Opinión Internacional

El periplo presidencial: más allá de lo petrolero

En el recorrido del presidente Chávez por 10 países de Africa, el Medio Oriente e Indonesia, para hacer personalmente y al más alto nivel la invitación a la segunda Cumbre de soberanos y Jefes de Estado de la Opep, identifico tres registros especialmente reveladores del fondo y las formas de la política exterior del último año y medio: el compromiso con la reactivación de la Opep; el juego cada vez más desigual entre desafío y búsqueda de confianza; y, tras todo ésto, la visión del mundo y del rol de Venezuela desde una peculiar óptica pluripolarista.

El petróleo como recurso-arma. No cabe duda de que el objetivo central y más visible del viaje es continuar dando impulso al relanzamiento de la Opep que, después de dos años y medio de inestabilidad sin precedente de los precios, logró concertar una política de reducción de la producción con países no-Opep -Rusia, Noruega y México los más grandes- que fue decisiva para la recuperación de niveles de precios razonables. Esto coincide además con los 40 años de la organización, de modo que es perfectamente comprensible que Venezuela, miembro fundador, procure la continuidad de esta asociación más allá de las muchas diferencias culturales y políticas entre sus miembros. Este compromiso venezolano con la Opep no es nuevo, pero sí lo es su nueva intensidad, asociada a una política petrolera que si bien ha sido exitosa al lograr el aumento de los precios, ha dejado en segundo plano la dimensión verdaderamente competitiva del negocio en un mercado mundial bastante más volátil en su dinámica y complejo en sus exigencias que el de los buenos ratos de las décadas de 1970 y 1980.

El juego confianza-desafío. Este viaje promueve, entonces, la continuidad de la concertación entre los países asociados a la Opep sobre la base de la confianza en sus compromisos en torno a la banda de precios, en el entendido de que no convienen -ni a productores ni a consumidores- precios muy bajos ni precios muy altos. Pero, simultáneamente, ha levantado una polvareda en virtud de la visita a Iraq para reunirse con Saddam Hussein, realizada contra viento y marea, desafiando el espíritu de las resoluciones de la ONU y produciendo previsible irritación, no sólo en el Gobierno estadounidense sino en otros miembros de la Opep.

Este ingrediente de tensión política no es cosa nueva: estuvo planteado desde el momento mismo de la creación del cártel petrolero. Los gobiernos venezolanos debieron, una y otra vez, poner en práctica en lo petrolero y en el resto de la agenda común aquello que decía Betancourt en 1959: que la relación con Estados Unidos se conduciría sin sumisiones ni desplantes. En cuanto a nuestros muy diversos socios de la Opep, el secreto fue trabajar alrededor de lo petrolero en medio de las agudas tensiones recurrentes en el Medio Oriente.

Ahora bien, en el presente estamos ante una política exterior que ha combinado dosis de búsqueda de confianza -especialmente entre gobiernos, inversionistas e instituciones financieras- al lado de dosis crecientes de desafío a lo establecido en las relaciones con socios y espacios de coordinación muy importantes en el pasado reciente. Esto se manifiesta claramente en este periplo presidencial, precedido como ha estado de muchas otras manifestaciones de disidencia y de reto en materias tales como preservación de los derechos humanos, defensa de la democracia, desarrollo de esquemas de integración regional y tratamiento del conflicto interno colombiano.

Pluripolarismo y regreso al sur-sur. Este viaje también revela en sus circunstancias la visión del mundo que está orientando a la política exterior de Venezuela: un mundo hostil y en proceso de transformación en el que se plantea que Venezuela debe enfrentar a la globalización -unipolar en lo político y neoliberal en lo económico- a partir de múltiples alianzas entre países del sur. Se trata, de acuerdo con el programa de gobierno, de fortalecer la soberanía nacional en un mundo multipolar y solidario.

Tal visión proyecta hacia el exterior el discurso de inclusión-exclusión y el que inspiró a la Constituyente: la idea central es promover la revisión de la distribución del poder mundial y su institucionalidad; mientras tanto, se los desafía una y otra vez, a menudo en los límites del margen que dan las reglas del juego vigentes.

El itinerario de los numerosos viajes presidenciales y las actuaciones y temas promovidos en foros internacionales y regionales, son evidencia de una nueva manera de impulsar el protagonismo venezolano a partir de la revisión de la concepción del orden mundial y del lugar de Venezuela en él. Este nuevo acercamiento a los países de la Opep no es más de lo mismo, aunque nos recuerde los tiempos de la cumbre de Argel, en la década de 1970, o la cruzada tercermundista del Carlos Andrés Pérez de entonces.

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