocoy para demorar el proceso, pero los oficiales, que hacen su trabajo con bastante profesionalismo, se defienden con firmeza. Cerca de las 8 el colegio se ha llenado de más gente que llega para presenciar los escrutinios como se nos ha pedido durante las últimas semanas. Suena mi teléfono y es un amigo que jamás me había llamado antes que me asegura que tiene una fuente de máxima confiabilidad, un coronel, que lo llamó desde Fuerte Tiuna para decirle que ganó Rosales por poco margen y que Chávez no quiere reconocer la derrota y están negociando. La cosa se pone difícil, va a haber problemas grandes y es mejor que nuestros hijos se regresen para la casa. Insiste tanto en el peligro que viene que yo le doy crédito y busco a mi hija para que se vaya a la casa con los amigos que la acompañan. Lo hago a pesar de mí porque me emocionaba verlos allí participando de ese evento tan trascendente por primera vez en sus vidas. Cuando se van, a regañadientes, me quedo más tranquila pero también culpable por haberles trucado su entusiasmo por el miedo. Ese mismo rumor se propaga a través de distintas fuentes por todo el colegio. Parece que todo el mundo tiene un contacto en Fuerte Tiuna, o en la sala situacional de la CANTV, o en el CNE, o en el comando de Rosales. Incluso, un muchacho locutor de radio me muestra unos mensajes de texto que dice que le envían desde la embajada americana y que son francamente alarmantes. Acto seguido, una amiga hiperrealista me llama para asegurarme que la encuestadora Seijas, que hizo uno de los exit polls, ubica a Chávez de 15 a 20 por ciento adelante.

Basta, me digo, y decido no oír más. Por lo menos voy a filtrar lo que escucho. Me acerco a un conocido que me dice que su hermana, a quien conozco muy bien como una persona seria y confiable y que, además, ha estado muy involucrada en la campaña de Rosales, le acaba de decir que ganamos por 6%. Decido tomar ese dato como bueno, es lo que quiero creer, y me relajo. Por unos instantes realmente saboreo el sabor del triunfo y, sin hablarlo con más nadie comienzo a sentir que esa misma certeza invade a gran parte de los presentes. Alguien me pregunta si he visto a los chavistas. “No, no los he visto, sólo la testigo de nuestra mesa sigue allí, conversando con nosotros tranquila, los demás no se dónde están.” “Pues metidos todos en un huequito en la entrada”, me dice, “como enconchados, es obvio que están perdidos.” Cómo somos de hábiles para interpretar a conveniencia los signos que se nos presentan, pienso mientras camino para matar la angustia.

Nos da hambre y ya sólo quedan una mano de cambures perfectos y algunas galletas Club Social. Echamos mano a lo que hay y comentamos que así estaremos para comer cambur de noche. Nos reímos agotados para tapar la ansiedad, montamos los pies cansados en las sillas, el presidente de la mesa cuenta un cuento espantoso de un secuestro express al que sobrevivió. Me sale del alma comentarle a la testigo chavista lo buena nota que ha sido durante la jornada y lo distinto que sería el país si pudiéramos entendernos todos así. Ella sonríe agradecida y nos dice que aspira a lo mismo. En esas estamos cuando anuncian que nos podemos acercar a la mesa 1 para el sorteo de las auditorías. Aquello parece un gallinero, todos opinan sobre el procedimiento pero los presidentes ejercen su autoridad e imponen el orden. Alguien pide una mano inocente para que saque los papelitos de la bolsa y un señor envalentonado por la convicción del triunfo, muy fuera de lugar grita “¡la de un chavista!”. A nadie le hace gracia. Cinco mesas son sorteadas y la nuestra no tocó.

Me acercó rauda a recoger lo que falta y veo a la testigo oficialista que me llama para que corra a ver en su televisión el primer boletín que va a dar Tibisay Lucena. Me siento a su lado y, como la televisión es mínima y el ruido ensordecedor, ella la acerca a nuestras caras de modo que quedamos cada una con una oreja pegada al aparato. Yo estaba confiada. Esperaba simplemente escuchar la confirmación de mi esperanza. Me quedé de una pieza con ese “61 por ciento del 78 por ciento de los votos escrutados”. Quité la cara y la miré. Ella sólo asintió y me recordó a la Monalisa.

Lo siguiente que recuerdo es un grito envolvente: ¡FRAUDE! que se debe haber oído a kilómetros a la redonda. Yo no dije ni sentí nada, sólo mi corazón latir durísimo. Todo el mundo empezó a moverse, los más jóvenes terminaron de recoger lo que faltaba, sellaron la urna, se despidieron y se fueron con caras de desolación. No volví a ver a la testigo oficialista. Los mayores nos quedamos para acompañar a los que debían hacer las auditorías. Me acerqué a la mesa 6 y pude ver cómo se le quebraba la voz a la mujer que leía las papeletas cada una de las 370 veces que tuvo que decir: Manuel Rosales. ¡Animo¡ le gritaban. ¡No te quiebres! Tampoco pudo disimular la rabia ninguna de las 46 veces que leyó: Hugo Chávez. Algunas personas lloraban. Al ex vicerrector académico de una prestigiosa universidad con quien compartí todo el día se le aguó el guarapo cuando escuchó el llanto de su hija que lo llamó por el celular. Me pareció comprensible: ¿cómo explicarles a los muchachos lo que nosotros no podemos entender? Abracé a una amiga que lloraba desconsolada mientras los soldaditos de la aviación nos miraban sin expresión. Lo único que pude decirle fue que aquello no era concluyente. No sé porqué fue la única palabra que me salió, y aún ahora, cuatro días después, la idea no me abandona.

Quería irme porque de mi casa me llamaban angustiados. Nadie sabía qué podía pasar y como Chávez ya se había encadenado, la gente estaba ansiosa por saber qué línea nos iba a dar Rosales para saber qué hacer. Temíamos que, haciendo honor a su abusiva costumbre, el comandante hablara por horas y nos dejara en el limbo. Pero una señora que tenía la misión de recoger las actas de auditoría de las cinco mesas para hacerlas llegar al Comando, me pidió que la llevara a su casa y entonces me quedé a esperarla. Una a una fui pasando por las mesas que iban quedando solas. Sonó mi celular y lo primero que escuché fue un “te lo dije, yo lo sabía, y tú tan optimista que estabas creyendo que ganábamos.” Era lo último que quería oír, aunque esos momentos siempre están llenos de odiosos adivinos recordándonos su iluminación, ya lo sabemos. Llamó otra persona que me insistió en que todas las encuestas “serias” daban esos resultados. No sé, pensé, cuáles serían ahora las “únicas” encuestas serias. La cabeza me empezó a dar vueltas mientras recordaba todos los rumores que escuché durante las últimas 5 o 6 horas. Pensé que la gran virtud de los rumores es que en el fondo, te preparan para lo que sea. Cualquier realidad, por absurda que parezca, ya ha sido imaginada a través del rumor. También me di cuenta que todo el mundo como que tiene un coronel cercano en Fuerte Tiuna, menos yo. En mi familia no hay militares y tampoco tengo amigos, ni conocidos cercanos que lo sean; ni siquiera conozco a una cuñada de un vecino que es hermana de un coronel que trabaja en la DIM. No tengo un militar de confianza, ¡carajo!, y para lo que sirven, donde quiera que esté, regalo a mi coronel.

Me senté a ver cómo el colegio se había vaciado por completo en minutos. Quedábamos cuatro gatos y los efectivos del plan República. Tampoco me extrañó, no es la primera vez que compruebo que sólo el triunfo se acompaña de multitudes, la derrota es solitaria.

Llegué a mi casa justo cuando Rosales comenzaba su alocución. Lo escuché como un zombie mientras mi mano derecha dirigía el auricular del teléfono hacia la pantalla para que, al otro lado de la línea, lo escuchara Adela, mi hermana que vive en Viena y acababa de llegar también a su casa luego de ser testigo de la votación de 78 venezolanos en la embajada, donde, por cierto, Rosales había ganado también.

Casi no pudimos hablar cuando terminó. Sólo mencionamos que una alocución así no la escuchábamos desde hacía mucho tiempo, cuando eran más frecuentes los actos de gallardía y alabamos al hombre responsable que nos evitó un baño de sangre. Era todo raro, pero me acosté y dormí. Para mí había terminado la jornada.

Etiquetas: ciudadanía, crónica, elecciones

posted by Rafael Osío Cabrices at 9:35 AM 5 comments
7.12.06

Apuntes: ahora, a adentrarse en la nube roja, parte 1
Muy bien. Ya lo aceptamos. Quiero decir, la mayoría de la minoría que somos parece coincidir en que:
a) nos ganaron en buena lid, no mediante un fraude, aunque hubo unas cuantas irregularidades que sin embargo no decidieron la elección. El chavismo es mayoría, pura y dura, clarísima e irrebatible, y hay que dedicarse a entender sus razones, su visión de las cosas, no desde la paranoia o el desprecio, sino desde la curiosidad y el respeto. Aunque ellos no tengan el menor respeto por nosotros.

b) pese a que nuestro candidato, Manuel Rosales, perdió, tanto él como buena parte de su equipo pueden reclamar varios importantes logros: evitaron la pérdida de vidas humanas al reconocer pronto la derrota, reforzaron el camino de moderación y de recuperación de la política verdadera que había caracterizado a la campaña, recuperaron buena parte del entusiasmo que parecía perdido a principios de año y debilitaron considerablemente el motto de la propaganda chavista en cuanto a que la oposición venezolana tiene una naturaleza insurreccional y golpista.

c) las actitudes predominantes entre nosotros, me parece, son dos: qué dolor tan grande que nos derrotaron y ya no hay nada que hacer sino defenderse o emigrar, o hay que tener esperanza y prepararse para seguir luchando y para convencer a los que aún no están convencidos.

d) último pero no menos importante, se aisló a los radicales; hoy, no son muchos los que se atreven a divulgar en público teorías conspiratorias sobre un fraude que no existió, como esa descabellada historia según la cual secuestraron a la familia de Rosales o aquella otra en la que la oposición vendió su derrota a cambio de un retiro organizado del chavismo en los próximos dos años. Y a los abstencionistas que levantan su dedito y mascullan «se los dije», casi nadie parece prestarles atención. Digo todo esto sin tener un buen estudio de opinión a mano, por supuesto, sino basándome en lo que escucho por teléfono, en persona y por radio, y lo que leo en la prensa, en mi buzón electrónico y en la mayoría de los comentarios en este blog.

Hecha esa cuenta, miremos ahora a lo que parece levantarse en nuestro horizonte.

Primero, hay que notar que lo que va a empezar a ocurrir ha sido anunciado, y ese anuncio ha sido respaldado por la mayoría. Respaldado conscientemente, quiero decir. Más de siete millones de personas le dijeron a Chávez: «dale que no viene carro».

Como han dicho varios observadores, Chávez fue bastante claro en lo que estaba prometiendo. El que votó por él, o el que se negó a votar en su contra, no lo hizo a ciegas, me parece. Sí, muy poca gente en esta nación desinformada sabe con precisión qué significan socialismo y reelección indefinida, y qué son Irán y Cuba y Corea del Norte, y qué significa comprar 100.000 fusiles en lugar de equipos de diálisis o casas prefabricadas o cloacas. Pero, insisto: Chávez dijo con mucha claridad y frecuencia que quería el voto para profundizar la revolución, cambiar el modelo de propiedad, reformar la Constitución, dirigir por completo la economía y la educación, cubrir los espacios de poder que aún no domina. Eso de que votaron por él por ignorancia o por ingenuidad, lo siento, pero no me lo creo. Votaron por el Chávez militar, grosero y hegemónico que quiere gobernar hasta al menos 2021. No por ninguna otra cosa. Esto no fue 1998, cuando Chávez era relativamente desconocido que podía decir a cada auditorio lo que éste quería escuchar; hoy, ocho años después, no veo cómo puede engañar a nadie. Como parto de que la gente, en general, no es idiota, asumo que han votado las mayorías por Chávez con los ojos bien abiertos. Con la creciente violencia, con gente viviendo en las barrancas del Guaire, con Vargas devastado, con gente clavándose a un árbol para conseguir vivienda, con Isaías Rodríguez cobrando un sueldo por mentir e Iris Varela demandando a Avior por 500 millones y Juan Barreto diciéndole marico a todo el que es su enemigo … con todo eso delante de los ojos, la mayoría votó por Chávez.

Esas mayorías pueden estar muy convencidas de que han hecho lo correcto. En mi opinión, e imagino que en la de muchos de ustedes, están equivocadas. Sí, las mayorías se equivocan. Sí, siete millones de personas pueden equivocarse. Ha pasado muchas veces; se equivocaron al elegir muchos malos gobernantes en nuestro pasado. Se equivocaron con Hitler, con Mussolini, y se han equivocado con Fidel.

A esa mayoría, hay que rebajarla. Convertirla en minoría. Para salir de este drama, para dirigir al país por el camino del desarrollo y no el de la autodestrucción, es preciso, es imprescindible que los que no creemos en Chávez, los que no queremos seguir sosteniéndolo en el poder, seamos los más, los que contemos.

Eso implica conversar, convencer gente. En grandes cantidades.

Ojo, yo no sé cómo hacerlo. No sé muy bien cómo responderle a Janet, la chavista de excelente ortografía que me ha dejado largas e injuriosas (para variar) diatribas en los dos post anteriores. No logro sacarme de la cabeza la angustia de que, si la misma realidad no los convence, cómo zipote los puede convencer uno.

Pero se me ocurre que hay varias cosas que podemos intentar. Varias maneras de conseguir entender esa nube roja que rodea al caudillo y que le da éxito: la nube retórica que ha conseguido el milagro, un milagro que ya dura ocho años, de consolidar más y más en el poder a un gobierno que tiene como rasgos predominantes (fuera de algunos destellos de eficiencia y de bondad, ya hablaremos de eso) la ineficacia, la corrupción y la crueldad.

El chavismo es, más que todo, propaganda. Discurso. Más que dinero, más que fuerza, el chavismo es labia. Labia magnífica, que crea una realidad falsa, un mundo de artificio en el que las cosas están mejorando y en el que el mismo Dios, para no habar de Bolívar, parece tener un puesto en el consejo de ministros.

Esa ilusión, esa colosal impostura, hay que destruirla. Hay que decir no sólo que el emperador está desnudo, sino que cojea, suda, huele mal y tiene el pipí chiquito.

Adentrarse en la nube roja, la nube de gamelote y mentira, y airearla para que deje de ocultar, ante las mayorías, la verdadera apariencia de autoritarismo, intolerancia y mediocridad que mueve, más que otra cosa, a la casta que hoy gobierna Venezuela.

¿Cómo? Para entrar en detalle sobre eso, es preciso otro post.

Etiquetas: análisis, país, soluciones

posted by Rafael Osío Cabrices at 5:47 PM 14 comments
5.12.06

Apuntes: acerca del obituario de la República de Venezuela
El post anterior, que también difundí directamente por email, ha recibido un montón de comentarios, todos honrosos y generosísimos, amén de sentidos, de solidarios. Pero de varios de ellos he aprendido que es preciso, de inmediato, que yo matice, precise cosas que dije ahí.

No dije que murió el país. Los países -una entidad territorial- no mueren, aunque ha habido casos (Palestina, Yemen del Sur, etcétera, quién sabe si Bolivia en el futuro). Tampoco mueren las naciones, aunque bien pueden ser absorbidas por otros Estados o divididas entre varios de ellos, como ha ocurrido también, como dicen los kurdos que ocurre con ellos. En fin: lo que digo es que la mayoría de la gente aquí votó por el fin de la República, esto es, de un sistema de convivencia de poderes y de imperio de la ley que, tal como fue creado entre los siete montes de Roma, está hecho para gobernar por consenso y evitar la insurgencia de una tiranía.

Aquí, queridos amigos, más del 60% de la población mayor de 18 años votó -o se negó a votar en contra de- por el proyecto que Chávez ha anunciado con toda claridad: nuevo modelo de propiedad, partido único, reelección indefinida, educación ideológica a todos los niveles. La instalación de un totalitarismo. No es que no saben lo que hacen; hubo, sin duda, propaganda más que suficiente. Me cuesta mucho encunetarme en la hipótesis de que ellos son ignorantes, de que, pobrecitos, no saben: ellos saben lo que están haciendo, carajo, lo que pasa es que no les importa, lo que pasa es que para ellos la fuerza bruta, el voluntarismo del macho dominante, el saltarse esa pendejada que es la ley son valores, son modelos a seguir. Y lo que les ofrece Chávez, el sentirse los puros, los superiores, y al mismo tiempo tener carta blanca para hacer cualquier felonía en nombre de la igualdad, igualdad, igualdad, les viene como anillo al dedo. «Muerto, ¿quieres misa?»
Y los que nos oponemos a ellos, y créanme que me duele el alma, de verdad, al decirlo, no somos el 40%, somos bastante menos. Un 25% de los inscritos en el RE no votó. O sea, una de cada cuatro personas inscritas en el RE; no estamos contando a los que ni siquiera están en la lista de casi 17 millones de votantes. Quedan tres personas: de acuerdo con las cifras, dos son chavistas, y una es uno de nosotros, los que estamos en la resistencia, los que no nos la queremos calar. Somos uno de cada cuatro. Somos un cuarto de la población adulta.

Yo no esperaba que Rosales ganara. Esperaba que perdiera, pero por poco, que Chávez ganara de vainita. Y pensaba que ese era el mejor escenario posible en las actuales circunstancias; una victoria de Rosales hubiera significado un gobierno muy, muy débil, hecho a contracorriente, con todo en contra, con las instituciones tomadas y el chavismo enriquecido, armado y numeroso, que hubiera provocado en un par de años el regreso de un Chávez mucho más fortalecido. Prefería, entonces, que Rosales perdiera pero por poco, y que esa gran minoría frustrara en lo sucesivo todo el plan de Chávez de convertirnos en lo que sea que tenga en la cabeza, pero que con toda seguridad no es nada bueno.

Pero lo que ocurrió fue el peor escenario posible: el chavismo arrasó. Nosotros somos muy pocos, me parece. Y lo vamos a tener muy difícil.

A todos los que me han enumerado los logros que puede hoy contar la oposición, y que me dicen que soy apocalíptico y que no puedo cantar la muerte del país, les digo: yo estoy consciente de que ganamos mucho. Primero y principal: no hubo un solo muerto en estas elecciones. El discurso de Rosales, principalmente, lo evitó; al cortar la mecha que estaba por prender la protesta callejera con su reconocimiento de la derrota, salvó quién sabe cuántas vidas. Segundo: la oposición hizo mucho, mucho, con los recursos y el tiempo de que dispuso, y en las condiciones de indigna, abyecta inequidad en que decidió competir. Tercero: los moderados marginaron a los radicales; Rosales tuvo el valor de enfrentarse a un auditorio que lo contradecía y de escuchar los consejos de Teodoro, y al día siguiente eran realmente pocos los imbéciles que hablaban de un fraude y de que había que armar un zaperoco. Ya nadie podrá decir que la oposición venezolana no es democrática sino insurreccional y terrorista. Nosotros nos quedamos en nuestras casas, secándonos las lágrimas, mientras ellos se llenaban de anís y atravesaban el aire de las ciudades con sus motos, sus armas y sus cohetes.

Pero ahora viene 2007. Y con él, con su ingreso petrolero considerable y su no menos considerable inflación, con su delincuencia en crecimiento, vendrá un chavismo más soberbio y sordo que nunca a imponernos tres campos de batalla: reforma constitucional que declare la reelección inmediata, el mecanismo de perpetuación vitalicia del mando del caudillo; reforma económica que organice los fulanos modos de propiedad colectiva de los que parece hablar esa entelequia que bautizaron como socialismo del siglo XXI; y reforma educativa, que pretenderá hacer de todos nuestros chamos una masa de serviles que cada mañana, como en Cuba, saludarán al Führer y leerán la versión de nuestra Historia que ellos inventaron.

Somos uno de cada cuatro, ante lo que se nos viene encima.

Así que sí, soy pesimista. ¿Significa eso que me voy a entregar? No. ¿Significa que me voy a exiliar? Ganas no me faltan, pero por el momento me es imposible. ¿Significa mi panegírico a la República que el país se acabó? No: aún puede salvarse, aún la República muerta puede revivirse. ¿Cómo? Pues haciendo política, haciendo ciudadanía. Usando la cabeza, aprendiendo de nuestros muchos errores, tratando de entender al otro.

Hay maneras de defenderse. Hay modos de resistirse. Aunque sea sin esperanzas ciertas, pero sin olvidar que la esperanza, qué viva el lugar común, es lo último que se pierde.

Hay cómo meter a la República agonizante en terapia intensiva, cómo apartar a patadas a las hienas que le están desgarrando los flancos.

Pero eso lo dejo para el siguiente post. El cómo podemos atravesar la niebla roja.

posted by Rafael Osío Cabrices at 9:28 PM 15 comments
4.12.06

Obituario: República de Venezuela, 1830-2006
A muchos expertos probablemente les llamará la atención que a principios del siglo XXI, cuando la democracia parece estar más extendida que nunca antes por el universo mundo, ocurra todavía que una joven nación de América del Sur, atravesada por el insoslayable detalle de que es la mayor exportadora de petróleo de la cuenca atlántica, haya decidido suicidarse como república: esto es, como régimen de estado de derecho y de justicia, en el que distintos poderes públicos se vigilen unos a otros para impedir la emergencia de un tirano.

La República de Venezuela fue fundada por militares y en un mar de sangre, al término de las guerras de independencia que su élite criolla había desencadenado para desembarazarse de los impuestos de la corona española, entre 1810 y 1830. Luego del fallido intento del más famoso de sus generales patriotas, Simón Bolívar, por fundar una nueva potencia en los Andes a la que llamaba Gran Colombia, los caudillos que habían heredado Venezuela la separaron de Colombia y Ecuador, para luego enfrascarse en una lucha casi permanente por hegemonizar ese más que precario Estado de hambrientos y descalzos, sin fronteras precisas y sin progreso material. En 1899, dos caudillos andinos, Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, llegaron al poder mediante otra asonada: cuatro años más tarde derrotaron a los últimos alzados con un ejército más organizado, y en 1908 Gómez apartó a su socio del mando y gobernó el país como una hacienda hasta 1935, cuando lo derrocó la muerte. Durante largos años, una emergente generación de jóvenes líderes civiles intentó desplazar a los militares del poder; unos y otros gobernaron juntos entre 1945 y 1948, cuando los uniformados tumbaron al primer presidente elegido por voto popular, un novelista que apenas alcanzó a ejercer la presidencia durante unos pocos meses. Pero en 1958, la dictadora del general Marcos Pérez Jiménez perdió apoyo y comenzaron 40 años de gobiernos civiles electos.

Fueron extraños años en los que la joven República parecía prometer grandes cosas; el petróleo, cuya explotación había comenzado con el estallido de un pozo en 1911, la había sacado de la polvareda decimonónica en la había vivido siempre, y surgieron prósperas ciudades y una clase media cosmopolita e ilustrada que, sin embargo, adolecía de una fuerte tendencia a gastar demasiado, apadrinada por un Estado manirroto y corrupto al que no le costó mucho olvidar las promesas que el proyecto civil, modernizador y democrático que empezó en los años 60 había hecho a unas masas ilusionadas con la inédita posibilidad de expresarse y de decidir su destino. La nacionalización de los hidrocarburos no ayudó demasiado a evitar el desastre que se avecinaba: cuando en los años 90 el petróleo bajó de precio, y el Estado que lo administraba se hizo sordo e ineficaz, dos factores que llevaban años esperando su momento, el militarismo de siempre y la izquierda armada, encontraron a un megalómano con enorme carisma e infinita ambición y se ganaron la lotería. Hugo Chávez, golpista fracasado, le dijo a una parte del país que detendría la corrupción y la delincuencia, y a otro que vengaría las injusticias de la élite económica y devolvería al país a una Edad de Oro heroica que jamás había ocurrido, la de los próceres que habían fundado la República en 1830.

Los políticos lo subestimaron, las masas se enamoraron de él. En 1998 ganó las elecciones; en 1999, promovió la redacción de una Constitución que extendió sus poderes y devolvió el voto a los militares; en 2000 lanzó unas nuevas elecciones para ganar otra vez y empezar de cero; en 2002 provocó y superó un golpe de Estado en su contra, haciéndose más fuerte a costa de la autonomía de poderes; en 2003 avanzó más luego de una absurda huelga general que intentó tumbarlo sin éxito; en 2004 salió victorioso en un referendo lleno de irregularidades; en 2005 anunció la nueva etapa de su revolución y la llegada del «socialismo del siglo XXI»; en 2006, el 3 de diciembre, ganó con más del 60% de los votos unas elecciones, sobre un candidato unitario de la oposición que intentó convencer a las mayorías de que no debían seguir sustentando un régimen que estaba desmontando todas las conquistas democráticas, que estaba apartando al país de la modernidad y que había permitido que la inseguridad personal alcanzara la cifra promedio de 44 homicidios diarios. Pero una abstención de más de 30%, y los propios votos para Chávez, demostraron que más de la mitad de la población prefería el oscuro, violento y divisionista proyecto autocrático de un hombre que jura gobernar hasta al menos 2030, y selló la sentencia de muerte de la República que había existido, a duras penas, desde 1830.

La muerte de la República de Venezuela no fue hechura de un solo hombre ni ocurrió de un día para otro; fue una empresa colectiva, como la que hace falta para derribar un gran edificio o cazar un mamut. Pero el 3 de diciembre de 2006 puede tomarse como su clara fecha de defunción: ese día, a sabiendas de lo que ocurriría, la democracia usó el voto para destruirse a sí misma. Chávez salió a un balcón a dar un discurso en el que se comparaba con Cristo mientras las cámaras de las varias televisoras chavistas financiadas con dinero público mostraban a soldados armados celebrando en una azotea cercana. Entonces comenzó la definitiva evisceración de lo que quedaba de la República, a la que destazaron como a un búfalo derribado por las hienas. Comenzó la militarización de la sociedad, la ideologización de los niños y jóvenes y la consolidación de un modelo de propiedad presuntamente socialista en la que una casta delincuencial de civiles y militares pasó a decidir quién podía ser rico y quién no.

Del cadáver de la República huyeron los que pudieron, mientras las hienas chorreaban sangre. Ahora, el sol y los aguaceros han ido lavando los huesos que quedaron desperdigados por la llanura, mientras las hienas, rodeadas de moscardones y cortejadas por buitres, duermen la siesta del hartazgo con sus filosas sonrisas abiertas ante el cielo.

posted by Rafael Osío Cabrices at 10:02 AM 23 comments
Apuntes: un domingo muy, muy largo
Armado con una barra de granola, un celular, un audífono para escuchar la radio por medio del celular, el manual y la credencial que me entregó el CNE y mi Moleskine Pocket Diary, me fui al centro de votación donde había sido asignado como miembro de mesa en reserva en la fresca madrugada del 3 de diciembre de 2006. Los soldaditos -flacos, orejones, casi de la estatura del FAL, como siempre son los soldaditos aquí- me dejaron pasar sin revisarme. En nuestra mesa volvieron a faltar, como en la instalación, todos los principales, así que se constituyó con suplentes. Todo se hizo como en el manual, no hubo ningún problema, y poco después de las seis de la mañana, en un aula de la Unidad Educativa Nacional Libertador, en Chacao (noreste de Caracas), empezamos a recibir electores, que llevaban, algunos, horas haciendo cola. Yo mismo voté mientras amanecía: sin ningún problema, sin que la máquina o el sistema me presentaran alguna dificultad, busqué en el tarjetón electrónico la casilla de Rosales con Primero Justicia, marqué, lo vi en la pantalla de la máquina de Smartmatic, salió mi comprobante y lo metí en la caja. Todo perfecto.

Durante las primeras horas todo fue estupendo. El proceso marchaba con tanta fluidez que los electores llegaban contentos y relajados; mis previsiones sobre lo que me iba a costar calmar a la gente resultaron, una vez más, falsas: cuando lo comparaban con el revocatorio de 2004, este proceso les parecía a casi todos muy bien organizado. Yo me dediqué a recibir electores y a ayudarlos a resolver sus dudas sobre cómo votar, a darle consejos. Lo hice con una sonrisa, con una amabilidad verdaderamente inusual en mí. Lo hice con gente que sabía que iba a votar por Chávez, gente a la que se le veía la mirada huidiza y desconfiada hacia mí, la arrechera social que caracteriza al chavismo. Lo hice con orgullo de estar participando en lo que -por la cantidad de gente involucrada en las mesas, en las colas de votación, en los equipos de campaña y de apoyo, en los medios- me parecía que era uno de los mayores eventos colectivos de nuestra historia reciente, y finalmente lo hice conmovido por el espectáculo de cientos de ancianos en sillas de ruedas, de gente con serias dificultades para ver o para caminar, haciendo el esfuerzo de ir a votar porque su país le importaba.

En la mañana, una testigo del chavismo con una camisa de los Leones se metió a nuestro salón a revisar la asistencia de los miembros de mesa; llamamos al coordinador del CNE y la sacó de ahí. Al mediodía, un elector me dijo que había un tipo paseándose con gorra chavista, haciendo proselitismo con su ropa, violando la ley; lo denuncié ante una miembro de la junta electoral que era del comando de Rosales. Luego, hice exactamente lo mismo cuando vi a un joven delgado, alto, rapado, con ojos rojos, que se estiraba una franelilla del Ipasme en la que decía «FUERA CHÁVEZ», y que andaba por todas partes diciéndole, casi gritándole a la gente en las colas «no te equivoques, vota por Rosales, Rosales, Rosales, para que en este país haya libertad». Le dije a la enviada de Rosales que a todos nos convenía que hubiera paz; ella me dijo que lo iba a denunciar también porque lo más probable es que fuera un infiltrado del chavismo que quería justamente provocar un problema. Nunca vi a los militares (soldados y reservistas que en nuestro centro se portaron, la verdad, muy bien) decirle nada a ese muchacho, que se fue diciendo «no importa, ¡que me metan preso!».

A eso del mediodía, trajeron a nuestra fila a un anciano desdentado, sucio, descuidado, con una camisa azul de campesino que llevaba largos años usando, de cuyo bolsillo sobresalía el borde de una gastada libreta de ahorros de Banesco. Hablaba con una sonrisa torcida y hueca, como en el famoso cuadrito del bebedor de ajenjo. Se sentó en una silla como pudo haberse sentado un paraguas roto, una vieja alfombra enrollada. Su cédula no aparecía en ningún listado del centro ni en los archivos de las captahuellas; llegó a nosotros porque los dos últimos números de su cédula correspondían a los que nuestra mesa atendía. Mientras la persona que lo trajo se fue con su cédula a revisar en otra parte, el viejo hablaba y hablaba. Primero me preguntó por quién debía votar. «¿Cuál es el bueno?», me dijo. Le contesté que le preguntara a los electores, que yo era miembro de mesa y no podía influir en su voto. Una señora le preguntó de dónde venía: el anciano contó que en días pasados se montó en un bus que iba a la marcha de Chávez en Caracas y luego se quedó, solo y hambriento, en la gran ciudad. En efecto, poco después lo encontraron en el sistema: le correspondía votar en La Concordia, estado Táchira. El viejo me preguntó que qué le íbamos a dar si votaba, porque tenía dos días que no comía. Le di un billete y le pedí que se fuera a comer algo. Él se fue renqueando, con una risita farfullante, diciendo algo sobre Bolívar y Morillo.

En la tarde, llegaron más electores. Yo explicaba una y otra vez cómo votar, y la presidenta de la mesa lo hacía de nuevo, pero muchos se confundían y empezó a haber problemas con los votos, que comenzaron a salir nulos porque la gente le daba al botón Votar antes de escoger efectivamente un candidato. Los chavistas quisieron aprovecharse. En la mesa 1, un tipo armó un escándalo porque su voto salió nulo; cuando le ofrecieron abrir un acta sobre eso y dejar constancia, y de paso llamaron a los militares, dijo que no importaba, que lo que quería era irse, pero los chavistas, aunque el hombre de hecho se fue y aunque no podían hacer nada si el elector rechazaba la opción del acta, exclamaron que les estaban robando votos y lograron paralizar, aunque en vano, la mesa por media hora. En nuestra mesa lo intentaron también, pero ya estábamos prevenidos: de nuevo una electora hizo las cosas mal, salió nulo, pero no quiso levantar un acta. El testigo del chavismo en nuestra mesa, un hombre sonriente que jamás tuvo un gesto hostil hacia nosotros, no hizo nada por boicotear nuestro proceso, aunque el par de harpías que lo mandaban y que despreciaban a nuestra jovencísima presidenta de mesa lo presionaron para que lo hiciera.

El cierre fue más complicado. A última hora llegaba alguna gente a votar y no se sabía si el CNE prorrogaría o no. Chavistas y antichavistas difundían toda suerte de rumores y de presuntos exit polls. A mí me llegaron dos grupos de rumores: los que daban a Rosales ganador con una mínima diferencia, y los que daban ganador a Chávez, cómodo. Por la radio escuché protestas, denuncias, confusos episodios de tensión; fue lenta nuestra fase de escrutinio y transmisión, y era un centro modelo. En nuestra mesa, Rosales ganó con 253 votos frente a 110 para Chávez. De 544 electores que debían votar, asistieron 368: tres votaron nulo.

Pasaron las horas. Yo estaba agotado. En el colegio Libertador, los bandos se ponían más y más beligerantes. Unos y otros se sentían ganadores. Por la avenida Francisco de Miranda, enjambres de motorizados chavistas llevaban horas haciendo ruido. Finalmente hicieron el sorteo de las mesas a auditar; la nuestra no fue escogida, y fuimos liberados. Llovía por una ciudad cerrada en la que sólo los chavistas correteaban, metiendo toda la bulla de la que eran capaces.

Telesur había dado una cifra; Willian Lara, ministro de Información, se negó a pronunciarse sobre esa violación al compromiso de que nadie hablara antes que el CNE. Todos esperamos el pronunciamiento de Tibisay Lucena, mientras se acumulaban los presagios. Los malos presagios.

Cuando por fin Lucena dio el primer reporte, a las 10:05 PM en cadena nacional, con 78,31 % de las actas escrutadas, y dijo que Chávez ganaba con 61,35%, casi seis millones de votos, mi primera reacción fue de ira: nos jodieron. Yo, que nunca me creí del todo la hipótesis del fraude en el revocatorio, que siempre reconocí que entonces simplemente habíamos perdido, sentí entonces que esos números eran falsos. Lo que esperaba era una victoria de Chávez, pero apretadísima, una victoria pírrica que le hiciera la vida imposible a su proyecto de ahí en adelante al consolidar la reconstrucción de una oposición fuerte, que cercara a un gobierno en decadencia. Pero no. Mi escenario, el que consideraba el mejor posible dentro de las circunstancias presentes, fue reemplazado por el escenario real, el peor. Primero, un amigo que tengo en la campaña de Rosales me informó por mensaje de texto que sí, eran los números que ellos mismos tenían, puesto que la oposición había hecho sus propias cuentas a partir de las actas de escrutinio. Luego, Rosales admitió la derrota. Ya no había nada que hacer. Como acababa de decir Chávez en el «balcón de la victoria popular», ante una muchedumbre escarlata de brazos enhiestos y puños apretados, «todo está consumado».

Y los cacerolazos se callaron.

Soy periodista, soy venezolano, quiero pensar que soy política e ideológicamente independiente y creo que hay que sentarse a conversar, que hay que leer y que hay que usar la cabeza en lugar del gatillo. Escribo regularmente en El Nacional, Clímax, DebatesIESA, El Librero. Soy facilitador de un programa de formación de cronistas en la Fundación para la Cultura Urbana. Vivo en Caracas. He publicado dos libros: Salitre en el corazón (crónicas sobre Cuba, 2003) y El horizonte encendido (reportaje sobre la democracia latinoamericana, 2006)

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