Opinión Internacional

El riesgo en EE.UU. de la retórica extrema

Apenas unos minutos después de los primeros informes sobre el atentado contra la congresista Gabrielle Giffords, representante demócrata por Arizona, y un grupo de personas que la acompañaban en Tucson, muchas páginas empezaron a desaparecer de la Web.

Una de ellas era el infame mapa de «cabezas con precio» de Sarah Palin del año pasado, que mostraba una serie de distritos en disputa para las elecciones legislativas, incluido el de Gabrielle Giffords, con un blanco de tiro pegado encima. Otra de las páginas desaparecidas era la del Daily Kos, un blog progresista en el que uno de los votantes de Giffords la declaraba «muerta para mí» después de que votara en contra de Nancy Pelosi en las elecciones por el liderazgo de la Cámara, la semana pasada.

Es muy probable que ninguna de estas páginas haya tenido nada que ver con la matanza en Tucson. Pero borrarlas de Internet no borrará toda la evidencia de una imprudencia retórica que invade este momento político en Estados Unidos. La cuestión es si el atentado de anteayer marca un punto final lógico a este momento o si, más bien, es el comienzo de uno nuevo y aterrorizante.

Estados Unidos ya ha atravesado por momentos similares en la era moderna. Los intensos choques ideológicos de la década de 1960, centrados en el comunismo y en los derechos civiles y Vietnam, quedaron marcados por una serie de asesinatos que cambiaron el curso de la historia norteamericana, que se produjo sobre el telón de fondo televisado de disturbios urbanos y pacifistas que se inmolaban.

Durante las guerras culturales de la década de 1990, en que se disputaban temas como el derecho a tener armas y el aborto, los extremistas de derecha mataron a 168 personas en Oklahoma City y aterrorizaron a otros cientos de personas en el parque olímpico Centennial, de Atlanta, y en las clínicas abortistas del sur del país.

Lo que es diferente de este momento en particular es el surgimiento de una cultura política -en los blogs, vía Twitter y en televisión por cable- que apoya sin reparos y a viva voz las visiones más oscuras de los extremistas políticos, frecuentemente por provecho o rédito político.

Aún no está claro si al supuesto atacante de Tucson lo movía alguna filosofía política real o las voces en su cabeza, o tal vez ambas. Pero es fácil pensar que estaba al menos en parte influido por un debate que muchas veces parece combinar el desacuerdo filosófico con una especie de Armagedón político.

El problema, aquí, no radica en los activistas como los que integran el Tea Party, ciudadanos comunes que están haciendo lo que se supone que debe hacer un ciudadano: involucrarse en la discusión acerca del rumbo del país. El problema, más bien, parecen tenerlo los líderes políticos que se permiten llevar las cosas hasta cualquier límite, empleando las palabras que sean necesarias para ganarse contribuciones de campaña y apariciones en televisión, sin importarles demasiado las consecuencias.

Están, por ejemplo, los comentarios de Sharron Angle, la favorita del Tea Party que compitió infructuosamente contra Harry Reid por la banca en el Senado por Nebraska, el año pasado. Angle habló de «enemigos internos» en el Congreso y dijo: «Espero que no tengamos que aplicar el remedio de la Segunda Enmienda».

También está Rick Barber, un republicano que perdió las primarias de las elecciones legislativas por Alabama, pero no sin antes haber puesto en el aire un aviso en el que alguien vestido como George Washington escuchaba un ataque contra el gobierno de Obama y proclamaba gravemente: «Preparen sus armas».

De hecho, gran parte del mensaje republicano del año pasado, cuando intentaban explotar el fenómeno del Tea Party, se basó -al igual que el apodo «Tea Party»- en el imaginario de la revolución armada. Los voceros del sentir popular, como Palin, soltaban diariamente palabras como «tiranía» y «socialismo» para describir al presidente y sus aliados, como si estuviesen ciegos y no entendiesen que, frente a cualquier enemigo legítimo, los norteamericanos casi con seguridad recurrirían a las armas.

Esos líderes no necesariamente están incitando a la violencia o a la histeria; de hecho, no lo están haciendo. Pero están tan atrapados en la cultura de la exageración, tan entretenidos con sus propias gracias verbales y el consiguiente aplauso que, al igual que los bloggers y los conductores de televisión que los invitan, parecen perder la noción del poder de las palabras.

Anteayer, por ejemplo, el presidente del Partido Republicano, Michael Steele, fue uno de los primeros en emitir un comunicado en el que decía estar consternado y horrorizado por el atentado de Arizona… y no caben dudas de que lo estaba. Pero fue Steele quien en marzo pasado dijo que esperaba poder enviar a Pelosi «a la línea de fuego».

Steele no quiso que sonara de esa manera, por supuesto; no hablaba de una línea de fuego real. Pero su retórica temeraria y armada para la televisión sirvió para reforzar el imaginario predominante del momento: un retrato del gobierno de Washington en el siglo XXI muy parecido a los albores de la revolución norteamericana del siglo XVIII, un país ocupado y al borde de la rebelión armada.

Basta con compararlo con uno de los mejores momentos de John McCain como candidato presidencial en 2008, cuando durante un acto en Minnesota una mujer afirmó que Obama era un árabe encubierto. «No, señora, no lo es», le respondió McCain de inmediato, recuperando el micrófono. «Es un hombre decente, de familia; un ciudadano con el que simplemente no concuerdo.» McCain se estaba remontando a otra época de la política norteamericana, cuando los desacuerdos podían ser profundos sin por eso convertirse en enfrentamientos existenciales, donde la libertad del país estaba en riesgo.

Nada de todo esto empezó el año pasado; ni siquiera con Obama o el Tea Party. Durante la presidencia de George W. Bush, era frecuente que se refirieran a él como un moderno Hitler o el maquiavélico autor intelectual del ataque a las Torres Gemelas, un hombre cuya mera existencia amenazaba los ideales norteamericanos.

La cuestión más urgente, sin embargo, es dónde termina todo esto, y si empezaremos a reevaluar el irritante tono de nuestro debate político a la luz de los disparos del sábado, o si nos encaminamos vertiginosamente hacia un aterrador período más parecido a los últimos años de la década de 1960.

El país todavía se esfuerza por recuperarse del recuerdo del Dealey Plaza y el hotel Ambassador, o de Memphis y Birmingham y Watts. Tucson puede convertirse en la tragedia que nos hizo apartarnos del abismo, o en la primera de una serie de atroces recuerdos por venir.

Traducción de Jaime Arrambide

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