Opinión Internacional

El legado de Vietnam

El ex presidente Gerald Ford y yo tenemos en común una experiencia que nunca perderá su inmediatez: el dolor y la angustia del día en que los últimos estadounidenses y un lastimero grupo de refugiados fueron evacuados del techo de la Embajada estadounidense en Saigón.

El cine y la TV presentan las grandes crisis como momentos de actividad frenética pero, en realidad, se caracterizan por una quietud nacida de la toma de conciencia de que las opciones se agotan. El número de los que toman decisiones se reduce y su soledad se magnífica, porque son pocos los dispuestos a asumir responsabilidades.

Aquel día final de abril de 1975 sólo nos interrumpían las llamadas telefónicas del Pentágono, que nos informaba la partida de cada helicóptero. Durante un mes, habíamos sido árbitros de los debates que jalonaron el fin de la tragedia: si acelerar la retirada de los pocos estadounidenses que quedaban para evitar riesgos innecesarios o prolongarla para permitir la huida del mayor número posible de vietnamitas. Ford y yo habíamos luchado por una salida lenta. El presidente se impuso, y su decidido apoyo permitió que 130.000 vietnamitas escaparan de la catástrofe.

A los que vivieron el día final, cualquier relato les parecerá fragmentario.

Los críticos radicales hablan de dirigentes estadounidenses sedientos de sangre que libraban una guerra para satisfacer su retorcida psicología. La derecha o deja de lado la guerra o culpa por la derrota a la falta de celo ideológico. A los estadounidenses, renuentes a afrontar la experiencia más traumática del último medio siglo, les resulta difícil extraer las verdaderas enseñanzas de lo que se le hizo a nuestro país -y de lo que nosotros mismos nos hicimos- durante aquel triste período.

Sin excepciones

Ese será mi tema. Porque una de las víctimas más importantes de la tragedia de Vietnam fue la tradición de «excepcionalidad» estadounidense. La fe antes casi universal en la singularidad de nuestros valores -y su aplicabilidad en todo el mundo- dio paso a profundas divisiones con respecto a la validez misma de esos valores y a cuán lejos deberíamos llegar para promoverlos y defenderlos. Y esos cismas han tenido una profunda influencia en la conducción de la política exterior estadounidense desde entonces.

La que entró en Indochina en el apogeo de la excepcionalidad estadounidense fue la denominada «generación más grandiosa». Lo hizo para aplicar la estrategia que ya había estabilizado el mundo de posguerra, reconstruido Europa, recuperado Alemania y Japón para la comunidad de las naciones y detenido el avance soviético hacia Europa y en Corea. Mezcla de las experiencias de la Segunda Guerra Mundial y de una filosofía surgida del Nuevo Pacto, esta estrategia se centró en detener la agresión soviética y anular las oportunidades comunistas de provocar levantamientos.

Mientras Kennedy se preparaba para asumir su cargo, el presidente Eisenhower recomendó que EE.UU. diera apoyo militar a Laos si la intervención norvietnamita en el lugar continuaba. A dos meses de la asunción, Kennedy envió infantes de marina a Tailandia, vecina a Laos. No quiso intervenir directamente (aunque la CIA tomó medidas encubiertas). Pero, en diciembre de 1961, cuando Hanoi abrió una línea de abastecimiento a Vietnam del Sur a través de territorio laosiano e intensificó la guerra de guerrillas, Kennedy envió a Vietnam del Sur «asesores» militares estadounidenses, cuyo número se elevó hasta llegar a 16.000 a fines de 1963. El presidente Lyndon Johnson amplió este compromiso hasta llevarlo a 500.000 efectivos de combate cuando dejó su cargo. Entonces, la frustración estaba instalada.

Mientras los dirigentes políticos estadounidenses se sumían en el desasosiego emocional (agravado por el asesinato de Kennedy), sus detractores pusieron en duda la esencia misma de la intervención estadounidense en otros países.

Pero, en cuestión de meses, la excepcionalidad estadounidense en sí misma fue puesta en tela de juicio. Los detractores sostenían que la causa más profunda de la crisis no radicaba en errores de juicio, sino en la corrupción moral que anidaba en el corazón de la vida americana. La victoria de los comunistas en Indochina se convirtió en una catarsis nacional deseable para los críticos más radicales.

Fisuras

Al asumir Richard Nixon la presidencia intentó sin éxito la solución negociada y, luego, procedió unilateralmente a implementar su promesa de campaña de sacar a EE.UU. de Vietnam. Durante este proceso, redujo el número de bajas estadounidenses de 1.200 por mes hacia el final del gobierno de Johnson a 30 por mes al final de su primer mandato. Y también redujo unilateralmente el número de efectivos norteamericanos de 550.000 a 30.000.

La división política se agudizó a causa de una fisura similar en la comunidad intelectual que reconoció dos grupos: los aspirantes a cargos y los revolucionarios. Los primeros repetían los debates de los funcionarios políticos; los segundos, los argumentos del movimiento de protesta. En ambos casos, profundizaron el cisma.

Vietnam quebró la fusión de ideología y estrategia que sustentaba la excepcionalidad estadounidense. Si bien todos los bandos siguen afirmando sus principios, su aplicación está ahora sometida a una profunda discusión. Desde la guerra de Vietnam, hay tres escuelas principales que agrupan a los diseñadores de la política exterior estadounidense:

· Los que propugnan la adaptación de la estrategia de la Guerra Fría de los 50 y 60.

· Los miembros del movimiento de protesta contra Vietnam, que alcanzaron altos cargos en el gobierno de Clinton.

· Y una nueva generación que no recuerda el cisma de Vietnam y ahora se halla ante un mundo radicalmente diferente del que formó a los otros dos grupos.

Sacudidos por la experiencia de Vietnam, muchos liberales e intelectuales se retiraron del terreno de la estrategia y redefinieron el concepto de excepcionalidad bajo la forma de «cuestiones blandas», alcanzables sin emplear el poderío militar.

Malentendidos

Para ser fiel a sí mismo, EE.UU. siempre debe defender la democracia, pero, para configurar el mundo, también debe comprender tanto sus intereses como los límites de éstos, y no renunciar a definir ninguno de los dos.

Las conclusiones que han sacado de la guerra de Vietnam muchos miembros del gobierno de Clinton constituyen un grave cuestionamiento de la política exterior tradicional de los Estados Unidos. Consideran a la Guerra Fría como un malentendido. Se echan atrás ante el concepto de interés nacional y desconfían del uso del poder a menos que pueda presentárselo como al servicio de una causa «altruista».

En Kosovo, por ejemplo, la idea de que las acciones de la OTAN elevaban el interés nacional tradicional a la categoría de un principio humanitario universal fue señalada por todos los dirigentes. Pero, seis meses más tarde, los mismos dirigentes no aplicaron los principios de Kosovo a Chechenia -donde las bajas civiles eran mucho mayores- por temor al poder ruso.

En el mundo de la economía globalizada, la generación de la pos-Guerra Fría mira hacia Wall Street como la mía miraba a Washington. Pero la economía no sirve como sustituto de una estrategia nacional. El mundo globalizado sólo podrá surgir a partir de conmociones y tensiones, tanto dentro de las sociedades como entre ellas. El Estado nacional, que sigue siendo la unidad de la responsabilidad política para resolver estas crisis, está en proceso de transición. Si a la nueva generación de dirigentes nacionales la avergüenza elaborar un concepto del interés nacional no conseguirá elevación moral, sino parálisis progresiva. Sin duda, ningún concepto del interés nacional sería estadounidense si no dimanara de nuestra tradición democrática o nuestra preocupación por la seguridad colectiva. Pero también debemos estar preparados para afrontar algunas cuestiones difíciles que impone la realidad.

¿Qué es lo que, para nuestra supervivencia, debemos impedir, por dolorosos que sean los medios? ¿Qué es lo que, para ser fieles a nosotros mismos, debemos tratar de lograr por pequeño que sea el consenso alcanzable o, de ser necesario, sin ayuda alguna? ¿Qué males es esencial que corrijamos? No habremos vencido la sombra de Vietnam hasta haber logrado consenso nacional sobre estos temas. Y éste requiere la convicción, casi perdida en el período de la guerra de Vietnam, de que estamos comprometidos en una empresa común y no en una pelea hasta el fin. Nuestros dirigentes políticos no pueden eludir estas cuestiones.

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