Opinión Internacional

El disidente Livingstone, un «grano» en Londres para el neolaborismo

Los ingleses se fueron anoche a la cama tras depositar su voto en las elecciones locales, sabiendo que hasta la hora del desayuno no conocerían quiénes son los vencedores y quiénes los derrotados. El increíble sistema de recuento inglés tarda horas en aquello en que el resto de Europa emplea minutos. Ni siquiera Londres pudo saber a una hora decente quién será su alcalde.

Ken Livingstone, candidato independiente, a quien todos los sondeos daban anoche vencedor como alcalde de Londres, saluda tras depositar su voto. Epa
Dando por supuesto que el independiente Ken Livingstone vencerá en la capital (una encuesta de la BBC le daba como favorito con el 46 por ciento de los votos) y que el partido conservador se recuperará algo de su desastre de hace cuatro años (es posible que recuperen casi 500 concejales de un total de más de 6000), todo lo demás, el análisis detallado de la jornada, quedará para el día de hoy. Está bien, porque eso permite narrar la peripecia del voto.

Votar en este país es un viaje en el tiempo. Por lo general, los centros electorales están situados en colegios, por ejemplo el de Esendine Road, entre los barrios de Kilburn (proletario) y Maida Vale (burgués). El edificio es una escuela victoriana «de libro», con entradas diferentes para alumnos, alumnas, niños y profesores. Gris y siniestra como ella sola.

El votante se acerca con una tarjeta electoral que le ha sido enviada a casa, la enseña en la mesa (dos personas, no hay representantes de los partidos) y sin más acreditación personal recibe dos papeletas de votación de tamaño folio. Una es para la elección directa del alcalde, la otra servirá para designar parte de la Asamblea de Londres, en la que también están representados los distritos de la ciudad, hasta ahora autónomos, y que seguirán gozando de amplios poderes.

RECUENTO A MANO

Las cabinas electorales no son tales, sino una especie de tarima corrida con divisiones de cartón donde cualquiera puede curiosear a su antojo lo que vota el vecino. Las casillas elegidas se marcan ¡con lápiz!, después de lo cual el votante introduce los folios en una urna de cartón que nadie vigila. El sistema de recuento muestra niveles tecnológicos similares y se lleva a cabo, en la práctica, trazando palotes al lado de cada nombre y luego sumando a mano. En vez de ofrecer un recuento global, cada circunscripción hace públicos sus resultados y por ello no debe extrañar que los primeros datos se conozcan a eso de las dos de la madrugada. El recuento provisional total no será público antes de las ocho de la mañana. Dicen que en Greenwich se va a utilizar un sistema informatizado, pero hasta que haya funcionado todo escepticismo es poco.

PROBLEMAS PARA LOS LABORISTAS

Aunque antes de conocer los datos definitivos no se puede más que especular, las encuestas previas anuncian que hoy será un día más bien nefasto para Tony Blair. Ken Livingstone, en la Alcaldía, puede causarle serios dolores de cabeza y es posible que sus pérdidas en el resto de las corporaciones locales sean mayores de lo previsto. Todo esto tiene una gran importancia, pero aún no puede ser analizado con certeza.

Lo que sí puede afirmarse ya es que la mayor ciudad de Europa ha vivido una campaña electoral muy peculiar, en la cual el candidato independiente ha sido en todo momento el claro favorito. Es posible que este hecho sea peculiar o privativo de Londres, pero también puede que responda a síntomas más extendidos.

La candidatura independiente de Ken Livingstone demuestra que la lucha política puede establecerse al margen y hasta en contra de los partidos tradicionales. Hasta qué punto este ejemplo delata una profundización en la crisis del sistema de partidos o se trata sólo un gesto provisional de advertencia, es algo que está por ver.

COMBATIR LA DISIDENCIA

El neolaborismo instaurado por el premier Tony Blair ha centralizado todo el poder en el Gobierno. Ni en el Parlamento ni en los partidos (el conservador William Hague actúa de forma similar) se permite la menor disidencia. O por mejor decir, que ninguna propuesta disidente llegue a convertirse en realidad. A los electores suele gustarles el control y a menudo lo premian en las elecciones, pero tienden a rechazar su exceso.

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