Opinión Internacional

El cielo no se tomó por asalto

En el último mes Lula, el presidente brasileño, ha empezado a sufrir el efecto de llegar al poder y tomar decisiones: un paro de la mitad de la administración pública que se le enfrenta por el cambio que quiere hacer en el sistema de pensiones y seguridad social, uno de tribunales por razones parecidas y la molestia de un sector empresarial por haberse puesto la cachucha del Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST) . La respuesta del gobierno ha sido el dialogo con firmeza: la transformación del sistema de pensiones va, la reforma tributaria también, aunque se pueden hacer algunos pequeños cambios. Con todo Lula sigue teniendo un alto índice de popularidad (43 por ciento) superior a algún presidente de su país con poco más de seis meses de gobierno.

¿Pero por qué el gobierno de Lula es tan importante para Venezuela, para Latinoamérica y para la izquierda de este lado del mundo?
Para Venezuela porque es justamente la contraposición: El Partido de los Trabajadores (PT) al que pertenece Lula es un partido de experiencia gubernamental en gobernaciones y alcaldías. El PT ha demostrado desde que llegó al poder su interés en un gobierno plural y sobre todo parece tener clara conciencia de que “una elección, no es una revolución” como dice el teólogo brasileño Frei Betto. Pero hay más: el PT brasileño carece de las pasiones militaristas que tanto daño le han hecho al gobierno de Chávez.

Para América Latina Lula es una renovación para las fuerzas y movimientos que se consideran de izquierda, es en buena medida la respuesta de esa izquierda orgánica -es decir de base, no tanto ideológica- que se viene abriendo distintos espacios de poder en el continente. Y aquí hay que destacar sobre todo a los grupos indígenas como la CONAIE en el Ecuador – y no tanto a Lucio Gutiérrez quién tiene un discurso más bien nacionalista-militar no necesariamente de izquierda-, a todos esos argentinos que le dieron su voto de confianza a Kirchner -que parece estar más hacia el centro pero que está prácticamente obligado a incorporar las reivindicaciones de la pluralidad que lo apoyó-. Pero también es la muestra de una izquierda dispuesta a tomar medidas poco agradables que merman su popularidad.

Pero Brasil es además el país más grande del continente, con un mercado inmenso y una economía que puede motorizar al resto de América Latina. Por eso el Brasil de Lula más que oponerse al Área de Libre Comercio de las Americas (ALCA) está tratando de construir una posición de fuerza para negociarlo que de más beneficios que problemas, de construcción más bien paulatina y consensuada que la pretendida “inevitabilidad” del discurso liberal. Y esa construcción pasa por fortalecer el MERCOSUR, ampliarlo y que la Comunidad Andina de Naciones sea más una realidad que puro papel.

Lula y su gobierno no lo tienen fácil, deben confrontar al Movimiento Sin Tierra que tradicionalmente ha sido uno de sus principales aliados y que ahora ha multiplicado las invasiones. También al sindicato de trabajadores públicos, e incluso a varios legisladores de su partido que no están a favor de algunas reformas. 460 mil desempleados generó la política económica los primeros seis meses que fue una política para un país en recesión. El publicitado Proyecto Hambre Cero ha sido poco más que un buen impacto mediático con escasos resultados y mucha movilización. Sin embargo el gobierno de Lula por sus características de pluralidad merecen que se les de más tiempo, al fin y al cabo como apuntó recientemente José Genoino, presidente del PT, “El movimiento social no puede querer hacer en seis meses lo que no se hizo en 60 años”.

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