Opinión Internacional

Dos caras de una controversia: La mezquita en la “Zona Cero”

El Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Barack Obama, sorprendió a propios y extraños con su decisión de permitir la construcción de una mezquita cerca de la llamada «Zona Cero», el área de impacto donde quedaron destruidas el 11 de septiembre de 2001 entre otras edificaciones, las Torres Gemelas, el símbolo más representativo del capitalismo occidental. Fue sin duda alguna el más grande y devastador ataque terrorista ejecutado en territorio estadounidense por radicales islámicos, dirigidos y financiados por Osama Bin Laden. 

Con una carga simbólica sin precedentes en la política norteamericana, el Presidente Obama hizo el anuncio desde la Casa Blanca durante el Iftar, rito islámico que marca el fin del ayuno a los fieles del Islam durante el Ramadán, el  octavo mes del calendario lunar islámico.  Pero el momento y el lugar de la decisión presidencial componen un cóctel difícil de tragar para un segmento de la opinión pública norteamericana que durante los últimos  años fue sometida al mensaje guerrerista y de la política exterior expansiva y dominante de la dinastía Busch, aunque para otros componentes de esa opinión, la decisión marca no sólo un hito sino un cambio radical de la política exterior y una nueva estrategia para el acercamiento de Occidente y de los Estados Unidos de Norteamérica al mundo árabe y musulmán.

La decisión del Presidente Obama reavivó el enfrentamiento de dos caras opuestas en una misma controversia. Dos facciones que ‘calientan’ el lobby en Washington. Dos posturas opuestas frente al simbolismo que representa una mezquita levantada sobre la misma tierra que muchos consideran un campo Santo.

La postura guerrerista: No cabe duda que el levantamiento de una mezquita cerca de la ‘Zona Cero’ es rechazado por muchos ciudadanos en ese país, probablemente influidos por aquella visión guerrerista promovida y acicateada desde La Casa Blanca durante la segunda administración de G. W. Bush, que permanentemente asoció los ataques del 11 de septiembre y sus 3.000 desaparecidos a la profesión de una Fe y a una política de seguridad extra-fronteras que derivó en un ‘Patriot Act’, aún vigente. Pero la guerra en Irak y el conflicto en Afganistán han sido aprovechados por Bin Laden y sus terroristas de Al Qaeda para potenciar la nueva modalidad de la guerra asimétrica, la moderna ‘guerra santa’ de la jihad islámica, en la que se utilizan los presuntos postulados bélicos de una religión con fines políticos.

Desde que se inició la guerra en Afganistán en 2001, se elevan ya a 1.002 los miembros del Ejército de EE UU que han perdido la vida en aquel país, según los datos que se han hecho del conocimiento público justo el día en que fuerzas rebeldes han asaltado la principal base aérea de EE UU en el país de los talibanes. Durante el enfrentamiento en Bagram, un contratista estadounidense ha muerto y nueve soldados han resultado heridos en el ataque, siendo ese el segundo asalto directo de los talibanes contra las fuerzas norteamericanas y de la OTAN; el primero fue un ataque suicida en Kabul que causó 18 muertos, entre ellos cinco soldados de EEUU y uno de Canadá, en lo que podría suponer el inicio de la anunciada ofensiva de los talibanes contra destacados objetivos extranjeros.

La Guerra de Iraq o II Guerra del Golfo, también conocida como Operación Libertad Iraquí en Estados Unidos, Operación Telic en el Reino Unido y, en otros ámbitos como ocupación de Iraq, fue un conflicto que comenzó el 20 de marzo de 2003 y que presuntamente finalizará el 31 de agosto de 2010, es decir dentro de doce días contados a partir de hoy 19 de agosto.  Es un conflicto que se inicia cuando Estados Unidos organizó una coalición multinacional para la invasión de Iraq, compuesta por unidades de las fuerzas armadas de los propios Estados Unidos, el Reino Unido, y contingentes menores de Australia, España, Dinamarca, Polonia y otros estados.

La principal justificación que ofrecieron el Presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, y sus aliados en la coalición para esta operación fue la afirmación de que Iraq poseía y estaba desarrollando armas de destrucción masiva (A.D.M.), violando un convenio de 1991.Funcionarios de los Estados Unidos sostuvieron que Iraq planteaba una inminente, urgente e inmediata amenaza a los Estados Unidos, su pueblo, aliados, y sus intereses. El apoyo de inteligencia fue ampliamente criticado pues los inspectores de armas enviados por las Naciones Unidas no encontraron pruebas de armas de destrucción masiva. Después de la invasión, el Grupo de Investigación en Iraq llegó a la conclusión de que Iraq había terminado sus programas de armas de destrucción masiva en 1991 y no había ninguna en el momento de la invasión. Algunos funcionarios de los Estados Unidos alegaron que Saddam Husein y Al Qaeda habían estado cooperando, pero no se han promovido pruebas de que exista esa relación de colaboración. Otras razones esgrimidas para justificar la invasión incluían las preocupaciones sobre el apoyo financiero de Iraq para las familias de terroristas suicidas palestinos, violaciones de los derechos humanos por parte del gobierno iraquí, la amenaza a la propagación de la democracia y las reservas de petróleo de Iraq, aunque este último argumento ha sido sistemáticamente negado por funcionarios y voceros de los gobiernos involucrados en la invasión.

A pesar de estos dos importantes reveses políticos y militares continúa existiendo en la opinión pública norteamericana la idea de que ambas acciones fueron necesarias y de que la única posibilidad cierta de que no se repita en suelo estadounidense otro ataque como el de las Torres Gemelas en el 2001, consiste en mantener frentes de batalla y debidamente arrinconados a los ‘extremistas islámicos’ lo más lejos posibles de su territorio y sus ‘zonas de influencia’ comercial. Es ese el mismo segmento poblacional que rechaza y se opone a la decisión del Presidente Obama de permitir la construcción de la mezquita en la ‘Zona Cero’ de New York.

La visión conciliatoria: Esa postura guerrerista ha pasado una dolorosa e injustificable factura de fallecidos y ha puesto en evidencia que los argumentos de ambos bandos fueron deleznables, insostenibles y éticamente improcedentes: Las razones esgrimidas por Bin Laden para santificar su acción terrorista en New York son tan inválidas como la ya negada existencia de armas químicas de exterminio masivo en Irak, o el esfuerzo inútil por eliminar su movimiento talibán en las escabrosas montañas afganas. No queda duda que la falacia bélica de G. W. Bush contribuyó significativamente en el triunfo del actual Presidente de los Estados Unidos y simultáneamente en la derrota de su copartidario republicano, otro ‘guerrerista’ tal vez más peligroso que el ‘analfabeto funcional’ texano.

Con el arribo al cementerio de Arlington del soldado número 500, fallecido en un enfrentamiento nocturno a Faluja, surgió en la opinión pública norteamericana el Síndrome Vietnam y muchos líderes, pacifistas y ONG’s que tal vez no simpatizaban del todo con las propuestas ‘sociales’ y la postura política de Obama, alzaron sus voces de protesta y cerraron fila detrás de su slogan: ‘We can’, para llevar por primera vez en la historia republicana de los Estados Unidos a un afroamericano a la Presidencia. Y ha sido este Primer Mandatario negro, el que derrotó la visión militar de la política y la diplomacia de su antecesor George Bush, el mismo que ahora confronta a la sociedad norteamericana sustentando sus argumentos en los principales valores de la democracia, la libertad y la tolerancia religiosa, a favor de la construcción de una mezquita cerca de la ‘Zona Cero’, un templo en el que se integrará al recinto religioso un complejo cultural y social para el encuentro de los musulmanes y el diálogo abierto y sincero con otras religiones.

La estrategia Obama consiste en hacer sentir bienvenido y confortable a los creyentes en el Corán a una nación donde su religión y sus fieles son aceptados y respetados, y donde se deja de lado cualquier adjetivo ominoso, que además es utilizado por los extremistas para promover y extender el Jihad o Guerra Santa contra los gobiernos ‘infieles’ en todo Occidente. Para los defensores de esta estrategia el resultado es que se ha podido obtener, en el concierto internacional de las naciones, más solidaridad y credibilidad para con Norteamérica y la administración Obama, una solidaridad que bien puede apreciarse en el reordenamiento político de los países árabes frente al peligro que representa el fundamentalismo islámico de los ayatolas.

Uno de los enfoques ‘novedosos’ de esta estrategia consiste en separar el Islam como religión, de la práctica del Islamismo, que pretende reafirmar la primacía de la dimensión política de la religión por sobre la estructura laica del Estado, tal como sucede en los Estados teocráticos de similares comportamientos como los de la Revolución Iraní. Al identificar al Islamismo como un ‘fundamentalismo integrista’, la estrategia del presidente Obama logra separar la práctica de una religión del accionar político de una Jihad global.  Quienes respaldan la decisión del Presidente Obama (la construcción de una mezquita en la ‘Zona Cero’) apuestan junto a él a que se puede iniciar el comienzo de una nueva relación con el mundo islámico. Una relación de convivencia, de aceptación y de entendimiento que se convertirá en el más sólido argumento para luchar, desde la paz y con el apoyo de billones de creyentes en Mahoma, contra el extremismo.

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