Opinión Internacional

El Legado de Mandela

Es el título de un magnífico libro escrito por el norteamericano Richard Stengel (Planeta, 2011. Caracas) acerca de 15 enseñanzas sobre la vida, el amor y el valor del líder fundamental que, junto con una vanguardia de hombres y mujeres inspirados en su palabra, sacrificio, coraje y acción, fundó la Nación sudafricana y la democracia interracial en ese país. El autor convivió durante 3 años con el extraordinario líder moral, político y estadista para ayudarle a escribir su autobiografía “El Largo Camino Hacia la Libertad”, “Comiendo con él, viéndole hacer campaña, oyéndolo pensar en voz alta,… llegó a conocer los diferentes aspectos de ese complejo ser humano y ha recogido toda esa sabiduría en quince lecciones esenciales de la vida”.

Sería muy prolijo comentar esas 15 enseñanzas en un artículo; por tal razón, voy a referirme a las que a mi parecer tienen el más profundo significado para un país como el nuestro, sumido en una aguda y persistente crisis en todos los órdenes de la vida individual y social, en particular en los ámbitos éticos y políticos.

1. Ser mesurado: Unir lo que estaba dividido, fomentar la paz y la tolerancia donde imperaba el odio y la violencia, deslastrarse del resentimiento. Mandela sufrió cárcel durante 27 años (1963-90) por oponerse y luchar contra el oprobioso régimen del apartheid: las injusticias, vejámenes, humillaciones y privaciones que padecía la población autóctona de Sudáfrica él las sufrió en carne y alma, con el agravante de la mayor “intensidad opresiva” que caracteriza la vida del prisionero, aislado de su familia, de sus amigos, de su pueblo, padeciendo junto con el pequeño grupo de compañeros militantes del Congreso Nacional Africado privados de libertad por la misma razón.

Pero, no por ello sucumbió ante sus opresores, “En prisión, el coraje se demostraba día a día. No solo en las ocasiones en que había que enfrentarse a un carcelero públicamente, sino, sencillamente caminando con la cabeza alta manteniendo a diario la dignidad, el sentido del optimismo y la esperanza” (p. 40). Al recobrar la libertad en 1990 tenía motivos más que suficientes para hablar y actuar desde el resentimiento contra la minoría blanca opresora, en particular los responsables de su injusta prisión; de modo que hubiese podido, por su indiscutido liderazgo sobre la mayoría de la población negra, prender el fuego en la pradera: incitar a una guerra racial.

Sin embargo, motivado por su inquebrantable ética política y su sentido de responsabilidad puso toda su voluntad, empeño, coraje y determinación en unir lo que estaba dividido. Sudáfrica no era una nación, sino una sociedad dividida y desintegrada donde imperaba el odio, la violencia, la intolerancia. Más de 80 años de un régimen basado en la discriminación por razones raciales, había creado una barrera de resentimiento y miedo entre la minoría blanca, los Afrikáner, y la mayoría negra. En sus propias palabras, había que liberar a los negros de la esclavitud y a los blancos del miedo.

En 1993 Sudáfrica se hallaba en un momento de incertidumbre, mientras Mandela discutía con el gobierno acerca de una nueva Constitución y la fecha de las primeras elecciones democráticas en ese país “…había fuerzas dentro del país tratando de socavar la nueva Administración, entre las que se incluían grupos militares de extrema derecha que estaban reorganizándose y amenazaban con el uso de la violencia” (p. 46).

Y dentro de su propio Movimiento, el Congreso Nacional Africano, algunos cuestionaban la autoridad de Mandela: sostenían que era demasiado confiado con el gobierno, y que había que poner al frente a jóvenes líderes como Chris Hani, Jefe del ala militar del Congreso Nacional Africano. Para ese momento Hani era el segundo líder más popular de Sudáfrica, vestido siempre con uniforme de faena militar y boina ladeada, daba una imagen dinámica, parecía lo contrario de Mandela “donde Mandela decía perdonar y olvidar, Hani decía recordar y responder; donde Mandela hablaba con voz apagada, Hani gritaba; donde Mandela hablaba de mantener la economía blanca, Hani comunista comprometido instaba a la retribución de la riqueza al pueblo…La pesadilla de una guerra nacional entre razas estaba a punto de convertirse en realidad (p. 46), pues por el sorpresivo asesinato de Hani existía la posibilidad de que sus millones de seguidores clamaran venganza y desencadenaran una guerra entre blancos y negros, lo que Mandela quería evitar a toda costa.

La noche de ese asesinato Mandela se dirigió por la televisión nacional para hablar sobre tan infausto hecho. Estas fueron sus palabras “Esta noche me dirijo a todos los sudafricanos, negros y blancos, desde lo más profundo de mí ser. Un hombre blanco lleno de odio, vino a nuestro país y ha cometido un acto tan abyecto que ahora nuestra nación se encuentra al borde del desastre. Una mujer blanca, afrikáner, ha arriesgado su vida para que sepamos quien es el asesino y podamos llevarlo ante la justicia…Lo que ha sucedido es una tragedia nacional que ha conmovido a millones de personas sin distinción de color y de credo político…Este es un momento clave para nosotros, nuestras decisiones y nuestras acciones determinarán el que utilicemos nuestro dolor, nuestra pena y nuestra rabia para seguir adelante hacia lo que constituye la única solución duradera para nuestro país: un Gobierno del pueblo, elegido por el pueblo y para el pueblo” (Pp. 53-54).

Mandela prefería equivocarse por pecar de calmado, que de incitador y temperamental. Al preguntarle Stengel respecto de ese rasgo, criticado por no pocos, respondió: “Ya sabes, trato de no ser un agitador” (p.55)

2. Liderar desde el frente, liderar desde atrás, renunciar es también liderar. En el transcurso de su vida Mandela ha asumido numerosos riesgos como dirigente, su teoría “…es que los líderes no sólo deben liderar, es necesario que se les vea liderar, eso forma parte de las responsabilidades del puesto” (p. 59). Dar la cara, siempre dar la cara, es no tratar de eludir responsabilidades culpando a otros de las decisiones desacertadas o que implican riesgos para la vida y la libertad personal. “En el juicio en el que se le condenó a cadena perpetua, se declaró no culpable; pero dijo, era culpable de luchar contra leyes injustas, culpable de luchar por su pueblo oprimido. Reconoció haber planeado un intento de sabotaje al Gobierno. Podría haberse declarado no culpable, pero en su opinión, eso no habría sido liderar. Sabía que se arriesgaba a que lo condenaran a muerte, pero eso no lo atemorizó” (p.61).

En su última declaración en el juicio (Rivonia, 1963-64), parte de sus palabras fueron estas: “He dedicado toda mi vida a la lucha del pueblo africano. He luchado contra el dominio blanco, y he luchado contra el dominio negro. He abrigado el ideal de una sociedad democrática y libre en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que vivir y que espero ver realizado. Pero si fuera necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir” (p.64).

Sin embargo, la firmeza en la preservación de un ideal no significa rigidez respecto de las estrategias y tácticas para alcanzar el objetivo supremo. Liderar, según Mandela, es ser flexible, no temer cambiar de opinión cuando cambian las circunstancias. “Cuando ve que algo es inevitable, modificará su punto de vista. Pero no lo hace atropelladamente. Le gusta examinar todas las consecuencias de ese cambio. Y después actúa” (p. 70). Sin embargo, antes de actuar informa, consulta, pues cuando un líder se pone al frente, no conviene dejar que sus compañeros se queden rezagados. En sus palabras “la gente quiere ver cómo manejas las situaciones. Quiere que se le expliquen las cosas de manera clara y racional. Me he suavizado. De joven era muy radical. Luchaba con todo el mundo y usaba un lenguaje altisonante” (Pp. 55).

Pero a veces “…es absolutamente necesario que un líder tome medidas de manera independiente, sin consultar a nadie, e informe a la organización de lo que ha hecho. En casos de esa naturaleza tomaré una decisión y te enfrentaré a ella, y lo único que tienes que tener en cuenta es si lo que hecho es en interés del movimiento” (p. 70).

Liderar desde atrás. Stengel señala que a Mandela, por mucho que le gustara ser el centro de atracción, siempre estuvo consciente de la necesidad de compartirlo. “Se daba cuenta de que parte-una buena parte- del liderazgo es simbólica y de que él era un magnífico símbolo. Pero era consciente de que no podía estar siempre en primera línea, y de que su gran objetivo podía extinguirse a menos que delegara en otros su liderazgo” (p. 75).

Mandela expresa ese concepto en estos términos: “…la idea es que el liderazgo en lo fundamental consiste en dirigir a la gente en una determinada dirección, normalmente cambiando la dirección de su pensamiento y sus acciones. Y la forma no necesariamente consiste en ponerse delante y decir “sígueme”, sino delegando en otros o empujándolos para que se pongan delante de ti .Es delegando en otros como transmitimos nuestro liderazgo y nuestras ideas” (p. 77).

Relata Stengel que Mandela no actuaba, como algunos “líderes” demagogos, narcisistas, exhibicionistas, farsantes y mentirosos, fingiendo conocimientos que no tenía. Por esa razón, convocaba a quienes creía más inteligentes y agudos que él, quería aprender de los que “él pensaba eran auténticos expertos, y nunca se sentía cohibido a la hora de pedirles que les explicaran las cosas. Y al pedirles ayuda o consejo, no sólo aprendía de ellos, sino que también delegaba en ellos y los convertía en aliados” (p.77).

Y es que en su filosofía del liderazgo un buen jefe no expresa “pomposamente” su opinión, en ese cursi lenguaje “épico” de los líderes de pacotilla, y ordena a los demás a que lo sigan como el macho cabrío que se detiene al borde del risco mientras la manada se precipita al abismo. Un auténtico líder como él, Gandhi, Martin Luther King, Churchill, Lech Walesa, escucha, recapitula, y entonces busca convencer y guiar al pueblo hacia una acción determinada por un fin superior (el bien común) y no por la ambición personal de poder, característica de los dictadores, tiranos, sátrapas y cuantos autócratas han manipulado y engañado a pueblos en momentos de incertidumbre, crisis, confusión, ceguera política, idolatría, culto a la personalidad, y en el fondo, la perversa tendencia hacia la servidumbre voluntaria.

Mandela, un verdadero demócrata, sabía “…que en muchos casos sus opiniones sobre asuntos concretos importaban menos que el procedimiento democrático en sí, que era mejor perder en una cuestión determinada y ganara la democracia” (p. 81). En sus palabras “…lo acertado es convencer a la gente de que haga algo, induciéndolo a creer que es idea suya” (p 81). Liderar desde atrás, de alguna manera es como liderar desde el frente, pero de forma camuflada; no obstante, nos dice el autor del libro, Mandela entiende que todo liderazgo, incluido el suyo, tiene sus limites. De allí que renunciar es también liderar (ejemplo de Rómulo Betancourt).

En efecto, en abril 1995, cuando solo tenía un año ejerciendo el mandato que le otorgó el pueblo sudafricano, ya integrado en una nación, comentó que en 1999 tendría ochenta años y que un octogenario no debería entrometerse en política. “Cuando le preguntaron si se presentaría a un nuevo mandato, contestó “desde luego que no”. Y no lo hizo. Ese fue un acto característico de auténtico liderazgo” (p.185)

¡Qué diferencia con los autócratas latinoamericanos que se creen únicos e indispensables!, esos pretendidos salvadores de la patria y redentores sociales que rechazan el principio democrático de la alternabilidad en el poder reformando constituciones para poder garantizarse la relección simulando procesos electorales plagados de irregularidades, aquellos que convierten esos procesos en meros plebiscitos, o en fin, los que considerándose la propia encarnación del pueblo y la revolución afirman : “Para qué elecciones si el pueblo ya eligió”, es decir, me otorgó un mandato ilimitado, indefinido e irrevocable.

“Mandela quería demostrar que los africanos no sólo podían gobernarse a sí mismos, sino que África podía ser un continente de democracias constitucionales. “En muchos aspectos- comenta el autor del libro- él es el reflejo de George Washington, que decidió ejercer durante dos períodos como primer Presidente de Estados Unidos y después voluntariamente, volver a ser un ciudadano más….Como Washington Mandela entendió que él dejaría las primeras huellas en la arena y que otros le seguirían. Mandela sabía que su ejemplo sería más duradero e influyente que cualquier norma en particular que pudiera promulgar” (p. 184).

3. Actuar conforme a un “principio esencial”, casi todo lo demás es estrategia. Nelson Mandela, a diferencia de no pocos políticos de nuestros días, es un hombre de principios; en particular, de uno que considera esencial: igualdad de derechos para todos, sin distinción de raza, clase o sexo, “casi todo lo demás es estrategia” (p.99). Sabe que para un líder transformador no todos los principios son iguales, que es indispensable ponerlos en la balanza ética: sopesando las ventajas relativas aprendió a ser realista, no abstracto, a examinar todos los principios al tamiz de las circunstancias. En la cárcel, comenta Stengel, sus camaradas y él pasaban horas, días, meses y años discutiendo asuntos teóricos: capitalismo frente a socialismo, tribalismo frente a modernismo, y otros temas y asuntos abstractos.

Pero, al salir de la cárcel abandonó todos esos debates teóricos, “Pronto se dio cuenta de que el socialismo minaría su anhelo de democracia y armonía racial, y de que el tribalismo podía serle útil. Hizo las paces con los jefes capitalistas blancos e hizo las paces con los jefes tribales negros. Una vez que consiguió el gran objetivo de instaurar la democracia constitucional en Sudáfrica, abrazó su consecuencia: conseguir la armonía racial. Todo los demás estaba subordinado a esos objetivos primordiales” (p. 108), como, por ejemplo, cambiar la estrategia de la lucha armada, el enfrentamiento violento contra el Estado del apartheid, que durante años pocos resultados le había dado al Congreso Nacional Africano (por el contrario, la violencia y la represión se habían incrementado), por las negociaciones con el Gobierno, eso sí, en el momento en el que dicho régimen autoritario, como le ocurre a cualquier régimen de esa naturaleza, comenzaba a perder su legitimidad ante la propia minoría blanca, y la comunidad internacional. “Cuando las circunstancias cambian, tienes que cambiar la estrategia y la mentalidad. Eso no es indecisión, es pragmatismo” (p. 108).

Esta es apenas una pequeñísima parte de la vida y obra de Mandela, de su extraordinario Legado a la Nación sudafricana, al continente africano y a la humanidad entera. No podía finalizar este artículo sin citar unas palabras de Mandela de su libro “El Largo Camino Hacia la Libertad (Suma de Letras, SL, España, 2004, p. 1011):

“Durante aquellos largos y solitarios años, el ansia de obtener la libertad para mi pueblo se convirtió para todos los pueblos, blancos y negros. Sabía mejor que nadie que es tan necesario liberar al opresor como al oprimido. Aquél que arrebata la libertad a otro es prisionero del odio, está encerrado tras los barrotes de los prejuicios y la estrechez de miras. Nadie es realmente libre si arrebata a otro su libertad, del mismo modo en que nadie es libre si su libertad le es arrebatada. Tanto el opresor como el oprimido quedan privados de su humanidad”.

Mandela siempre será recordado como un hombre digno que se empeñó en realizar el bien y la justicia, no como otros cuyos legados, antítesis de Mandela, serán recordados como instrumentos de los “designios del mal” que tanta destrucción, miseria, guerras, injusticias, genocidios, han causado a esta sufriente humanidad.

 

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