Opinión Internacional

El Populismo y el Estado-Cliché

LENIN condenó el populismo refiriéndose al atraso ideológico del campesinado ruso. En América Latina, el vocablo «populismo» ha definido un proceso, que defino como un «urbanismo-desurbanizador», que no ha vivido ni la Revolución Industrial ni los partidos históricos de clase.

Coincido con el teórico Fernando Mires en una parecida interpretación del populismo latinoamericano. Primero, en que este populismo ha sido y es la manifestación cotidiana del retraso ideológico de las masas en movimiento. Masas, en su mayoría, de origen agrario, pero en un periodo de formación urbano y cuya regresión ideológica y psíquica busca la interpretación de su propia crisis sin las herramientas democráticas para resolverla. El segundo supuesto del populismo latinoamericano es la incapacidad de esas masas, movilizadas por la frustración y la explotación, reales, para crear un liderazgo propio. Su característica, mesiánica —atrasada por tanto—, consiste en seguir, siempre, a un «líder-jefe» que es radicalmente contrario, inclusive aunque no lo sepa, a sus intereses históricos, aunque pueda coincidir con sus necesidades, inmediatas, de resentimiento social. Hugo Chávez, travestización de un golpista convertido en su celda en un Cristo y, en la retórica, en un Bolívar —sin la menor exigencia ética sobre esa representación doble—, es una buena prueba de la relación neurótica del populismo respecto a sus líderes.

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EL tercer supuesto es no menos grave: que la dirección política de todos los movimientos populistas de protesta, fundada en la frustración y no en el desarrollo crítico de la transformación política, está siempre en contradicción con las reivindicaciones reales de esas masas, aunque parezca coincidir con ellas. Desde Perón a Fujimori y de Fujimori a Chávez, ese conflicto ha sido, es y será inevitable. Fujimori ya lo sabe; Hugo Chávez lo vive. En suma, en ningún caso el populismo (el mexicano es ejemplar en esa contradicción entre masas en frustración y liderazgo sin salida al conflicto) ha descifrado —esa no es su motivación— las raíces del descontento real de las sociedades. Su liderazgo no podía asumirlas o sólo como inmediatez compulsiva. La recaída latinoamericana en el «refrito casero» del populismo revela la potencia simplificadora del lenguaje fascista: repetitivo y autoritario. Demuestra la necesidad de pasar del populismo y del Estado-Cliché, al Estado Democrático de Derecho.

En efecto, el populismo, en América Latina, tiene su contrafigura dialéctica: el populismo ya en el poder, es decir, tiene, ante sí, al Estado-cliché (repetitivo como un cliché o clisé), que no puede salir, tampoco, de su refugio: los lugares comunes. Insiste, hasta la saciedad, en todo lo no creíble. Su universo, poblado de tópicos, de lugares comunes que ofenden la inteligencia, paralizan, igualmente, el ascenso a la vida crítica, hacia la vida de ciudadanos.

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EL Populismo del Resentimiento y la dinámica del Estado-cliché no suponen un ascenso hacia un nivel más alto y maduro de la acción histórica de los pueblos. El Estado-cliché es indisociable del populismo y los dos admiten, naturalmente, lenguajes opuestos que tienen enorme parecido entre sí: la incoherencia respecto a los fines y los medios y el refrito de un discurso que no se abre, nunca, a la oportunidad dialéctica de la duda y la reflexión sin el apoyo, infortunado, de unos clichés sin revelar. En consecuencia, extraen de sus viejos odres la violencia social latente (la explícita ya la conocen Fujimori o Hugo Chávez y, con ellos, todos los caudillos) y, por su incapacidad para crear el Estado de derecho, se refugian en la regresión como «progreso». La democracia, al contrario, es la concordia de la lucidez crítica. Con la tolerancia, además, como su freno ético. Sin ética no hay política y por ello la corrupción se perpetúa, sobre todo, en el lenguaje: en la miseria intelectual.

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