Opinión Internacional

El despertar de la militancia

De repente, parece que el PT murió. Esa frase, sin embargo, contiene dos falacias: no fue de repente, y todavía no ha muerto. No muere de repente un partido con 25 años de lucha, sueños, combatividad y 800.000 militantes esparcidos por el país. Pero los militantes están perplejos, avergonzados, y eso puede llevar a la muerte del partido. Especialmente si no tuvieren una visión clara de que la crisis es la más profunda de lo que hacen ver las denuncias de un diputado. Ella tiene raíces en la historia del PT y en el comportamiento del gobierno. No fue importada, fue creada por nosotros. Las denuncias tan sólo captaron el florecer de una crisis que ya existía.

El PT nació contestatario. Se oponía al régimen, al sistema, a los modelos, pero no tenía una bandera nítida para el futuro. Era una agrupación de movimientos sociales, sindicatos, grupos de izquierda, descontentos e inconformes con la dictadura, con el capitalismo y con las utopías socialistas tradicionales. Ya no proponía el socialismo ni aceptaba el capitalismo. No era exportador de una nueva utopía.

Creció dividido. Por falta de una bandera aglutinadora y, para sobrevivir, el PT se dividió en tendencias. Las unían la postura ética y la figura de Lula, pero no había proyecto común. Dividido en grupos, no conoció la unificación.

Se fortaleció a través de la reivindicación. Los discursos de sus diversas tendencias generaban reivindicaciones que no componían un programa. Al contrario de partidos organizados en torno a un proyecto de sociedad, el PT se fortaleció como paraguas de reivindicaciones corporativas que, sumadas, no podían ser atendidas en el poder. Era un paraguas que, en el gobierno resultaría insuficiente para cumplir todas las promesas.

Desarrolló una visión a partir del centro. Nacido en el ABC, liderado por sindicatos, con visión reivindicatoria, el PT no fue capaz de ver a Brasil en toda su complejidad. Vio el futuro como una continuación del viejo modelo nacional concentrador, que exigía apenas una mejor distribución del lucro y del salario para los que tuviesen empleo.

Mostró un mismo lado del mismo eje, entre capital y trabajo, sin incluir a los excluidos ni inventar un futuro diferente. Ve a Brasil como un conjunto de Estados-satélites de São Paulo.

Venció por la crisis. El PT y Lula representaban la última esperanza, después de más de cien años de República liderada por una minoría privilegiada, que construyó una sociedad dividida y doliente, y no una nación. La elección de Lula como Presidente no fue la victoria de la mejor propuesta para el país, fue más bien el fracaso de los demás partidos y líderes.

Maduró acomodado. Con un origen corporativo, un sesgo regionalista y una visión más economicista que social, el gobierno del PT dejó de ejecutar programas transformadores de la sociedad brasilera. No definió su legado. Se igualó, desde el punto de vista de las propuestas, a las fuerzas que antes combatía.

Se perdió en la arrogancia. Sin legado propio, sin bandera aglutinadora, aprisionado por un grupo regional de São Paulo, el gobierno del PT se perdió en la práctica política arrogante, aislada. El núcleo central del poder se juzgó por encima de cualquier sospecha y, por lo tanto, libre para despreciar el diálogo y para relajarse en el cumplimiento de la ética. Se cerró en un grupo restringido, desperdició energía en disputas dentro de un solo estado, sin perspectiva nacional.

Se casó por conveniencia. Por falta de un plan que apuntase hacia un Brasil diferente, se alió a intereses que garantizaran la reelección. Fue víctima de la reelección. Desde el primer día, como Presidente, Lula fue obligado a ser candidato. Por eso hizo alianzas arriesgadas y fue tratado por la oposición como un candidato más, no como el funcionario, jefe de Estado, representante de todos los brasileros.

Envejeció en la incoherencia. Sin rendirse ante las críticas, se negó a reconocer sus fragilidades. Prefirió justificar sus fallas afirmando que los demás partidos hacían lo mismo en el pasado. Se niveló por debajo, desde el punto de vista ético, y perdió la razón de existir. Trató de rebatir, en vez de absorber, las críticas de los adversarios y las sugestiones de aliados.

Pero no murió. Además de su dirección hay una militancia descontenta, pero todavía coherente, comprometida, que confía en la posibilidad de un nuevo rumbo. Por eso, el PT tiene que admitir que la crisis es suya y de su gobierno, de su historia, de su práctica en el poder. No puede culpar a la oposición. Le hace falta liberar la esperanza del grupo cerrado que lo controla, descubrir el Brasil vasto y real, vicecampeón de la exclusión, y la necesidad de reorientarse futuro, completar la abolición y la República.

Si lo hiciere, tendrá la oportunidad de definir propósitos claros y transformadores, trazar reglas rígidas de comportamiento ético, especialmente para sus militantes, especialmente para quienes desempañan cargos en el gobierno. Pero eso no es una tarea sólo para sus actuales dirigentes. Sólo un despertar de la militancia impedirá la muerte anunciada del PT, que garantice la formulación den un proyecto común de cambio para Brasil y el rescate de sus sueños, de su combatividad y de su comportamiento ético.

(*): Cristovam Buarque, 61, doctor en economía y senador por el PT. Fue ministro de Educación (2003-2004), gobernador del Distrito Federal por el PT(1995-98) y rector de la Universidad de Brasilia (1985-1989).

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