Opinión Internacional

¿El fin de la socialdemocracia alemana?

Cuando se dieron a conocer los resultados de las elecciones federales que tuvieron lugar el 27 de Septiembre del 2009, la frase más leída y escuchada fue: “debacle del SPD”.

La palabra debacle de acuerdo a la real Academia de la Lengua Española tiene como sinónimos las palabras “hecatombe, cataclismo, desastre, catástrofe”. De modo que la recepción general que se tuvo del fracaso electoral del SPD no fue la de una simple derrota. Se trata efectivamente de la debacle de un gran partido: una de tales proporciones que si no significa su fin, significa por lo menos el comienzo de un nuevo capítulo de su larga historia. En cualquier caso, la mayoría de los pronósticos post-electorales están de acuerdo en un punto: la socialdemocracia alemana no volverá a ser lo que fue. Los resultados electorales certifican claramente dicha impresión.

El SPD obtuvo el 23 % del favoritismo electoral, 11,2% menos que en las elecciones del 2005.

La debacle electoral del SPD se combina, además, con otras marcas históricas de relativa importancia. Una de ellas fue el notable crecimiento de los partidos llamados “pequeños”. Los liberales (FDP) con un 14,6 % obtuvieron las ganancias más grandes (4,7 % por sobre las últimas elecciones federales), tanto más grandes si se considera que de todos los partidos fue el menos beneficiado por la debacle de los socialistas. Su repunte tampoco tuvo que ver mucho con la disminución electoral de los demócratas y socialcristianos (CDU/ CSU) quienes con un 33,8 descendieron apenas un 0,5% con respecto al 2005.

Directos beneficiados de la debacle del SPD fueron La Izquierda (Die Linke) y los Verdes. Sobre todo La Izquierda que con un excelente 13,4 subió un 3,2% con relación al 2005. Los Verdes, que si bien subieron un 2,6 % con el 10, 7 % del total, dejaron de ser la tercera fuerza política de la nación para convertirse en la quinta (y última).

1. Política y /o gobernabilidad

Más allá de la debacle -o gracias a la debacle- del SPD, hay otros cambios muy importantes en la política alemana. Por de pronto, el FDP ha dejado de ser un partido “parásito” (un partido que vive de las derrotas de otros) para convertirse en una fuerza electoral autónoma. Junto a eso, han desaparecido los partidos “pequeños”. Hoy todos los partidos alemanes son “medianos”. Las consecuencias de este cambio son muy decisivas.

Al no existir uno o dos partidos hegemónicos, la política alemana está condenada a ser una política de coaliciones. Ello supone dos alternativas: una, el aparecimiento de una práctica “caleidoscópica” de acuerdo a la cual todas las combinaciones de colores pueden ser posibles. La segunda es la formación de una política de bloques de acuerdo a la cual el bi-partidismo daría lugar a una suerte de bi-frentismo: a un lado CDU/CSU más FDP; y al otro lado SPD, más La Izquierda y los Verdes. Lo más probable es que una como otra combinación tendrán lugar cada cierto tiempo: a nivel regional una política más bien “caleidoscópica” y a nivel federal (los alemanes casi no usan la palabra nacional) una política más bien “frentista”.

De más está decir que la práctica “caleidoscópica” es la más nociva para la política pues en una coalición entre “enemigos” las discusiones, la polémica, el antagonismo, en fin, la identidad y el perfil particular de cada partido, son reducidos al máximo a favor de la supuesta efectividad de la coalición gobernante. El SPD fue, sin duda, la víctima fatal de esa práctica.

Pero no sólo el SPD, además, en términos generales, la propia política alemana fue víctima de esa combinación roja-negro que sacrificó el juego político en aras de la pura gobernabilidad.

Si dos “enemigos” gobiernan unidos la pregunta elemental que se hace cada ciudadano es: ¿qué sentido tiene votar? O peor todavía: ¿para qué votar si con el voto se beneficia otro que no es aquel por quien yo he votado? Esa impresión muy real, relativa a que “nadie sabe donde va a parar el voto de cada uno” lleva, tarde a temprano, al más grande de los desencantos políticos, desencanto que no deja de traducirse en altos porcentajes de abstención. Y así sucedió.

El segundo gran perdedor después del SPD fue la propia política alemana. Si el SPD alcanzó su nivel de votación más bajo, la abstención alcanzó su nivel más alto en toda la historia política de la república. Y, evidentemente, ambos resultados negativos se encuentran entrelazados. No, como creen algunos socialdemócratas todavía optimistas, porque los votos perdidos se encuentren dentro de la masa abstencionista. Pero sí, porque el “partido abstencionista” ya no está formado sólo por ciudadanos negligentes sino, y cada vez de un modo más creciente, por un abstencionismo militante que se opone a la política existente y real.

El abstencionismo no es evidentemente la “causa” de la debacle de la socialdemocracia. Pero tampoco se puede negar que afectó más a los socialdemócratas que a los conservadores. La razón es simple: mientras los últimos, desde los tiempos de Helmuth Kohl han practicado una suerte de política más bien administrativa, los primeros se vieron obligados a hacer lo mismo, echando por la borda las demandas sociales de las cuales los socialdemócratas han sido, por tradición histórica, sus más legítimos portadores. O lo que es igual: mientras Angela Merkel hizo la política para la cual fue elegida, los socialdemócratas hicieron la política de Angela Merkel.

Angela Merkel está lejos de ser una líder carismática pero nadie desconoce sus grandes méritos administrativos. Es, en cierto modo, la versión femenina de Helmuth Kohl. Aburrida hasta el exceso pero fría y calculadora en materias administrativas, es aún más eficiente que Kohl. O en otras palabras: no es una gran política pero sí es una excelente gobernante. Y aunque en Alemania la política tiende a ser confundida con la gobernabilidad, la gobernabilidad es quizás, de todas las actividades políticas, la menos política de todas.

La política es conflicto, la gobernabilidad es compromiso. La política es lucha de contrarios, la gobernabilidad busca el consenso. La política tiende al desorden, la gobernabilidad al orden. La política va mucho más allá de la economía, la gobernabilidad es antes que nada, política económica. Gobernabilidad en fin, implica la subordinación de la política al dictado de la burocracia y de la economía. Es por esa razón que mientras la política, que como dice Hillary Clinton es una actividad “vibrante”, la gobernabilidad es esencialmente aburrida. Con mucha razón escribía Max Weber en “Política como Profesión” que la política para realizarse necesita de cierta dramaturgia y que no hay peligro más grande para la política que la burocratización. Eso sucede, sobre todo, cuando el saber especializado de los economistas sustituye a la gramática política.

En los días previos a las elecciones, si uno encendía el televisor para ver alguna discusión política, lo único que era posible escuchar eran números, números y cada vez más números. De ahí que no puede extrañar que en ese ambiente economizado -en parte también por la aguda crisis financiera mundial- quienes tenían todas las de ganar eran los liberales: el partido de los números.

Bajo la conducción de Guido Westerwelle el FDP se ha transformado en una suerte de “partido económico”. Es el “partido del capital” dicen los de La Izquierda. Y no están tan equivocados. EL FDP ha llegado a ser algo así como la sucursal política del sistema bancario alemán. Ya lejanos están los días cuando bajo la batuta teórica de un Ralf Dahrendorf brillaban políticos como Walter Scheel, Gerhart Baum, el mismo Hans- Dietrich Genscher y esa gran dama de la política que es todavía Hildegard Hamm- Brücher. La gente alrededor de Westerwelle, en cambio, ha abandonado las fuentes del liberalismo político en aras de un liberalismo puramente económico. Y con una sola consigna, la de disminución de impuestos – en un país en donde lo único que falta es que hasta por caminar deban pagarse impuestos- el FDP se ha transformado no sólo en la tercera fuerza política sino, además, en un partido de gobierno, desplazando a los disminuidos socialdemócratas hacia las tristes calles de la oposición.

2. Entre el personalismo y el sociologismo

Como ocurre después de toda debacle, hoy tienen lugar al interior del SPD fuertes luchas personales. Y si uno revisa opiniones, la mayor parte de las críticas a la política del SPD son hechas en contra de quienes conducían al partido durante el periodo de la coalición, sobre todo en contra del Presidente del partido Franz Müntefering y del Ministro del Exterior Frank Walter Steinmeier. El primero, un hombre de ley y orden, no es más que un soldado político, y el mismo así se ha definido. Tuvo que asumir funciones de dirección partidaria, pero no representa ni una política determinada y no tiene ni carisma ni perfiles muy propios. Steinmeier, a su vez, es un excelente y leal funcionario estatal y un eximio experto en asuntos internacionales que pasó largo tiempo trabajando bajo la sombra del otrora brillante Joschka Fischer. Pero para ser un candidato a canciller tiene mucho que aprender, sobre todo si se trata de realizar una campaña en contra de un gobierno del cual el mismo forma parte. No es, en todo caso, ni nunca lo será, un líder de masas. Con cierta razón un deslenguado cabaretista (socialdemócrata) dijo una vez que para hacer dormir a su hijo ponía un disco con la voz de Steinmaier. En breve: desde un comienzo Steinmeier estaba destinado al fracaso y probablemente el mismo lo sabía. Lo que no supo augurar fue las dimensiones descomunales que iba a alcanzar ese fracaso.

Hay un notable déficit de “capital humano” en la política alemana. Pero ese déficit afecta con mucha más fuerza a la socialdemocracia que a otras tiendas. Quizás se debe al hecho de que al escuchar a sus actuales representantes es imposible no realizar comparaciones con quienes fueron líderes socialistas del pasado reciente. No se trata de que todo tiempo pasado fue mejor, pero reina una gran nostalgia en el SPD cuando sus militantes recuerdan la oratoria agresiva de un Herbert Wehner, la clarividencia de un Willy Brandt, la frialdad retórica de un Helmuth Schmidt, la inteligencia internacionalista de un Egon Bahr, o la hábil diplomacia de un Hans- Jürgen Wischnewski e incluso, ese populismo irresponsable y algo “latino” del que cada cierto tiempo hacía gala Gerhard Schröder. Por cierto, sería una injusticia afirmar que la “causa” de la debacle se encuentra en la baja calidad política de los actuales dirigentes. Ellos en cierto modo son exponentes del momento político que vive el SPD. Cada momento “elige” a sus actores, y no al revés.

Paralelamente a la tendencia que busca encontrar las causas de la debacle en determinadas personas, como si la política del SPD hubiese sido la más correcta del mundo pero con gente falsa, ha comenzado a cobrar vigencia la tendencia contraria a la que llamaré sociologista. Esa tendencia está representada por académicos socialdemócratas y tiene su origen intelectual en las ya antiguas tesis post-modernas formuladas por André Gorz y más recientemente por Anthony Giddens y Ulrich Beck.

De acuerdo a dichos autores vivimos una época post-política. Las razones que explican la entrada a ese nuevo periodo tienen que ver con modificaciones experimentadas en la esfera de la producción, las que se expresan en la desaparición de “la sociedad industrial” o de “la sociedad del trabajo”. La fábrica ha dejado de ser -de acuerdo a dichas teorías- el centro de la producción social, apareciendo un nuevo tipo de trabajador no comparable con “el proletariado” de la sociedad industrial, trabajador que encuentra sus nichos en el sector terciario, en la producción digital y en el trabajo llamado “informal”. Luego, afirman los mencionados autores, los sindicatos obreros han perdido un enorme peso social y con ello sus partidos representativos: socialistas, laboristas y socialdemócratas. Dichas “mutaciones” (Touraine) explicarían la crisis de las socialdemocracias a nivel europeo y, por supuesto, alemán.

No negando que efectivamente han tenido lugar radicales transformaciones en el espacio de la producción industrial, ellas no explican porque los partidos socialdemócratas o sus equivalentes no han sido capaces de adecuarse al nuevo orden socioeconómico como ya ocurrió en el pasado. Los trabajadores del periodo de Willy Brandt tampoco eran los mismos que los del periodo de Ferdinand Lasalle, para poner un ejemplo, y sin embargo la socialdemocracia alemana supo perfectamente adecuarse a las nuevas condiciones del tiempo histórico. Tampoco es tan cierto que los trabajadores de la antigua “sociedad industrial” han desaparecido. Las movilizaciones de los trabajadores de OPEL, entre muchas otras, prueban exactamente lo contrario

Que la sociedad moderna no es la misma que la del periodo del industrialismo clásico, es obvio. Pero eso no significa que hemos entrado al paraíso terrenal. La llamada sociedad post- industrial no sólo no ha solucionado muchas de las contradicciones de la sociedad industrial sino, además, ha aportado otras: el tema de las migraciones, el de los trabajadores extranjeros, el de la superexplotación femenina, el de la nueva “desocupación estructural”, el de la creciente proliferación de las llamadas enfermedades psíquicas, el de la discriminación social y económica de los jubilados, y muchos otros más, son problemas candentes de nuestros días. Y ninguno de esos temas ha sido tomado con cierta seriedad por la socialdemocracia alemana. Por el contrario, han sido tabuizados con el objetivo de no alterar la paz de la coalición y la normalidad del periodo electoral. Ni hablar de temas internacionales. Muy pocas menciones sobre Afganistán, nada sobre Irak, nada de la escalada antidemocrática, militarista y populista que hoy asalta a Latinoamérica; las palabras Israel o Palestina ya no pueden pronunciarse; los crímenes que ocurren en la órbita rusa no deben mencionarse, y África no existe. Todas esas omisiones, en fin, no son culpa de la llegada de la sociedad post-industrial. Son sí el producto de la política de un partido que, por servir los intereses de una coalición de gobierno, ha dejado de ser lo que una vez fue. Bajo la égida Müntefering- Steinmaier la SPD perdió la voz y con ello se transformó en un partido sin voz ni voto. Así se explica que quienes más profitaron del enmudecimiento político del SPD fueron, en pequeña escala, Los Verdes, y en gran escala, La Izquierda.

3. Rojo púrpura, rojo rosado y verde limón

Los Verdes aumentaron su votación tradicional gracias a la debacle del SPD y no por méritos propios. Por el contrario, del espectro político alemán es el partido menos renovado, tanto en lo que se refiere a su personal como a sus ideas. En condiciones normales (sin debacle del SPD) su votación no pasaría del 6 o 7 % del total.

De ese Partido Verde que una vez fue expresión parlamentaria de profundos movimientos sociales como el pacifista, el feminista y el ambientalista, queda hoy muy poco. Sus dirigentes visten y hablan como en los años ochenta, mas no pueden simular su triste orfandad política. En cierto modo viven de las rentas del pasado. Han perdido, sí, grandes chances políticas. Después de la caída del muro podrían haberse perfilado como el partido de la renovación democrática de la nación. De la misma manera, podrían haber ocupado el terreno de las reivindicaciones liberales, abandonado por el economicista FDP. Pero su dirección, altamente burocratizada, ha sido presa de una extraña fijación electoralista con el SPD. Tímidamente, en comunas y localidades, algunos verdes se atreven a mostrar cierta independencia realizando acuerdos puntuales con otros partidos pero a nivel federal aparecen como una especie de seccional ecologista del SPD.

Después del FDP, el gran otro gran vencedor de la elección fue La Izquierda. Y lo ha sido hasta el punto que su crecimiento permite sustentar la tesis de que la debacle del SPD no ha sido una debacle de la izquierda alemana. Efectivamente, si sumamos los porcentajes electorales del SPD y los de La Izquierda, tenemos que ambos alcanzan un respetable 36, 4 %, es decir, el porcentaje normal que obtenía el SPD cuando no existía La Izquierda, y en cualquier caso, más de lo que obtuvo la CDU/CSU. Eso significa, en pocas palabras, que la contradicción que antes anidaba al interior del SPD entre una fracción de centro y otra de izquierda es la misma que existe ahora, pero con la diferencia de que no se da en el interior, sino en el exterior del partido y expresada en otro partido situado a su izquierda.

Ahora, si a los dos partidos “rojos” sumamos la votación verde se afirman las posibilidades teóricas para que se forme alguna vez de nuevo lo que Willy Brandt llamaba “una mayoría de izquierda más allá de la CDU/CSU”. Esto quiere decir que, independientemente de los profundos cambios que han tenido lugar en los partidos, las tendencias “clásicas” que caracterizan a la constelación política alemana se mantienen casi inalteradas. En fin: están dadas las posibilidades para que se forme una fuerte “coalición de izquierda” (para ponerle un nombre). Entre el SPD (o sus restos) y los Verdes no hay ningún problema. El problema es La Izquierda.

La Izquierda es un partido altamente contradictorio. En cierta medida es el heredero de la dictadura comunista de la RDA y sus más grandes capitales políticos se encuentran todavía en el Este alemán. Entre sus militantes hay no pocos que actuaron como esbirros y “soplones” de la dictadura comunista, verdaderos talibanes ideológicos cuya formación estalinista es más que ostensible. Mas, por otra parte, La Izquierda se ha convertido en un punto de atracción magnética para esos ejércitos de descontentos sociales que no han podido o sabido interpretar los socialdemócratas. A ello hay que agregar que en el último tiempo se han integrado a tareas de dirección política jóvenes liberados del pasado estalinista.

Por último, no hay que olvidar que la política tiene un carácter antropomórfico. Y frente a los demás partidos, La Izquierda posee la ventaja de tener al dirigente político más hábil de la nación: el ex socialdemócrata Oskar Lafontaine.

Lafontaine -por algo le dicen el Napoleón del Saarland- gobierna de modo bonapartista entre las diversas fracciones del partido, habiendo desplazado del primer puesto a ese simpático “entertainer” político que es Gregor Gissy. Es, Lafontaine, sin duda, uno de los políticos más talentosos de la república. Como pocos reúne en sí todas las virtudes y defectos del político profesional: excelente orador, difícil polemista y hábil mediador, y si llega el momento, demagogo y populista como nadie. Frío y calculador, sabe esperar el momento preciso para pronunciar sus frases fulminantes, casi siempre en contra del SPD. Narcisista, ególatra y sediento de poder, se ha trazado un objetivo existencial: unir al SPD con La Izquierda bajo la hegemonía de La Izquierda, es decir, de Lafontaine. Y para cumplir ese objetivo se encuentra por el momento muy bien posicionado.

Después de la debacle del SPD la “fuga de cerebros” hacia La Izquierda continuará en ascenso. Por si fuera poco, a través de múltiples relaciones Lafontaine mueve diversos hilos al interior del propio SPD. En fin, si esa tendencia continúa, puede llegar el momento en que el SPD se encuentre sometido, quiera o no, a la hegemonía de La Izquierda. ¿Significará ese hecho el fin de la socialdemocracia alemana? Quizás no. Quizás sólo se trata de “un nuevo comienzo”. Me explico:

Para llevar a cabo su “marcha a través de las instituciones” La Izquierda necesita realizar múltiples compromisos, no sólo con el SPD sino, además, con Los Verdes. Ello supone, se quiera o no, que La Izquierda deberá abandonar algunas de sus banderas más radicales y en ciertas medida aceptar un proceso de “socialdemocratización” del partido. Lo dicho no es una profecía: ese proceso ya está teniendo lugar. De tal modo que el fin de la socialdemocracia puede significar -y esa es la gran paradoja- el aparecimiento de otra socialdemocracia.

Pero más allá de las diversas convergencias y diferencias que tienen lugar en la llamada izquierda lo cierto por el momento es que ella deberá enfrentar unida a la nueva combinación de gobierno. Es decir, de una manera u otra deberá formarse una nueva combinación de colores políticos inédita en la historia alemana. Expresada en términos gráficos esa combinación es: rojo púrpura + rojo rosado + verde limón.

Desde el punto de vista estético me parece que se trata de una combinación horrible. Pero desde el punto de vista político es más que factible. Y la política, definitivamente, no tiene mucho que ver mucho con la estética. ¿O no?

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