Opinión Internacional

El sombrero de Mel Zelaya

“Está claro que el Secretario General de la OEA no actuó correctamente y es el principal responsable del innecesario desenlace de la crisis provocada.”

El sombrero del depuesto Presidente de Honduras, convertido en el aspecto que más lo distingue y del cual no se despoja ni para dormir, como hemos visto en fotografías, no es el de un campesino hondureño, sino un Stetson de vaquero tejano.

El Stetson es seguramente el único símbolo que le queda como recuerdo de su malograda experiencia de gobernante del país que dio lugar al calificativo de “Republica Bananera” cuando la producción de bananas era controlada por la United Fruit Company.

Le queda igualmente la frustración de su intento por aprobar una iniciativa electoral que en el fondo perseguía la posibilidad de reelegirse indefinidamente, acción reñida con la Constitución, que no sólo penaliza con la remoción del cargo sin excepción de cualquier servidor público, sino que también es considerado como un delito de traición a la patria.

Esta rigidez institucional es así porque los hondureños, que por muchos años sufrieron dictaduras, para asegurarse la inviolabilidad del principio de la alternabilidad presidencial, equivalente al principio mexicano de “libre sufragio, no El sombrero de Mel Zelaya reelección”, incluyeron en su constitución las llamadas cláusulas pétreas.

¿Y por qué Mel Zelaya, en pleno conocimiento de esta situación, acometió activamente su violación?

¿Y por qué la comunidad internacional -especialmente la OEA, que estaba enterada de la crisis en desarrollo- no se pronunció oportunamente para impedirlo?

En mi opinión los siguientes factores parecen ser las causas principales que llevaron a Mel Zelaya a perder la presidencia.

El primero fue su encandilamiento con la receta de la reelección sin límites de Hugo Chávez, el primer golpista de América Latina que logró imponerla en Venezuela. Entusiasmo que aumentó al ver que el presidente Rafael Correa alcanzó el mismo objetivo aplicando la misma receta en Ecuador, objetivo al cual se suman ahora Daniel Ortega en Nicaragua y seguramente también Evo Morales en Bolivia.

El segundo, el apoyo logístico, político y financiero del régimen venezolano, que le envió no sólo las boletas electorales sino técnicos en materia de manipulación electoral, campo en el cual el régimen venezolano –debe reconocérsele– ha alcanzado un avance envidiable para cualquier jefe de Estado que quiera prolongarse en el poder.

El tercer factor, el más grave y comprometedor, está representado por la inexplicable cooperación y complicidad de la OEA en la figura de su Secretario General, al enviar a Honduras al jefe de su departamento de Sustentación Democrática para que “acompañara” al gobierno de Zelaya en un proceso electoral contrario a la Constitución, tal como el entonces presidente del Congreso, Roberto Micheletti, se lo reclamó por escrito al señor Insulza.

Está claro que el Secretario General de la OEA no actuó correctamente y es el principal responsable del innecesario desenlace de la crisis provocada. Insulza debe ser obligado a informar sobre las causas que le impulsaron a actuar de esta manera. Es igualmente claro que Mel Zelaya no hubiese podido avanzar en el proceso que lo llevó a ser derrocado constitucionalmente si la comunidad internacional hubiese levantado la voz.

Como si no fuera suficiente, Honduras fue tratada nuevamente como una república bananera, pero esta vez por Brasil, el país más importante y con el servicio diplomático más prestigioso de la región, que le facilitó a Zelaya la sede de su misión en Tegucigalpa como un puesto de comando desde el cual -con los servicios de Telesur, la televisora del régimen venezolano- se le ha permitido incitar a la población a rebelarse.

El gobierno de Brasil ha “enriquecido” el derecho internacional al crear la modalidad de “huésped distinguido del Brasil” a Mel Zelaya. Esperemos que no escojan como símbolo de los próximos Juegos Olímpicos su sombrero Stetson.

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