Opinión Internacional

Dulce María Loynaz: últimos días de una casa, un jardín y una mujer que fue (feliz) en Cuba

A Sandra Dick, quien, como Dulce María Loynaz,
ha vivido «un estilo que el mundo va perdiendo».

(%=Image(6744580,»R»)%)Si bien es cierto, como lo hace ver Sófocles, que es imposible conocer y juzgar la vida de un ser humano antes de que haya transcurrido el último de sus días; también lo es la quimera de adentrarse en el claroscuro de la soledad y la intimidad del hombre. Mas en el caso del escritor —un demiurgo que no puede crear de la nada—, lo más importante no es el autor, sino su obra.

Conocedor de que nada escapa a la mirada vigilante del tiempo, y gracias al poder del lenguaje, el escritor amalgama, modela y anima la materia prima que le proporcionan, por un lado, el mundo exterior y, por el otro, su mundo interior poblado de ausencias, sueños y nostalgias; sensaciones y pensamientos; placeres y dolores, y, principalmente, palabras y silencios.

De ahí que en presencia de escritoras como Dulce María Loynaz o, verbigracia, Marguerite Duras resulta innecesario recurrir a biografías foráneas, pues ellas supieron «lanzarse al centro, al corazón, a la encrucijada donde todo toma su origen y su sentido(…)» (1) para hallar el resplandor del alma y reflejarlo en las palabras que iluminarían y resonarían en cada una de las páginas de sus obras/vida.

Efectivamente, para apreciar en su globalidad la vida y obra de Dulce María Loynaz, es necesario leer —no de manera parcelada sino conjunta—, los ensayos que contienen sus conceptos generales sobre la expresión poética; las diversas entrevistas de prensa donde se publicaron sus opiniones sobre la vida y la literatura; las crónicas que integran YO FUI (FELIZ) EN CUBA… LOS DÍAS CUBANOS DE LA INFANTA EULALIA (1955/1993) (2); la novela lírica JARDÍN (1951/1993) (2a); las narraciones de UN VERANO EN TENERIFE (1958); y, desde luego, su obra poética publicada (2b): VERSOS, 1920-1938 (1938), JUEGOS DE AGUA (1946), POEMAS SIN NOMBRE (1953), ÚLTIMOS DÍAS DE UNA CASA (1958), POESÍAS ESCOGIDAS (1985), BESTIARIUM, LA NOVIA DE LÁZARO y POEMAS NÁUFRAGOS (1991).

Asimismo, hay que tener presentes los retratos y juicios que —sobre ella y su obra—, hicieron y emitieron escritores como Juan Ramón Jiménez, José Lezama Lima y Pedro Simón, entre otros; y críticos como Federico Sainz de Robles.

RETRATO DE UNA POETA HIJA DE LIBERTADORES

Así describe Juan Ramón Jiménez a Dulce María Loynaz: «Un escalofrío y Dulce María, gentil marfilería cortada en lijera forma femenina entre gótica y sobrerrealista, con lentes de oro de cadenilla a la oreja, ojitos de mariposa detrás y, en la sonrisa, un diente gris como una perla. Escueta y fina también su débil palabra cubana que no admitía corte enmedio, como el papel de seda fósil» (3).

Pero ésta no es la Dulce María Loynaz que en 1992, cuando fue galardonada con el Premio Cervantes, dio a conocer la mediática fotografía. En ella, múltiples surcos dibujaban el rostro apergaminado; cansados y sin luz, «los ojitos de mariposa» ya no se ocultaban detrás de «los lentes de oro de cadenilla a la oreja», sino de unos pesados anteojos de montura plástica y oscura; de su sonrisa sólo quedó el gesto en los labios muy finos y la ausencia del «diente gris como una perla»; peinados hacia atrás y rematados en un moño fijado con peineta de carey, los cabellos lacios y entrecanos; en el cuerpo, la sobria elegancia de un vestido negro; y en las orejas, las perlas —entre discretas y ostentosas—, como únicos vestigios de la riqueza y el esplendor que la rodearon durante un poco más de medio siglo, desde su nacimiento en 1902.

Con relación a sus orígenes, Dulce María Loynaz siempre se honró de ser hija de una de las más nobles, antiguas e ilustres familias cubanas, y afirmaba: «No puedo olvidar que soy hija de libertadores» (4).

La prosapia cubana de Dulce María Loynaz repercutiría en su formación espiritual, educativa y cultural, y, especialmente, se vería reflejada en su obra literaria. «El ambiente familiar en que se formó esta escritora, dice Pedro Simón, la alta categoría social y la raigambre patriótica de sus padres, fueron determinantes en la formación de su personalidad. (…) Su niñez y adolescencia transcurrieron dentro de los límites de un mundo exclusivo y refinado con pocos puentes a la realidad exterior(…) Sólo algunos escogidos pudieron traspasar las fronteras y acercarse al cerrado mundo de los Loynaz» (5). Es esta atmósfera la que envolverá, sin lugar a dudas, su vida imaginaria y poética en la prosa de JARDÍN (1951/1963) y en los versos de ÚLTIMOS DÍAS DE UNA CASA (1958/1963).

Como era entonces habitual en los niños pertenecientes a los estratos altos de la sociedad latinoamericana de su tiempo, los hermanos Loynaz del Castillo, al igual que Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Victoria y Silvina Ocampo, y tantos otros, «no vieron, como decía Bernard Shaw, interrumpida su educación por los años escolares» (6), pues nunca asistieron a las escuelas fuera de sus casas. En lugar de ello, se formaron en las grandes bibliotecas paternas y familiares, recibieron una esmerada educación impartida por eruditos tutores y realizaron largos y fabulosos viajes. Viajes que, en el caso de los Loynaz del Castillo, se extendieron a través de Europa, Asia y las Américas.

De esta etapa informal de su educación, y con relación a sus influencias literarias, Dulce María Loynaz ha dicho: «Fueron los poetas franceses los primeros en deslumbrarnos. Rimbaud, Verlaine, Baudelaire, se convirtieron pronto en nuestros maestros amadísimos. Puedo decir que los amamos con la fuerza del primer amor. Nuestra hermana podía recitar el Cyrano completo; yo soñaba con traducir nada menos que a Racine y a Corneille… Fue más tarde que aparecieron Juan Ramón Jiménez y García Lorca: ya habíamos trocado a los Parnasianos y los Simbolistas por los clásicos españoles, menos sutiles, pero más jugosos, y compartíamos su saludable compañía con los bardos orientales. La oscura y a la vez luminosa palabra de Rabindranath Tagore, nos tuvo mucho tiempo como en éxtasis. A pesar de que se ha dicho más de una vez, no creo que los dos insignes andaluces hayan podido añadir algo a una poesía ya filtrada por siete tamices. Ya estábamos muy maduros, muy resueltos a ser nosotros mismos con aquella altivez y aquel pudor que habría de convertir nuestra obra en el Hortus Conclusus de la Epístola» (7).

En su afán de correr tras la aventura del conocimiento, Dulce María Loynaz ingresó en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, y en 1927 obtuvo el título de doctora en Derecho Civil. Pero después, como tantos otros escritores graduados de abogados, sólo ejerció el derecho para atender asuntos no contenciosos y familiares. «Ejercí el derecho durante un tiempo, dice Dulce María Loynaz, con mediano éxito, porque la providencia no me había llamado para ser abogada» (8).

Por tanto, al analizar estos y otros aspectos de la vida y la obra de Dulce María Loynaz, Sainz de Robles expresó: «Su cultura es tan vasta como honda, bien asimilada, bien filtrada en su pluma y en su palabra» (9).

CUBA, LA HABANA Y EL VEDADO

Loynaz es Cuba y La Habana es como su nombre, dulce.

Cuba, La Habana, el barrio de «El Vedado» y el palacio familiar constituyen tanto el «centro del mundo» como el «paraíso perdido» en la vida y la obra de Dulce María Loynaz.

Cuba, la Isla, es el paradeisos, paradisus, pardës, pairidaezã, es decir, el JARDÍN de las Delicias, el JARDÍN cercado y feraz; mas no aquél de Éden, sino éste de las Indias y Nuevo Mundo: «(…) Sigues siendo la tierra más hermosa que ojos humanos contemplaron. Sigues siendo la novia de Colón, la benjamina bien amada, el Paraíso Encontrado» (Loynaz, 1953/1993: 166).

Cuba —reminiscencia de las Islas de los Bienaventurados—, no es tierra rodeada por el océano y el Éter, sino tierra emergida de las aguas con un anhelo empíreo. Es el paraíso y el reino de Apolo Hiperbóreo —dios de la luz, la salvación y la vida eterna, como también del vaticinio, la poesía y la música—; por eso, a sus costas arriban los guardianes de Delfos y se oyen los seirenios cantos: «Isla mía, ¡qué bella eres y qué dulce!… Tu cielo es un cielo vivo, todavía con un calor de ángel, con un envés de estrella.
Tu mar es el último refugio de los delfines antiguos y las sirenas desmaradas» (Ibídem: 165).

Cuba es el lugar para el nacimiento y el ocaso: «Isla mía, Isla fragante, flor de islas; tenme siempre, náceme siempre, deshoja una por una todas mis fugas.

Y guárdame la última, bajo un poco de arena soleada… ¡A la orilla del golfo donde todos los años hacen su misterioso nido los ciclones!» (Ibíd: 167).

De esta íntima y profunda relación con la Isla, surgirá su embeleso por La Habana: «Creo que la Habana, dice Dulce María Loynaz, aunque yo no hubiera nacido como nací en pleno Paseo del Prado, me hubiera fascinado siempre» (10).

La Habana, ciudad de azúcar «para endulzar la vida amarga, para endulzar el café amargo de cada día…» (Loynaz, 1951/1993: 262), y en los últimos treinta y ocho años de su vida, para aceptar que los cambios sociales y de Historia —tronos derrumbados, golpes de Estado y revoluciones— «(…) son cosas de los pueblos…» (Loynaz, 1955/1993: 11).

La Habana es una descomunal confitería donde el horno del sol, siempre a punto, fabrica sin interrupción los caramelos que dulcifican su paladar de niña grande y poeta: «En La Habana, el sol en ascuas y las casas de azúcar» (Loynaz, 1951/1993: 289). Casas, como la suya en el Barrio de «El Vedado», «(…) con sus amplios salones de paredes blancas, las grandes galerías que los circundan, el desnudo de los pisos de mármol, la construcción en la planta baja, el patio copado de árboles y arriates, y ese sello especial que tienen solamente las abiertas casas cubanas, ávidas siempre de aire refrescante y de la luz de nuestro sol hermoso, que penetra en haces de oro, como curioso entrometido, por todas las puertas y todos los postigos, y por las rendijas cuando se le pone a raya» (Loynaz, 1955/1993: 52).

«El Vedado», su barrio con aroma de mar. Su barrio de calles bordeadas de árboles y enredaderas, de casas con puertas y ventanas coronadas de vitrales multicolores que se iluminan con la aurora y se opacan con el crepúsculo. El barrio de «El Vedado» y Dulce María Loynaz formaron la unidad siempre presente de una dualidad equilibrada, armónica: «El Vedado, especialmente, es como un hermano gemelo mío. Los dos nacimos en el año 1902. Yo sé mucho de la vida de El Vedado, como El Vedado debe saber de la mía(…)» (11).

Siendo así, Cuba no sólo es el Paraíso en el imaginario compartido con otros escritores, verbigracia, Lezama Lima, sino que también es la Patria.

Es la nación donde, tanto Loynaz como Lezama, nacieron, vivieron y forjaron una obra original y universal; pero por «esas cosas de los pueblos», también es la tierra, el país, donde padecieron incomprensión, exclusión y silencio, en una palabra, ostracismo y soledad.

«En mi tierra, dice Lezama Lima, he sufrido hasta el desgarramiento, he trabajado, he hecho poesía. En los dominios de la expresión y del intelecto he trabajado en una zona donde no hay dualismo, donde los hombres no se separan. No he oficiado nunca en los altares del odio, he creído siempre que Dios, lo bello y el amanecer pueden unir a los hombres. Por eso trabajé en mi patria, por eso hice poesía» (12).

«Nuestro ambiente intelectual, continúa Lezama Lima, está más pobre que nunca. Se ha puesto de moda ‘el virtuosismo’, libritos, cositas, yo confesional, intento de himnos babosos, todo acompañado de trompetas propagandistas. La gentuza piensa en publicar, no en hacer; cuando hacen, no crean. Si crean es un homúnculo de algodón» (13).

«Yo, testimonia Dulce María Loynaz, por otra parte, poco he podido hacer por mi país como no sea la obra que dejo escrita, que algún día tendrá su valor o no lo tendrá. Eso no se sabe. Pero es todo lo que he podido hacer por Cuba. Si más hubiera podido hacer, más hubiera hecho; no puedo olvidar que soy hija de libertadores» (El subrayado es mío) (14).

«Desde 1959 —continúa Dulce María Loynaz—, no he publicado nada. Yo he escrito mucho, pero se ha publicado muy poco, y eso no es culpa mía. Yo siempre he estado dispuesta a que impriman mis libros, ¿qué más puede pedir un autor? Me he mantenido enclaustrada en mi casa habanera y al margen de la política que es terreno minado para un escritor. Las autoridades revolucionarias no me han tratado bien ni mal, pero me han respetado. Han sido 40 años de silencio» (15).

Afortunadamente, la Isla —Jardín o Paradiso—, la ciudad «panal de abejas» y el claustro de sus «casas de azúcar» les endulzaron «el café amargo de cada día» para que, bajo el amparo de la belleza, el calor y la luz de la palabra poética, pudieran vivir y morir con dignidad.

LA CLARIVIDENCIA Y LA CEGUERA

Hay que cerrar los ojos para percibir la luz divina, pues los dioses castigan a aquel que abusando de su clarividencia, mira la desnudez divina o divulga los secretos del arcano.

La clarividencia guiará la mano de Dulce María Loynaz para escribir su largo y presagioso poema «Últimos días de una casa» y vaticinar el castigo de su ceguera en el poema «Premonición»: «Presiento que una cosa ancha y oscura/ y desolada viene sobre mí/ como la noche sobre la llanura…» (Loynaz, 1938/1993: 27). O en algunas páginas de JARDÍN (1951/1963) (*): «La tiniebla más negra de cuantas ella había hendido, como si todas las noches del mundo se hubieran derramado sobre sus párpados, una tiniebla que no la rodeaba ya, sino que se filtraba goteándole en el corazón, humedeciéndole los huesos, penetrándola toda en cuerpo y alma, una tiniebla que le pesaba en la frente, que le dolía en los ojos, le había caído encima desde una altura de siglos.
¿Ya no habría día nunca más?» (85).
«(…) tocaba la sombra como un ciego toca el rostro que quisiera reconocer…» (302).

La ceguera, más que una enfermedad, es el Infierno para quienes preguntan con Bachelard: «¿Acaso, allá arriba en el cielo, el paraíso no es una inmensa biblioteca?» (16). Responden con Borges: «Yo que me figuraba el Paraíso/ Bajo la especie de una biblioteca(…)»(17). Y padecen con Dulce María Loynaz: «¡Es terrible y demasiado duro tener que renunciar a la lectura y a las emociones! Es como vivir en un pozo sin fondo. ¡Cómo comprendo al escritor argentino Jorge Luis Borges! No poder ver es una maldición para todos, pero mucho más para un escritor y amante de la lectura» (18).

Borges, quien sufrió la ceguera hereditaria de su familia paterna, la aceptó como un resguardo de la memoria «Es que vivir se parece mucho a la ceguera y a la vejez. En todo caso, no es patético, es algo bueno, las cosas se alejan, se esfuman, se desdibujan y uno puede imaginarlas mejor o recordarlas(…)» (19).

En cambio para Dulce María Loynaz, la ceguera fue la total desesperanza en una situación límite: «¿Cómo puede ser la vida de una anciana que además de la carga de los años lleva la de la ceguera?, ¿qué puedo hacer? Nada. Esperar» (29).

Fueron dos puntos de vista para percibir una doble y común fatalidad. Sin embargo, en el caso de Borges, el avance gradual de la enfermedad, las condiciones afectivas y socioeconómicas de vida y el tener colaboradores siempre dispuestos a leerle y tomarle el dictado, le permitieron soportar su ceguera de una manera menos dramática. Loynaz, por el contrario, además de no haber desarrollado el arte de dictar, no contó ni siquiera con la posibilidad de tener un lector: «Hay una persona que ha accedido a leerme desde hace poco. He tenido la suerte de encontrarla, pero demasiado tarde(…)» (21).

Por eso, nadie como Dulce María Loynaz para sentir como suyos los versos de Borges en el «Poema de los dones»: «Nadie rebaje a lágrima o reproche/Esta declaración de la maestría/ De Dios, que con magnífica ironía/ Me dio a la vez los libros y la noche. /De esta ciudad de libros hizo dueños/ A unos ojos sin luz, que sólo pueden/ Leer en las bibliotecas de los sueños/ Los insensatos párrafos que ceden» (22). Y siendo así, la ceguera no es más que la expiación por la Ybris de rivalizar con Dios al querer inmortalizarse mordiendo el fruto del conocimiento en el paraíso de los libros e intentando el fíat lux por la poesía.

EL TIEMPO Y LA MEMORIA

El tiempo, el espacio y el movimiento, y su manejo como planos y ritmo narrativos, constituyen el fundamento estructural de la novela lírica JARDÍN (1951/1963) en cuyo «Preludio», Dulce María Loynaz afirma: «Ésta es la historia incoherente y monótona de una mujer y un jardín. No hay espacio ni tiempo, como en las teorías de Einstein. El jardín y la mujer están en cualquier meridiano del mundo —el más curvo o el más tenso—. Y en cualquier grado —el más alto o el más bajo— de la circunferencia del tiempo. Hay muchas rosas» ( 9).

En efecto, Albert Einstein, en su teoría de la relatividad especial o restringida, demuestra que el universo es un sistema de cuatro coordenadas: una para el tiempo y tres para el espacio, es decir, que al ser el tiempo una coordenada, se produce una temporalización del espacio. Y, al fundirse tiempo y espacio, el universo es un sistema cuadrimensional, cerrado (como una esfera), homogéneo e isótropo.

Partiendo de esto, Dulce María Loynaz construye un universo narrativo cerrado, circular, estático y finito, donde desaparecen las nociones de tiempo y espacio absolutos.

Un universo donde la eternidad es atrapada en el instante, es congelada en el sintiempo: «En el reloj de pórfido, en el que siempre eran las seis y cuarto, grises arañas del color del tiempo habían apresado entre sus redes aquel minuto de la Vida que no podía escaparse: las seis y cuarto…» (234).

Pero la eternidad no sólo es apresada por las agujas muertas de un reloj, sino también por las fotografías: «Un retrato es una pequeña resurrección, es un modo de retener un minuto, de retenerlo por encima de todos los otros minutos que pasan echando sombra, echando muerte…» (211); por los espejos: «Este espejo inútil, sin renuevo de imágenes, condenado por siempre a la inmovilidad y a la ausencia de toda vida» (17); por los animales preservados para vencer a la corrupción de la muerte: «Desde las consolas, los pájaros embalsamados en sus urnas de cristal, tensa el ala y el ojo brillante, ensayaban hace siglos un vuelo imposible» (234); por la intertextualización de unas cartas de amor: «Las palabras amarillas, las palabras de amor dichas a una mujer muerta hace tantos años, vuelven a sonar a sus oídos, vuelven a pasar ante sus ojos infinitamente abiertos… vuelven a ella en una dolorosa y extraña exhumación» (136); por la glosa e interpolación de «un cuento pasado de moda» —que no es otro que el de «La Bella Durmiente del bosque» de Perrault—, cuyo texto se imbrica al de JARDÍN: «La vida se interrumpió de pronto en aquellos dominios, poco antes prósperos y bulliciosos. Todo participó de la contagiosa somnolencia para acompañar a la Princesa en su largo viaje hacia el Reino del Sueño, vecino al Reino de la Muerte (…)
Y aquel mismo día, una maleza de espinos creció a la altura de una muralla en torno del castillo (…)
El libro se ha cerrado. Descansa en el atril de ébano, junto al vitral roto por donde no entra ya el sol.
Crecida la muralla de espinos, cerrada la sombra de treinta y seis mil quinientas noches, el silencio y el polvo van cayendo lentamente, mientras la Vida se nos huye fuera.
(…)En tanto, deja que crezca el jardín, deja que duerman cien años tus rosas y tus palomas…» (46-49).

Y, aun así, el tiempo, inasible, se desvanece al intentar apresarlo: «Mi hora no está en el reloj…/ ¡Me quedé fuera del tiempo!…» (Loynaz, 1938/1993: 20).

La memoria, por su parte, es como el cine: además de tiempo, es imágenes y movimiento.

La memoria —como una cámara—, narra con insólitos contrapicados, profundidades de campo, tomas largas, encadenados de banda sonora y sorprendentes planos relámpagos entre secuencias, una historia fragmentaria, discontinua; una historia real y a un tiempo alucinante: «(…) y desenterraría allí una vieja historia hecha de recuerdos y de olvidos, de cosas que se quedaron rezagadas en el tiempo (…)» (Loynaz, 1951/1993: 113).

La memoria es, asimismo, el montaje de los múltiples y desiguales fragmentos de una vida: «Son fragmentos de recuerdos distintos que no llegan a formar uno solo; que ella se esfuerza en recoger; en reunir penosamente, y sale una cosa absurda, semejante a un rompecabezas mal formado» (Ibídem: 236). En consecuencia, Dulce María Loynaz ha dicho: «A veces me parece que estoy sentada en una sala de cinematógrafo y veo pasar una película, unas veces borrosa, otras veces clara, otras veces cortada, interrumpida, pero es así como me siento(…)» (23).

Para Loynaz —inmóvil espectadora de una película de contornos vagos y tonos desvaídos—, las imágenes titilan, se distorsionan o se velan por la oscuridad y el correr de los años: «(…) eran las cosas que ya veía como irreales, como legendarias y que, sin embargo, habían tenido parte en sus juegos silenciosos de niña, en sus sueños olvidados, en los largos insomnios de sus enfermedades. Cosas obscuras, inanimadas, sin vida ya y aún dentro de la vida…» (Ibídem: 234). Apenas son reminiscencias que aparecen en su memoria en una dimensión fantasmagórica, fluctuante: «Llegan imágenes confusas, se superponen unas a otras, irrumpen ecos de palabras pronunciadas mucho tiempo atrás o no pronunciadas nunca…» (Ibíd.: 236).

Y, aunque su memoria ya sólo «es moho, es humedad, es tiempo, mucho tiempo…» (ibíd: 123), todavía sabe guardar —como los dragones—, el tesoro de ese instante de goce, de placer: «Mi minuto de felicidad no me lo quita ya nadie. Ha sido y no puede dejar de ser» (Ibíd: 178).

LA CASA Y EL JARDÍN, «CENTROS DEL MUNDO» Y «PARAÍSOS PERDIDOS»

La casa es el espacio que sacralizamos para resguardar nuestra intimidad, nuestra soledad, nuestros ensueños, sueños y recuerdos, pues, «la casa alberga el ensueño, la casa protege al soñador, la casa nos permite soñar en paz» (24).

La casa es «nuestro primer universo» (25) y, también, «cada casa puede considerarse como construida en el centro mismo del mundo» (26).

Para Dulce María Loynaz su palacio de «El Vedado» — en otro tiempo albergue de mastines y galgos, mas hoy de perros sin pedigrí ni destino—, es el claustro de una autora y su escritura.

(%=Image(2745008,»L»)%)Su casa es el apotrópaios que la aísla y la protege: «¡Qué bueno ha tenido que ser para la Niña el estar siempre aislada, protegida de esta maldad por la segura reja de la casa, más fuerte que el mundo, más fuerte que el Mal y que el Bien…» (Loynaz, 1951/1993: 62).

De ahí que en «ÚLTIMOS DÍAS DE UNA CASA» (1958/1993) (**) —extenso poema, escudo y espada, en defensa del acervo afectivo, cultural e histórico del ser humano—, Dulce María Loynaz haya escrito los vatídicos versos que anunciaron su decadencia física, familiar y social.

En el poema la casa se humaniza, se anima: «La Casa, soy la Casa./ Más que piedra y vallado, / más que sombra y que tierra,/ más que techo y que muro,/ porque soy todo eso, y soy con alma.» (Loynaz, 1958/1993: 191).

La casa habla del ser humano y lo juzga: «Y entonces, digo yo: ¿Será posible/ que no sientan los hombres el alma que me han dado?» (192). Y al tener la posibilidad de sentir y expresarse por medio de la palabra poética, la casa eleva su superioridad sobre los seres humanos, cambia de punto de vista y se instituye en defensora contra los abusos deshumanizantes del urbanismo: «Soy una casa vieja, lo comprendo./ Poco a poco —sumida en estupor—/ he visto desaparecer/ a casi todas mis hermanas,/ y en su lugar alzarse a las intrusas,/ poderosos los flancos,/ alta y desafiadora la cerviz.» (179) y del progreso: «Cemento perforado/ El mundo se nos hace de cemento.» (181).

La casa denuncia y acusa al horror y la hostilidad reinantes: «Es triste confesarlo,/ pero me siento ya su prisionera,/ extranjera en mi propio reino,/ desposeída de los bienes que siempre fueron míos./ No hay para mí camino que no tropiece con sus muros;/ no hay cielo que sus muros no recorten.» (171).

La casa —latido de un corazón indomable, eco que resuena en la memoria— invoca la importancia que para el hombre tienen las sensaciones: «No sé por qué se ha hecho desde hace tantos días/ este extraño silencio:/ silencio sin perfiles, sin aristas,/ que me penetra como un agua sorda.» (177); los afectos indisolubles: «Y es que el hombre, aunque no lo sepa,/ unido está a su casa poco menos/ que el molusco a su concha./ No se quiebra esta unión sin que algo muera/ en la casa, en el hombre… O en los dos.» (178); la memoria: «¿Y de qué hablaba aquí? Resbalo/ en mis propios recuerdos… La memoria/ empieza a diluirse en las cosas recientes,/ y recental reacio a hierba nueva,/ se me apega con gozo/ a las sabrosas ubres del pasado.» (190); la nostalgia: «Esto pasó en mi tiempo; ya no pasa./ Puedo hablar de mi tiempo melancólicamente,/ como las personas que empiezan/ a envejecer, pues en verdad/ soy ya una casa vieja.» (179); el olvido: «No recuerdo, no sé…/ Yo que le deshojaba los crepúsculos,/ igual que pétalos de rosas.» (181); los sentimientos: «Ahora la tristeza es sólo mía,/ al modo de un amor/ que no se comparte con nadie.» (190); los ensueños: «Que pasé una la vida/ guareciendo los sueños de esos hombres,(…)» (185); y los valores: «Pero de todos modos,/ he de decir en este alto/ que hago en el camino de mi sangre,/ que esto que estoy contando no es un cuento;/ es una historia limpia, que es mi historia;/ es una vida honrada que he vivido,/ un estilo que el mundo va perdiendo.» (191).

La casa es un ser sensible extraviado en un mundo que, circundado por la violencia insensata, practica la brutalidad: «¡Ahora es que trago la verdad de golpe!/ ¡Son los hombres, los hombres,/ los que me hieren con sus armas!» (194). En un mundo que, mientras recomienda los ideales universales de bondad y belleza, practica la codicia: «Los hombres son y sólo ellos,/ los de mejor arcilla que la mía,/ cuya codicia pudo más/ que la necesidad de retenerme./ Y fui vendida al fin,/ porque llegué a valer tanto en sus cuentas,/ que no valía nada en su ternura…/ Y si no valgo en ella, nada valgo…/ Y es hora de morir.» (195).

En consecuencia, el ocaso de un palacio y su reina no debería ser motivo de extrañeza o apreciarse como algo insólito: «Parece imposible —escriben Armando Chávez e Iris Cepero—, visitar una casa que carece de timbres y aldabas, que suele estar a oscuras, en la que el teléfono tiene desperfectos y, si llueve o hace frío, su dueña se recoge aún más. Tras las gruesas paredes, casi amuralladas, de ese palacio real en plena Habana, vive una mujer con tanto tiempo en la tierra que ha presenciado su fama, olvido y resurrección, siempre desde la distancia, con algo de indiferencia y timidez» (27).

«Parece imposible —continúan Chávez y Cepero—, entrar en casa de Dulce María Loynaz. Pero si un día cualquiera uno abre la verja, si uno se olvida de los perros bulliciosos y sin garbo que salen al paso, si uno sube los pocos escalones que anteceden el portal, si uno mira a través de las ensortijadas herrerías de la puerta y si son, exactamente, las cinco de la tarde, Dulce María Loynaz estará vestida de blanco, en su poltrona preferida, envuelta en penumbras y silencio» (28).

El jardín, por su parte, es un ensueño del mundo, un sentimiento de nostalgia edénica, una melancolía por la pérdida e irrecuperabilidad del mundo preadánico: «Jardín fue el mundo en sus albores bíblicos… Jardín volverá a ser; pero jardín obscuro, con pecado y con muerte» (Loynaz, 1951/1993: 64). Es espacio sagrado: «¡Huerto cerrado va a ser ahora, con todo el místico perfume de las Escrituras!…» (Ibídem: 147). Y, especialmente, es el centro del mundo: «Era el jardín, su jardín; tan suyo, que era toda su patria, todo su espacio, todo su mundo» (Ibíd.: 68).

El jardín le recuerda el Caos inicial previo al fíat lux: «Allí estaban la casa y su jardín, donde las vanas luces terrenales nunca habían osado penetrar. Y sólo la sombra era pura; estaba en el Principio, y la luz que venía luego era siempre violación. La sombra era la virginidad del Universo» (Ibíd: 301).

Además, para Dulce María Loynaz la mujer y el jardín son dos motivos eternos que integran una syzygia: «Tuvo la mórbida sensación de estar formando ella también parte del jardín. Se sintió verde, blanda, soleada, atraída por la cabeza hacia arriba y los pies leñosos, pegados a la tierra para siempre(…) Junto al jardín había vivido siempre. En él había crecido, y más que él, de él mismo» (Ibíd: 231).

Y, al igual que Bárbara —la arquetípica protagonista de JARDÍN—, Dulce María Loynaz imaginó el transcurrir de la vida detrás de los barrotes de hierro de la verja del jardín, o detrás de los «cristales de la casa a través de los cuales el paisaje tenía ya la inconsciente irrealidad de los sueños o de las vistas tomadas del fondo del mar. Cristales de la casa para filtrar el sol, para filtrar el ruido, para filtrar la vida…» (Ibíd.: 59). De modo que, tanto su casa como su jardín constituyen la imagen del universo y están, como la ciudad y el templo, en el centro del mundo.

LA VIDA

La vida para Dulce María Loynaz, nunca fue una lección que debía aprender o de la cual sacar alguna conclusión.

Para ella, la «real vida, pesada y tangible», no fue más que un sueño: «La vida vivida se vuelve, a veces, tan inconsciente como el sueño; es quizás un sueño largo. La vida futura es el sueño que soñaremos esta noche» (Loynaz,1951/1993: 26). Y fue, al mismo tiempo, la posibilidad de crear y recrear al mundo a través de la palabra escrita: «Este sillón sabe de las historias obscuras que cuentan los libros cubiertos de telarañas en la humedad de los anaqueles. Sabe de la emoción de leer, de la voluptuosidad de la letra combinada, la letra que se anima, que cuaja en emoción, en sentidos nuevos para la vida. En vida…» (Ibídem: 60).

EL AMOR

Aunque Dulce María Loynaz exclame: «¡Qué sabrá nadie sobre el amor!…» (Loynaz,1951/1993: 145), sabe que el amor es el dolor y la angustia que produce el deseo de lo que no está presente, de lo que todavía se carece: «Mañana (…) era su boca, su boca tibia, deseada hasta la angustia, hasta el dolor casi físico, su boca donde lo encontraba todo(…)» (Ibídem: 229); pues, quien tiene amor posee todo lo bueno, lo bello, y lo que da felicidad: «Él parece poseer todos los bienes de la Vida: la Salud, la Fuerza, la Juventud, la Alegría y la Paz… Tenerlo a él sería todo eso…» (Ibíd.: 214).

Sabe que el amor es dulzura: «es más dulce en los extremos: cuando empieza y cuando acaba…» (Ibíd: 145) y sensualidad: «Hombre que me besas,/ hay humo en tus labios./ Hombre que me ciñes,/ viento hay en tus brazos.» (Loynaz,1938/1993: 29).

Más aún, Loynaz sabe que toda creación implica padecer a carne abierta y con entereza; además, que sólo es posible realizarla a través del amor y la poesía: «Poesía y amor piden paciencia. Amor es espera y sajadura. Poesía es sajadura y espera» (Loynaz, 1953/1993: 165). Pues al ser el reencuentro con uno mismo en el ser amado o en la palabra, tanto el amor como la poesía triunfan sobre la muerte y el tiempo.

LA BELLEZA

Un profundo sentimiento calológico de la vida marcó cada uno de sus actos y cada una de las páginas de su obra: «Nunca enseñé a nadie ni un solo verso si no estaba lo suficientemente convencida de su perfección. He pulido mucho mi obra. Soy muy perfeccionista hasta en el modo de mover mis brazos. Adoro la estética en todos los sentidos» (29).

De ahí que para Dulce María Loynaz la belleza —inmortal e inmutable—, se halla tanto en la naturaleza: «tiene la belleza de todo lo que es grande, de todo lo que es fuerte» (Loynaz, 1951/1993: 52) como en la obra literaria o artística: «es bella porque es precisa con la precisión de lo atinado, de lo que sale de una vez y como en bloque, que es como sale siempre la obra hermosa, aunque tarde mil años en producirse; es bella porque sobrecoge… Porque pone en el alma aquel respeto que solo inspiran la Belleza y el Misterio; el respeto que mueve al de espíritu fino a descubrirse en un templo, aunque no crea en su rito; a apartar del camino la flor que se cayó…» (Ibídem: 53).

LA PALABRA, LA POESÍA

La palabra busca, persigue al poeta. Se le entrega apasionada, vehemente, y en ese ir hacia él, la palabra se precipita, se sucede; se atropella y se acompasa en un movimiento continuo, sin fin: «Las palabras vienen al papel sin que yo las llame, impetuosas, adelantándose envueltas unas en otras como las olas a la playa…» (Loynaz, 1951/1993: 178).

La palabra, como semilla y fruto esparcidos por el aire, es sonido suave y agradable que tremuloso se precipita al vacío: «Y las palabras temblaban, se desgranaban en el aire, caían en el silencio ancestral de la casa con un cantarino ruido de cristales…» (Ibídem: 92).

La palabra poética de Dulce María Loynaz es mismidad: «Nada hay en ella que no sea yo misma» (Loynaz, 1953/1993: 151). Y, como el viento, no admite cárceles ni encubrimientos, pues vuela líbera: «Yo dejo mi palabra en el aire, sin llaves y sin velos» (Ibídem: 151).

Su palabra es fruta que cuelga expuesta a la mirada; que tentadora induce a las manos a reconocer su madurez, a arrancarla y a extraerle el zumo y el dulzor hasta agotarlos: «Yo dejo mi palabra en el aire, para que todos la vean, la palpen, la estrujen o la expriman» (151).

La palabra para el poeta es, según Loynaz, carga, pena, flagelación: «pero en ceñirla como cilicio y no como manto pudiera estar toda mi ciencia» (151). Pues la palabra poética sólo brota del silencio, la soledad y las tinieblas en las profundidades del ser: «Sólo clavándose en la sombra, chupando gota a gota el jugo vivo de la sombra, se logra hacer para arriba obra noble y perdurable» (151).

Refiriéndose a la expresión poética, Dulce María Loynaz ha dicho: «La poesía debe tener instinto de altura. El hecho de llevar raíces hincadas en la tierra no impide al árbol crecer; por el contrario le nutre el esfuerzo, le sostiene en su impulso, le hace de base firme para proyectarse hacia arriba. Rastrear es línea tortuosa, crecer es línea sencilla, casi recta. Si la poesía ha de crecer como el árbol, ha de hacerlo también sencillamente. Si ha de llevarnos a algún lado lo hará con agilidad y precisión, de lo contrario perderá el impulso original antes de alcanzar la meta. No debe ser el poeta en exceso oscuro y sobre todo no debe serlo deliberadamente. Velar el mensaje poético, establecer sobre él un monopolio para selectas minorías es una manera de producirse antisocialmente. La poesía debe llevar en sí misma una fuente generadora de energía capaz de realizar alguna mutación por mínima que sea. Poesía que deja al hombre donde está, ya no es poesía». (Loynaz, 1993: 14).

En efecto, la poesía es camino hacia la claridad, hacia lo intangible; es vuelo hacia las alturas del universo y los más elevados ideales del hombre. Y, al comunicarse con lo más profundo del ser, la poesía es la potestad que transforma el espíritu y el corazón humanos.

La poesía para Dulce María Loynaz, aunque brote de las tinieblas y el caos del ser, sólo podrá ser claridad y orden, pues, como lo hace ver María Zambrano, «convertir el delirio en razón sin abolirlo, es el logro de la poesía» (30).

EL SILENCIO, LA SOLEDAD Y LA MUERTE

Antes de la creación hubo un silencio: «El silencio se congela en una escarcha finísima sobre los cortinajes, sobre los muros, sobre los rostros. La Niña misma se siente, a veces, envuelta en su telaraña invisible; lo siente frío y cosiéndose a sus labios, y tiene que romperlo con los dedos, con la palabra que quiere venir…» (Loynaz, 1951/1993: 69).

Asimismo, antes de la creación hubo una soledad: «Su soledad fue entonces tan pura como la soledad del caos antes de la creación del mundo» (Ibídem: 98).

Son el silencio y la soledad que, desde la infancia, le revelaron el valor de la palabra escrita: «Deshojaba los libros, rebanaba montañas de libros, se comía letras negras, los espacios blancos; la palabra parida con dolor y con muerte…» (Ibíd.: 96). Silencio y Soledad de la escritura, los únicos perseguidos y forjados por el escritor para poder crear y recrear un mundo por el verbo y la imaginación: «Esta luz eléctrica no puede mostrarle un mundo mejor que el que ya ella había poseído en soledad, sólo con la fuerza de su deseo» (Ibíd.: 261).

La soledad amada, deseada, es la única posesión del poeta: «Muchas cosas me dieron en el mundo: sólo es mía la pura soledad» (Loynaz, 1953/1993: 151).

Pero esa soledad recibida como un don, por la insolencia de la poeta al rivalizar con Dios, en el “POEMA XXX” se presiente, una vez más, como expiación: «Soledad, soledad siempre soñada… Te amo tanto, que temo a veces que Dios me castigue algún día llenándome la vida de ti…» (Ibídem: 153).

Efectivamente, en los últimos treinta y ocho años de la vida de Dulce María Loynaz, del silencio y la soledad no brotó la palabra poética, sino la tristeza: «La vida se le apareció entonces tan triste como nunca la había sentido; triste como la tristeza de un teatro vacío (…)» (Loynaz, 1951/1993: 98).

Y, al final, sólo la muerte: «La Muerte. Se sentía llena de muerte, de una muerte tan terriblemente física y palpable, que le pareció que no podría ya, en adelante, pensar, andar, vivir, sin su presencia» (Ibídem: 67).

LA OBRA, VIDA ETERNA

Aunque sobre la obra de Dulce María Loynaz han escrito, entre otros, Juan Ramón Jiménez, Pedro Simón, José Lezama Lima y Federico Sainz de Robles; ningún crítico más severo para juzgarla, que ella misma.

Como su idea sobre la originalidad ya la había desarrollado en el texto y en el preludio de JARDÍN (1951/1993) (***): «Nada nos pertenece, nada es nuestro de un modo absoluto y original» (139). «(…) Para fatiga mía, voy contra la corriente» (9). Al puntualizar sobre la de su obra, expresó: «Si uno quiere ser original, tiene que ir contra la corriente. La corriente es lo de todos los días. No es que sea bueno ir contra la corriente, pues cansa más. Como yo por lo menos aspiraba a ser original, cambié la originalidad por la fatiga. Del cansancio de escribir contra la corriente he logrado hacer algo original» (31).

En cuanto a su obra narrativa, Dulce María Loynaz dudó acerca del género literario de JARDÍN: «No es, gracias a Dios, una novela humana. Quizá no sea siquiera una novela(…)» (9). Y, al respecto, aclaró: «(…)He querido añadir a la palabra novela el adjetivo de lírica, que más que paradoja viene siendo como una atenuante, una explicación» (9). Mas sus dudas y aclaratorias son innecesarias, pues, a su novela se le pueden aplicar las palabras de Edward Morgan Forster al hablar de “El cuarto de Jacob” de Virginia Woolf: «An esentially poetic method had been applied to the novel(…)» (32).

Loynaz sostenía que lo más importante para un escritor es la honestidad consigo mismo y con el lector, y, especialmente, que jamás debería hacer concesiones: «Aún debo confesar, ya que el que lee tiene derecho por lo menos a la honradez del que escribe, que me ha faltado enteramente el propósito de hacer amena esta lectura» (11).

Asimismo, consideraba que toda obra perdurable necesita un largo proceso de maduración, y refiriéndose al tiempo que tardó en escribir JARDÍN, expresó: «Yo le hubiera hecho guardar más tiempo a mi sombra. Las cosas, en mí, van muy lentamente y me hubiera sobrado paciencia para una espera de veinte años(…)» (11).

En conclusión puede afirmarse que, luego de un largo proceso de gestación y haciendo uso de su esplendente expresión poética, Dulce María Loynaz ha podido alumbrar una obra arquetípica y universal, signada por su avasallante fuerza calológica, honestidad y originalidad.

Una obra poética trascendente y perfecta que al igual que su vida, tanto personal como literaria, fue concebida como un «Hortus Conclusus». Pues, al mantenerse «ajena a grupos, revistas y cenáculos literarios» (33), su mundo se caracterizó por la búsqueda de la verdad y la belleza, la tolerancia y la honestidad intelectual, la elegancia y el fino sentido del humor, el rechazo a la vulgaridad y la brutalidad, y, principalmente, por el desprecio al filisteísmo y el totalitarismo.

Entonces, cómo no considerar inaceptable, por insensible, vulgarizador y efímero, el texto del cable de la agencia internacional de noticias difundiendo el término de su vida mortal: «LA HABANA (EFE)- La poetisa y escritora cubana DULCE MARÍA LOYNAZ DEL CASTILLO, de 94 años, ganadora del Premio Cervantes en 1992, murió ayer domingo, 27- 4 – 97, víctima de un cáncer, en su antigua mansión de la barriada habanera de El Vedado, rodeada de obras de arte, recuerdos de viajes y una decena de perros» (34).

NOTAS

1. HUYGHE, René. Citado por Gastón Bachelard en La poética del espacio. México, Fondo de Cultura Económica, 1983, 1ª reimpresión, p.12.

2. Todas las referencias se remiten a la siguiente edición: Loynaz, Dulce María. YO FUI (FELIZ) EN CUBA… Los días cubanos de la Infanta Eulalia. La Habana, Edit. Letras Cubanas, 1993, 68 pp.

2a. Todas las referencias se remiten a la siguiente edición: Loynaz, Dulce María. Jardín. Barcelona, Edit. Seix Barral, 1993, 316 pp.

2b. Poemas de todos estos libros han sido seleccionados en las siguientes ediciones: 1) LOYNAZ, Dulce María. Poemas escogidos. Madrid, Fondo de Cultura Económica, Biblioteca Premios Cervantes, 1993, 203 pp. 2) LOYNAZ, Dulce María. Poemas escogidos. Madrid, Visor Libros, 1993, 203 pp. Ésta será la utilizada en el presente texto. Conjuntamente con los números de los años de las ediciones utilizadas en el presente texto, se han colocado entre paréntesis los de los años correspondientes a las primeras ediciones de las obras en referencia.

3. JIMÉNEZ, Juan Ramón. «Dulce María Loynaz (1937)» en Españoles de tres mundos. En: LOYNAZ, Dulce María. Jardín. Barcelona, Edit. Seix Barral, 1993, p.5.

4. CHAVEZ, Armando y CEPERO, Iris. «Dulce María Loynaz: Es difícil olvidar el olvido» (Entrevista). En: Verbigracia del diario “EL UNIVERSAL”. Caracas, domingo 4 de mayo de 1997, p.3.

5. SIMÓN, Pedro. «Dulce María Loynaz». En: LOYNAZ, Dulce María. Poemas escogidos. Madrid, Edit. Visor Libros, 1993, pp. 7-9.

6. VEGA, Vicente. Diccionario ilustrado de frases célebres y citas literarias. Barcelona, Edit. Gustavo Gili, S.A., 1956, 3ª edición, p. 206.

7. LOYNAZ, Dulce María in SIMÓN, Pedro. En: Ob. Cit., p. 8.

8. NAHARRO, Paloma. «Falleció Dulce María Loynaz. El último rosario de una reina». En: diario «ABC», Madrid, lunes 28 de abril de 1997, p. 18.

9. SAINZ DE ROBLES, Federico Carlos. Ensayo de un Diccionario de la Literatura. T. II, Escritores españoles e hispanoamericanos. Madrid, Edit. Aguilar, 1973, p. 682.

10. CHÁVEZ, A. y CEPERO, I. Ob. cit.

11. CHÁVEZ, A. y CEPERO, I. Ibídem.

12. LEZAMA LIMA, José. El reino de la imagen. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1981, p. 572.

13. Ibídem, p. 574

14. CHÁVEZ, A. y CEPERO, I. Ob. Cit.

15. NAHARRO, Paloma. Ob. cit.

*El número de las páginas colocado entre paréntesis al final de cada cita se remite a esta obra en la edición mencionada.

16. BACHELARD, Gastón. La poética de la ensoñación. Santafé de Bogotá, Fondo de Cultura Económica, 1993, 1ª reimpresión, p. 47.

17. BORGES, Jorge Luis. Obras Completas. Buenos Aires, Emecé Editores, S.A., 1974, p. 809.

18. NAHARRO, Paloma. Ob. Cit.

19. BORGES, Jorge Luis.36. «Ceguera». En: Borges A/Z. Madrid, Ediciones Siruela, S.A., 1988, p. 36.

20. CHÁVEZ, A. y CEPERO, I. Ob. Cit.

21. Ibídem.

22. BORGES, Jorge Luis. Ob. Cit., 1974, p. 809.

23. CHÁVEZ, A. y CEPERO, I. Op. Cit.

24. BACHELARD, Gastón. Op. Cit., 1983, p. 36.

25. Ibídem, p. 34.

26. ELIADE, Mircea. Tratado de historia de las religiones. México, Biblioteca Era, 1986, p. 342.

**El número de las páginas colocado entre paréntesis al final de cada cita se remite a esta obra en la edición mencionada.

27. CHÁVEZ, A. y CEPERO. I. Ob. Cit.

28. Ibídem.

29. NAHARRO, Paloma. Ob. Cit.

30. ZAMBRANO, María. El hombre y lo divino. México, Fondo de Cultura Económica, 1973, 2ª edición, p. 353.

***El número de las páginas colocado entre paréntesis al final de cada cita se remite a esta obra en la edición mencionada.

31. NAHARRO, Paloma. Ob. Cit.

32. FORSTER, Edward Morris. Conferences. Londres, Penguin Books, p. 50.

33. SIMÓN, Pedro. Ob. Cit., p. 7.

34. Cable de la agencia internacional de noticias «EFE» publicado en la prensa nacional el día lunes, 28 de abril de 1997. Igualmente fue transmitido a través del noticiero CNN por «Globovisión», Canal 33.

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