Opinión Internacional

El fin de la post-Guerra Fría

(%=Image(3902005,»R»)%)Durante la Guerra Fría no hubo un solo disparo en suelo norteamericano; sin embargo, la Crisis de los Misiles amenazó con borrarnos de la faz de la tierra, y las guerras de Corea y Vietnam dejaron saldos trágicos difíciles de olvidar. La violencia y el sufrimiento quedo gráficamente plasmado en la fotografía de la niña vietnamita Kim Phuc (1972) corriendo desnuda victima de napalm por una orden del ejercito norteamericano de atacar un poblado campesino supuestamente infiltrado por “fuerzas enemigas.”

No obstante, los países satélites capitalistas y socialistas, y supuestos no alienados, asumieron su papel de patio trasero a cambio de una estabilidad económica que garantizaba una paz relativa. Con la caída del muro de Berlín (1989) y el desmembramiento de la Unión Soviética (1991), comenzó el paso desenfrenado y frenético de la globalización corporativa post-moderna. Este periodo tuvo dos momentos: el “apoteósico”, que asumía la victoria del capitalismo sobre el comunismo como el fin de la historia; y el “realista”, que puso de manifiesto las contradicciones de un mundo complejo que buscaba la reivindicación de los desposeídos y oprimidos tras una larga historia imperialista y totalitaria que tuvo como escenarios la crisis de los Balcanes y posterior guerra de Kosovo, el conflicto en el Medio Oriente entre Palestina e Israel, la Guerra del Golfo y la disputa territorial entre Irak y Kuwait, los procesos sangrientos en Indonesia, Timor Oriental, Somalia y Ruanda, el racismo perturbador e inmoral de Sudáfrica, y el aumento de la pobreza y corrupción en América Latina. Como vestigio de la post-Guerra Fría, un barco de refugiados Afganos juega actualmente “la candelita” con Australia y Noruega porque nadie quiere a esa “chusma.”

En este contexto, quienes no pueden enfrentar abiertamente al enemigo en el campo de batalla asumen el terrorismo como una “expresión legitima de combate”. No obstante, este no es el único fenómeno que irrumpe con vehemencia en el escenario internacional de la post-Guerra Fría. La pobreza, el narcotráfico, las crisis financieras, los conflictos étnicos, el nacionalismo, y sin lugar a dudas la arrogancia del presidente Bush y su cruzada hegemónica como único paradigma mundial en detrimento de la democratización del sistema internacional, manifestado recientemente con el rechazo al Protocolo de Kyoto y a la declaración de Durban contra el racismo, han contribuido a la saturación del proceso global actual. Precisamente, este fue el tema de discusión del panel Venezolano sobre los desafíos de la democracia en el nuevo contexto global que se realizo el pasado 8 de septiembre en el Congreso de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA 2001) en Washington DC. El profesor Vladimir Aguilar Castro de la Universidad de los Andes sugirió que así como históricamente las guerras han servido de respuesta a situaciones similares de saturación, una confrontación bélica de características desconocidas podría surgir inminentemente. En menos de 72 horas, el demonio de la guerra se apodero de la opinión publica norteamericana tras los horrendos y abominables acontecimientos que aun estremecen al mundo occidental. Los análisis y declaraciones de políticos y expertos norteamericanos claman por una retaliación contundente y la declaración abierta de guerra total; inclusive, algunos se han atrevido a exigir la erradicación mundial del Islam. El corresponsal de CNN Tim O’Brien sugirió que las libertades civiles podrían ser sacrificadas para dar paso a medidas necesarias y quizás repugnantes para la opinión publica. Sin embargo, el terrorismo no tiene cara ni cuartel; su ejercito se confunde entre la gente común; sus redes han penetrado suelo norteamericano; funcionan con una estructura compleja de células independientes que no dependen necesariamente de un solo líder; y sus métodos de guerra, cultura y religión contrastan radicalmente con los valores cristianos de occidente. Cuando le fue preguntado una vez sobre su seguridad, John F. Kennedy dijo que “si alguien esta dispuesto a dar su propia vida, es casi imposible protegerse.”

(%=Image(7289051,»C»)%)La política internacional dará un vuelco trascendental tras lo ocurrido el 11-S en Nueva York y Washington DC. En un escenario de guerra total “contra el terrorismo y quienes lo albergan” valdría la pena reformular nuestros análisis y puntos de vista. Tras la reciente clasificación oficial del ejercito colombiano de autodefensas como grupo terrorista por EEUU, podríamos suponer una eventual ruptura en las relaciones bilaterales con Colombia por la demostrada protección oficial a los paramilitares; o por el contrario, asumir que ya el terreno esta servido para una intervención armada en la región andina. En otros escenarios podríamos especular sobre la consolidación de Israel sobre los territorios de Palestina con el apoyo abierto de EEUU, el bombardeo inminente de Afganistán con la anuencia de Rusia y China, la detención de aquellos Irlandeses-norteamericanos que apoyan los actos terroristas del IRA, y la expulsión sistemática de extranjeros con descendencia árabe que introduciría un nuevo elemento a la existente conflictividad social en el mundo occidental. En lo que respecta a Venezuela, el gobierno nacional deberá analizar su papel como país productor de petróleo tras un cambio inminente en la política energética de occidente frente a la OPEP.

Estamos en el preludio de una nueva era político-militar; un nuevo escenario internacional donde EEUU se fortalecerá como potencia unipolar con un aumento desproporcionado de su aparato militar y de inteligencia, que casualmente impulsara una economía que venia experimentando un leve pero constante descenso. Seguramente comenzara un periodo de definición política forzada a través de un sistema de clasificación unilateral, como ya ocurre con el narcotráfico, para determinar que país lucha efectivamente contra el terrorismo internacional y castigar a quien le dé albergue. En este contexto, los derechos humanos, la soberanía, el ambiente, y la lucha contra el racismo y la pobreza pasaran a una segunda categoría en beneficio de la agenda de seguridad norteamericana, profundizando aun mas las contradicciones Norte-Sur.

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