Opinión Internacional

El soberanismo salvaje en acción

El concepto de soberanía a lo “humpty dumpty” de CHÁVEZ se ha puesto de manifiesto esta semana a través de la posición asumida por el embajador venezolano ante la ONU, FERMIN TORO, en el tema de los Derechos Humanos (DDHH).

El inefable profesor, haciendo gala de una concepción medieval de soberanía, se opuso a la propuesta formulada por el Secretario General Kofi Annan, la cual persigue reformar la Comisión que se ocupa del tema de los Derechos Humanos en el foro mundial de las Naciones Unidas. Este ente internacional, a partir de su fundación, con la Carta de las NNUU, viene dedicando a este tema mucha atención y ha impuesto obligaciones jurídicas a los Estados miembros. Desde la Declaración Universal de los DDHH, El Convenio Europeo, los Pactos Internacionales de 1966, la Convención Americana (Pacto de San José), la Carta Democrática Interamericana del 2001, hasta la Carta Andina, la comunidad internacional ha reafirmado su voluntad y criterio de que este es un asunto de interés colectivo y que debe ser tratado multilateralmente, disminuyendo los poderes soberanos de los Estados.

Hoy, en esta materia, existe una normativa y jurisdicción planetaria que protege a los ciudadanos de todas las naciones, sin distingos de ninguna naturaleza. De allí incluso surge el derecho de injerencia en situaciones de violaciones radicales de los derechos humanos. Bosnia, Ruanda y Haití son ejemplos de este último. El juicio a PINOCHET es también otro ejemplo de cómo está operando la justicia internacional.

Obviamente, este enfoque no gusta a los tiranos. La soberanía les sirve como burladero para cometer libremente sus tropelías. Por ello es que se cuestiona también la moralidad del concepto.

Por otro lado, estudiosos del tema como S. KRASNER, han llegado a señalar que “la soberanía externa del Estado ha dejado de ser una libertad absoluta y salvaje y queda subordinada jurídicamente a dos normas fundamentales: el imperativo de la paz y la tutela de los derechos humanos”.

También el jurista FERRAJOLI ha expresado que la crisis de la soberanía comienza cuando ella entra en contacto con el Derecho, pues ella es la negación de aquél: “la soberanía es ausencia de límites y reglas, es decir, lo contrario de lo que caracteriza el derecho. De modo que la historia jurídica de la soberanía es la historia de una antinomia entre dos términos-derecho y soberanía- lógicamente incompatibles…”
Cuando TORO arremete contra la idea de la referida Comisión en las NNUU, no hace otra cosa que ser consecuente con una visión anacrónica que favorece a los déspotas de todo el mundo. Hace unos meses, el presidente venezolano declaró que cada quien debería tener un concepto propio de soberanía. Es decir, significará lo que cada quien elija que signifique. Mayor exabrupto no podría ser dicho. Mayor peligro tampoco podría ser planteado en las relaciones internacionales.

El cuestionamiento de TORO nada tiene que hacer con el mecanismo propuesto. Su visión es la de que la ONU, ni ningún otro organismo internacional, tienen por qué meterse en esos asuntos, que serían de la sola exclusividad de los Estados soberanos. Los argumentos esgrimidos son una cortina de humo, para distraer. En el fondo, la postura que se defiende es la de que ninguna autoridad supraestatal, llámese ONU, OEA o cualquier otra, debería tener el poder de vigilar, controlar o sancionar la comisión de delitos contra los derechos humanos. De otro lado, en passant, el señor TORO le da una “ayudita” al sátrapa cubano CASTRO, cuyo régimen nunca falta en la lista de los condenables por sus reiteradas violaciones.

TORO y su jefe se resisten a entender que el mundo moral, al igual que el político y el económico, se ha globalizado y que el problema de los DDHH traspasan las fronteras. Aún a los venezolanos y al mundo les quedan muchos disparates por ver de los revolucionarios bolivarianos.

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