Opinión Internacional

El mundo en clave, el dominó europeo

Hasta el domingo pasado se podía pensar que la crisis económica europea estaba desalojando del poder a los partidos de centroizquierda, empeñados en sostener un «Estado de Bienestar» cada día menos viable, en favor de una centroderecha menos «social» pero, a la vez, más «realista». Algunos desplazamientos políticos parecían confirmar este diagnóstico. En el Reino Unido, ya gobernaban los conservadores de David Cameron. En Alemania seguían prevaleciendo los demócratas cristianos de derecha de Angela Merkel. En España, el Partido Popular de Mariano Rajoy había sustituido al Partido Socialista Obrero de Zapatero. Y allí donde se daba por fracasado, no ya a un partido determinado sino a la partidocracia como tal, la severa tecnocracia de un Mario Monti en Italia parecía destinada a imponer la disciplina fiscal que los políticos de siempre estaban esquivando.

Detrás de este diagnóstico asomaba una teoría que podría formularse así: en tiempos de bonanza, cuando se puede distribuir, prevalece el socialismo, pero en tiempos de escasez, cuando hay que disciplinar, se impone la derecha. Según este punto de vista, si los gobiernos europeos estaban sometidos a una lógica de desgaste que desplazaba a uno tras otro del poder, este «dominó» de caídas escalonadas tenía un claro signo ideológico, puesto que volteaba a las piezas de la izquierda pero dejaba indemnes a las piezas de la derecha del tablero.

¿Se puede seguir respaldando esta teoría después de la derrota del «derechista» Nicolas Sarkozy a manos del «izquierdista» François Hollande en las elecciones francesas del último domingo ? ¿Habrá otra teoría capaz de reemplazarla? Si no es que la centroderecha esté sustituyendo a la centroizquierda en medio de la crisis económica europea, ¿habrá otra manera de diagnosticar lo que le está ocurriendo al Viejo Continente?

Hay, por lo menos, tres tesis alternativas. Una de ellas es que, en tiempos de crisis, «todos» los gobiernos, cualquiera sea su signo ideológico, llevan las de perder. O, como lo dijo en su momento Bill Clinton en una hora difícil para los Estados Unidos: «es la economía, estúpido». En horas aciagas para la economía todo gobierno pierde y toda oposición gana porque los votantes aspiran, naturalmente, al cambio. Y hasta los conservadores ingleses, alemanes y españoles que hoy gobiernan, agregan los partidarios de esta tesis, ya están dando señales de desgaste en elecciones parciales.

La segunda tesis, que el economista Paul Krugman no deja de promover desde The New York Times , es que lo que está mal hoy en Europa es la doctrina clásica que predica la austeridad a los gobiernos en tiempos de recesión cuando, según la doctrina keynesiana que Krugman respalda, lo que tienen que hacer los gobiernos en tiempos de escasez es gastar más, para superar el desempleo. Según Krugman, además, «todos» los gobiernos europeos, ya fueran socialistas o conservadores, aceptaron con más o menos énfasis que había que achicar el déficit y «sanear» la economía y, por ello, todos se equivocaron. Quizás Hollande se empeñe ahora en llevar a la práctica el énfasis «keynesiano» de Krugman. Sin embargo, aunque ya desde un punto de vista clásico, el semanario The Economist acaba de sostener que el nuevo presidente francés es «más bien peligroso», no sólo para su país sino también para Europa.

Hay una tercera tesis sobre la crisis europea aún más inquietante que las anotadas hasta aquí. Es la sugerencia de un especialista en China, el español Eugenio Bregolat, que en su libro «La segunda revolución china» recoge desde Oriente esta estremecedora visión: que en el mundo bipolar, chino-norteamericano, que se avecina, en tanto que los Estados Unidos dominarán la tecnología y China la producción industrial, a Europa sólo le quedará cuidar sus espléndidos museos.

Hacia 1870, cuando Italia se debatía en medio de su incierta unificación, se le preguntó a quien la conducía, el conde de Cavour, cuál sería el futuro de la atribulada península. Cavour contestó: «Italia dará de sí». Hizo un acto de fe que, finalmente, resultó profético. Más que ésta o aquella fórmula política o económica, ¿no será un acto de fe de este porte el que necesita Europa?

 

Este es un reenvío de un mensaje de «Tábano Informa»

 

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