Opinión Internacional

El ejemplo de Chile

«¡Viva Chile, mierda!», grita el presidente Piñera, en medio de un grupo de rescatistas que se preparan para cantar orgullosos su himno nacional, pues Luis Úrzua es el último minero rescatado en la cápsula Fénix 2 a las 21:55, casi 22 horas después de haber sido recatado el primer obrero, Florencio Ávalos.

Las bocinas de los autobuses, los gritos y cornetas de la gente toman las calles, campanas de iglesias y el himno chileno resuenan en Copiapó y en Santiago, en todo Chile. Una pesadilla que duró 2 meses se ha terminado, Chile es testigo de un operativo sin fallas, de 33 mineros que salen con vida y de rescatistas que valientemente descendieron a ejecutar la operación planeada por el gobierno chileno.

El 5 de agosto se derrumbó una pared en la mina propiedad de la empresa San Esteban, dejando a los 33 mineros atrapados en el fondo del yacimiento San José. Desde ese momento quedó claro que la negligencia de la empresa que operaba la mina había sido la responsable de aquel trágico acontecimiento. Desde entonces, la solidaridad del pueblo chileno y el compromiso total de su gobierno fueron claros, el objetivo sólo uno: mantenerlos con vida y enviarles, a través de estrechos ductos, alimentos, medicinas, ropa y cartas de sus familiares.

El objetivo fue sólo uno, pero era complejo. No se podían permitir errores que provocaran un derrumbe que acabara con el espacio de seguridad en el cual permanecían los mineros resguardados. Piñera permaneció atento a cada paso que se realizó en la operación, fue parte del plan de operación y supervisó minuto a minuto los movimientos del grupo de rescatistas.

Muchas personas dirán que era su obligación y era lo mínimo que podía hacer como presidente. Sin embargo, como mexicanos nos remitimos al 19 de febrero de 2006 en San Juan Sabinas, Coahuila, donde la operación no sólo fue un fracaso, sino que no se recató a ninguno de los 65 mineros atrapados aquella ocasión. El presidente nunca llegó, y cuatro años después 63 cadáveres permanecen bajo tierra.

Las comparaciones suelen ser odiosas y a veces no tienen sentido, pero en esta ocasión creo que es importante hacerlas. Muchos dirán que no es lo mismo la mina de carbón que la mina de cobre, y están en lo cierto, sin embargo ese no es el fondo del problema.

En mi opinión, el problema radica en el enfoque de la situación misma. En Chile el objetivo fue uno: rescatar con vida a los mineros, dicho objetivo era claro para todos y se estableció la estrategia para poder llevarlo a cabo, el gobierno supervisó y apoyó con todos los medios posibles.

En Pasta de Conchos se partió del principio claro: los mineros están muertos, no hay nada que hacer. La voluntad y disposición del gobierno fue también simple: no emprender el rescate.

En ambos casos la negligencia y codicia de las empresas que administran dichas minas fueron factor determinante para ambos acontecimientos. La diferencia radica en la reacción de sus gobiernos, un gobierno unificado y preocupado por la situación de las personas atrapadas, cuyas vidas se encontraban en riesgo, y otro que vio el riesgo en el rescate mismo.

Por ello y lejos de las geometrías políticas, no se trata de un asunto de ideología política, Piñera y Fox son considerados de “derecha”. El fondo del tema en un gobierno y su gobernante es su facultad y capacidad para gobernar, para tomar decisiones difíciles en momentos de crisis para su gente, para el país en general.

La trascendencia de ambos hechos es irrefutable, mientras el caso chileno es considerado un caso de éxito, el caso mexicano permanece como una de las grandes tragedias de los últimos años, donde los familiares de las víctimas no han encontrado justicia.

Del caso de Chile, en México (gobierno y sociedad) deberíamos sacar muchas conclusiones, esperando que un día podamos estar facultados para coordinar un plan de acción exitoso que evite un crimen colectivo, como el que ocurrió aquel 2006.

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