Opinión Internacional

El carpintero de Irak

José martillaba los clavos con firmeza sobre las puertas de los gabinetes que colocaría en la cocina. Su mujer, con el vientre inflado por un nuevo embarazo de tres meses, le acompañaba en la faena. El pequeño vástago jugaba con sus manos colocado en la silla donde lo trasladaban.

Mientras conversábamos, imaginaba los trazos de un lienzo de la Sagrada Familia de Nazareth. Este José también es carpintero, ex – soldado norteamericano de ascendencia mexicana y acaba de regresar de la guerra. José es un carpintero recién llegado de Irak.

Hace apenas unas semanas le conocí y su historia corre el velo a través del teclado para sumarse a la interminable lista de crueles narraciones sobre guerras.

Decidió darse de baja de la Fuerza Armada norteamericana, una vez que regresó a los Estados Unidos. Esos días en medio de las operaciones del ejército del país todopoderoso dejaron una huella indeleble en su humanidad, en su memoria y en su alma.

Sus relatos de lo vivido fueron espeluznantes. Quisiera borrarlo y no puede. Quiere regresar a la vida sin pesadillas, sin violencia, sin el psiquiatra que le cure un trauma que le quedó como rezago de la avanzada. Quiere deshacerse de dos años que le marcaron la vida.

Quiere limpiarse los restos de sustancias químicas que aún le corren por la sangre y por lo que le aconsejaron esperar un tiempo antes de buscar descendencia. Quiere cambiar su temperamento violento, le cuesta despojarse del entrenamiento al que se sometió para llegar a la longevidad, para soportar la soledad y la desolación. Quiere sobrevivir a su supervivencia y olvidar lo duro que fue mantenerse con vida.

Confiesa que su resistencia se alimentó de la esperanza de regresar y abrazar a la esposa y al hijo nacido en su ausencia. Me cuenta alguno que otro episodio de la guerra, todos espeluznantes, abrumadores e inolvidables para una memoria que quiere deslastrarse de esa experiencia ingrata. Me narra con dolor cómo tuvo que amarrar a su mochila a una soldado extenuada y consumida por el cansancio y arrastrarla a escondidas sin dejar huella para evitar ser descubiertos y aniquilados. Para luego descubrir que la militar estaba destrozada por los golpes recibidos mientras la remolcaba a lo largo del camino.

Habla de los disparos hechos ante cualquier ruido desconocido. No se detienen en averiguaciones. Se lanzan balas anónimas. Se sospecha de todo. Se mata. Se mata para seguir viviendo en convivencia con la muerte. Se mata sin ver el rostro, sin mirar a los ojos, sin conocer la edad, la historia, la tragedia de nadie. Se camina con la miseria y entre la miseria.

Muchos se desencantan. Ser soldado es maravilloso para el desfile. No para esto. No para la heroicidad de la desgracia, del drama y del abandono de la humanidad verdadera. Algunos se quedan, hay retribución metálica por los favores recibidos. Es la oración del trabajo, ¿del patriotismo? Los que se van pierden todo. Todo. Como si no hubieran estado allí, como si jamás hubiesen pisado aquél suelo ajeno lleno de sonidos de bombas, de destellos nocturnos. Como si jamás se hubiesen hecho paso entre cadáveres.

Regresan solos a la vida que dejaron, quizás a empezar una nueva supervivencia entre automóviles y anuncios con luces de neón. Lo futuro será mejor que aquello que se lucha por olvidar.

José regresó para ejercer de carpintero. Los golpes de su martillo revelan tristeza y rabia. Son el recuerdo de la vida en una juventud interrumpida. Son la memoria clavada en el madero de su vida.

El carpintero escogió la pobreza de la ciudad, la heroicidad de la jornada para abrazar la ternura de un bebé recién bañado, la sensualidad de un vientre hinchado, la enchilada calentita que prepara su mujer mientras el televisor reporta el número de soldados fallecidos en la guerra.

Respira pesado y piensa que ya no está allí, que dejó de ser soldado y héroe para convertirse en carpintero. Para recordar siempre que es el carpintero de Irak.

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