Opinión Internacional

El Nuevo Socialismo Latinoaméricano del siglo XXI

La realidad política latinoamericana ha visto surgir en los últimos años, liderazgos de personajes como Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia, Ortega en Nicaragua, Correa en Ecuador y sin duda Kirchner y su señora en la Argentina, que rechazan el pasado reciente, en particular el de la década de los noventa, por corresponder a una etapa “neoliberal”y de acercamiento a los Estados Unidos y el mundo, y se autodefinen como “progresistas de izquierda”.

En el caso Argentino, el pensamiento “políticamente correcto” ha virado desde una concepción amigable del comercio y el mercado, hacia una sospecha sobre los mecanismos del mercado y un renacer de la plena confianza en la capacidad del Estado de intervenir y solucionar todos los problemas. Estrictamente, con la excepción de Chávez, no se propone un nuevo modelo económico completo, sino sólo se trata de una tendencia ideológica de creciente gravitación en la opinión pública, e impulsada por los principales dirigentes políticos, sociales y culturales.

En el trasfondo de esta corriente ideológica “progresista de izquierda” sobrevuela una confusión antropológica. Por una parte se acepta sin matiz alguno el supuesto de que la única motivación del agente que opera en el mercado es el lucro, o el interés propio o el egoísmo. Por la otra, se idealiza al burócrata estatal, adjudicándole la exclusiva y dominante motivación por el bien común. Además, en la acción del mercado, se introduce el principio de la sospecha, sobre la posible y muy probable intervención de fuerzas poderosas, complotadas en perjudicar al consumidor, que supuestamente, muchas veces son alentadas y financiadas desde el extranjero. Curiosamente, esta mirada ideológica, no tiene sobre el Estado ninguna sospecha, no existe la manipulación de intereses o de voluntades, todo es recatado y pudoroso, porque la democracia formal ha elegido en comicios formalmente libres, a los representantes que administran el Estado y eso garantiza su eficiencia y su búsqueda del bien común.

Este verdadero prejuicio se extiende a cuestiones como la administración de la salud, la educación, el transporte, la explotación de recursos naturales y otros semejantes.

Lo curioso es que a pesar del renovado discurso ideológico estatista, que se extiende por latino América, y el renacer en el plano de las ideas de viejas propuestas fracasadas de todo tipo, desde la jubilación estatal hasta las empresas del Estado, la realidad indica, al menos en la Argentina, una decadencia terminal de la seguridad, la educación y la salud publica, la infraestructura, el transporte, y una ineficiencia y corrupción mayor de cualquier ámbito administrado por el Estado. Renovar un documento o vender un inmueble, se convierte en una odisea, llena de obstáculos y trámites inútiles, costosos e inservibles; revisar cualquier actividad del Estado en sus tres niveles, es en general, encontrarse con un panorama desolador.

Por ello, la gran curiosidad intelectual es como explicar, ante esta evidencia irrebatible de desorden, ineficiencia y corrupción, que la opinión pública desee mayoritariamente y con cierto fervor, más estatismo para resolver sus problemas.

La recaudación de impuestos es en ese sentido un verdadero símbolo. Los organismos de recaudación presentan el crecimiento de los ingresos fiscales como un avance y la evasión, especialmente de los “ricos”, es considerada como un delito grave.

La cuestión de los “ricos y pobres”, las diferencias de ingresos su distribución y los impuestos es muy interesante. Nunca en toda la historia argentina se recaudaron más impuestos. Actualmente los niveles de recaudación se acercan a los vigentes en algunos países de Europa, y son más altos que en los Estados Unidos. Sin embargo la sociedad nunca tuvo mayor desigualdad que en estos años ni más pobres, a pesar de la mejora en el empleo y el fuerte crecimiento económico, las desigualdades y los pobres son mayores que en la vituperada década de los noventa.

Lo más difícil para un intelectual es no poder debatir estas cuestiones. La ideología dominante, impone una agenda de temas que excluyen estos problemas como si estuviesen ya resueltos. La democracia de masas regenteada por el “progresismo de izquierda”, domina los medios de comunicación y denuesta en público a los que disienten. Por ejemplo, en estos días el partido socialista español –PSOE-, modelo y referente del “progresismo de izquierda”, ha acusado al catolicismo de ser un peligro para el pleno ejercicio de los derechos humanos, lo que conlleva una justificación de la censura y persecución a las propuestas de origen católico.

En España como en nuestro continente, la Iglesia Católica es quizás una de las pocas voces no comprometidas que sólo están al servicio de la verdad. Por ello es reconfortante y aleccionador el documento final de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal de Venezuela de enero de 2007, que alerta sobre la propuesta de un nuevo modelo político-social denominado “socialismo del siglo XXI”, formulada por el recién reelecto presidente Chávez.

Chávez ha iniciado su tercer mandato con la manifiesta decisión de crear un socialismo venezolano, abrevando en las fuentes históricas de Carlos Marx y Vladimir Lenin, pero también en su amigo el sangriento dictador cubano Fidel Castro. Sobre este punto el documento de los Obispos venezolanos afirma que “el socialismo del siglo XXI, tiene como raíz ideológica la doctrina clásica marxista-leninista de los dos últimos siglos, adaptada a nuestro medio y sustentada en una interpretación de textos de Simón Bolivar y de otros pensadores del pasado, intentando poner sus fundamentos en experiencias sociopolíticas y económicas de países socialistas, tanto asiáticos y europeos como latinoamericanos.”
Más adelante el documento señala con precisión que “lo más importante y lo urgente es dar respuesta inmediata y concreta, en la participación y la libertad, a los problemas de la gente, como la pobreza, el desempleo y la inseguridad, que impiden la convivencia y mantienen una sombra de duda e incertidumbre sobre el bienestar pleno para las actuales y futuras generaciones”.

La declaración avanza con una cita de la encíclica de Juan Pablo II Centesimus annus, “una auténtica democracia solo es posible en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias y concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la subjetividad de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad”.

El comunicado de los Obispos venezolanos responde al peligro y la amenaza totalitaria de Chávez, pero debe hacernos reflexionar a todos los latinoamericanos. Chávez con relación a los otros líderes continentales tiene el mérito de haber explicitado sus preferencias, quiere repetir el fenómeno del “socialismo real” y de la revolución cubana, se considera un revolucionario llamado a transformar la sociedad y construir la utopía. El problema es que por una elemental consistencia, Chávez debería explicar como hará esta vez para evitar repetir el monstruoso fracaso de su modelo, con el sangriento costo de 100 millones de muertos. Visto el fiasco del socialismo real se me ocurren al menos tres preguntas para Chávez y sus admiradores : a) ¿Cómo evitará la necesaria tendencia totalitaria del socialismo, que convierten en una cárcel, los países que han aplicado el modelo que propone para latino América?; b) ¿Cómo evitará la violación de los derechos de los trabajadores, que fue la causa –según Juan Pablo II- del derrumbe del modelo socialista en Europa?; c) ¿ En que medida su proyecto podrá sostenerse sin los excepcionales precios del petróleo, que han comenzado a bajar?.

La admiración y el entusiasmo que suscita la figura de Chávez en nuestro continente, está sostenida por la distribución de petrodólares en abundancia, generados por la excepcional coyuntura favorable que ha permitido la globalización económica, de la que Chávez y sus amigos se quieren bajar.

Bienvenido entonces el alerta de los Obispos de Venezuela para todos los latino americanos, pero en especial para los católicos. Como se sabe, en el seno de nuestras iglesias, y respondiendo a las graves situaciones de pobreza, opresión e injusticia, surgió una interpretación teológica que suponía que era posible una liberación de los pueblos mediante un cambio radical de las estructuras a través de un proceso político, en el que la filosofía marxista proporcionaba sus orientaciones esenciales. Para el Cardenal Ratzinger “el hundimiento de los sistemas de gobierno de inspiración marxista en el Este europeo, resultó ser, para esta teología de la praxis política redentora, una especie de ocaso de los dioses: precisamente allí donde la ideología liberadora marxista había sido aplicada consecuentemente, se había producido la radical falta de libertad, cuyo horror aparecía ahora a las claras ante los ojos de la opinión pública”. [1] La popularidad de Chávez y los otros líderes latino americanos mencionados, sin duda puede llevar a repetir errores del pasado y hacer pensar a religiosos y fieles católicos, que con estas figuras providenciales se logrará un atajo para alcanzar la felicidad. No hay que engañarse nuevamente: “cuando la política quiere ser redención, promete demasiado. Cuando pretende hacer la obra de Dios, pasa a ser no divina sino demoníaca”. [2] El socialismo, decía proféticamente León XIII, pretende resolver las diferencias entre pobres y ricos pero termina perjudicando a quienes se propone ayudar. “De este modo el remedio viene a ser peor que el mal”. Y Benedicto XVI califica al socialismo como una “filosofía inhumana, en que el hombre que vive en el presente es sacrificado al Moloc del futuro, un futuro cuya efectiva realización resulta por lo menos dudosa”. Nuestro Papa nos ratifica lo que los Obispos venezolanos ven con claridad en Chávez: “No se puede promover la humanización del mundo renunciando por el momento a comportarse de manera humana”. [3] Si se quiere verdaderamente ayudar a los más débiles el criterio central es respetar integralmente a la persona, comenzando por su atributo más esencial que es el de la libertad. Para asegurarlo, debemos comenzar por evitar la presión totalitaria del clientelismo político y el estatismo. Evitar el despilfarro de los recursos públicos- como hace Chávez comprando armas sofisticadas y costosas- y propender a la mejora de la infraestructura- agua potable, transporte, vivienda, energía- y de los servicios públicos, -educación, salud, justicia, seguridad -, y por sobre todo dejar de lado las utopías fracasadas reiteradamente, dando respuesta a los problemas concretos de la gente, como nos recuerdan los Obispos de Venezuela.

La historia nos enseña la irresponsable superficialidad de estos revolucionarios latinoamericanos de papel, contestatarios de lo que secretamente admiran, y que terminan en un completo fracaso, dejando tras de sí las ruinas.

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