Opinión Internacional

El sonámbulo de Tikrit

Entre la estatua arrastrada por las calles de Bagdad tras el ingreso de
las tropas aliadas y el anciano piojoso mostrado ante el mundo, como
Saddam Hussein, media una ruta hiperbólica del poder que deja la extraña
sensación del alivio procurado por un cosquilleo. Si cree el gobierno Bush
que el viejo decrépito encontrado en una fosa representa un trofeo de
guerra contra el sistema de inteligencia del terrorismo, está equivocado.

El hallazgo de un anciano diezmado en un refugio de cucarachas y
murciélagos, no le dice nada al mundo que contraríe su indignación sobre
los desastrosos resultados de una guerra a todas luces mal planificada.

Luego, los cantos de victoria de la administración Bush sólo convencen a
la novelería.

Cierto que desde Clausewitz, las condiciones de toda guerra extrema
contienen un efecto simbólico. CNN tiene tanta capacidad de poder, como
ejércitos una nación poderosa. Mostrar a un anciano con ese rostro
paranoico, devela un motivo de victoria propio de las nuevas guerras. Un
vencedor que necesita persuadir masivamente sobre su omnipotencia y un
vencido que se debe reducir hasta lo infrahumano. Pero las cosas no son
así para todo el mundo. Y es posible advertir que lo expresado por la
soledad del dictador Hussein, refleje más bien qué tan insignificante era
ya para la propia causa insurgente del terrorismo. Una soledad propia del
formidable ensayo novelado del Otoño del Patriarca.

También tiene sentido afirmar que la inteligencia militar de las tropas
aliadas puede por fin liberar uno de tantos fracasos. Los severos
desaciertos y las complejas condiciones de su misión entre gente que
comenzaba a detestarlos, odiarlos y atacarlos se ven compensados por un
momento de respiro. La relación más cercana con la población local y el
despliegue de mayor estrategia dirigida contra los objetivos militares han
ayudado considerablemente. La conquista del laberinto del dictador y su
parafernalia ante los medios, es un paso importante. Pero sólo uno.

Si como hemos referido, Hussein estuvo abandonado a su suerte sin grandes
redes de apoyo a su alrededor. Cuando el informante pudo traicionarlo como
una rata, no resulta complicado derivar que los contactos del dictador con
los insurgentes irakíes fue casi nula. Sólo y acompañado por un maletín
con papeles (dólares) inútiles, el viejo decrépito, Hussein, había perdido
toda noción de tiempo y lugar. Lo que permite especular que el hombre que
mostraron las cámaras no era en verdad, Saddam Hussein, sino un sonámbulo,
el sonámbulo de Tikrit. Por este motivo el principal efecto del escándalo
armado por Bush, es darle al mundo un tratamiento psicológico. Masificar
las imágenes de un sonámbulo que abre su boca impotente ante el médico es
parte del teatro. Veamos más allá, detrás de cámaras.

Probablemente en Irak los brotes de insurrección bajarán gradualmente
durante un tiempo. Estamos lejos de una estrategia por bloques de los
comandos terroristas en las calles de Bagdad. Pero los golpes puntuales
contra blancos estratégicos no pueden descartarse. Ahora veremos cómo las
tropas aliadas pueden servirse de esta coyuntura para avanzar
políticamente, y de qué manera, una injustificada invasión militar da
lugar al empoderamiento que deben tener los iraquíes sobre su propio
destino. La guerra perdida políticamente expande ahora una oportunidad
psicológica. Un paso en falso sobre la fase de reconstrucción que el
propio pueblo iraquí debe dar, significaría postergar indefinidamente un
conflicto infernal contra el terrorismo.

Haber encontrado a Saddam Hussein no es entonces suficiente. La campaña
que tiene que darse en el terreno de la política está por verse. Ahora
todas las tropas aliadas tienen el compromiso de preparar con cálculo su
retirada. Asunto más complejo que la invasión. Forjar unas condiciones
adecuadas para confiar en un sistema político distinto al que reinaba con
el dictador, y a la vez interiorizar la propiedad con que un pueblo
fragmentado pueda rehacerse, es el desafío.

Clausewitz repetía que la guerra era una expresión de la política por
otros medios. Una concepción que supuestamente ha llevado a interpretar
las dos caras de una moneda en este caso. Si la captura de Hussein puede
tomarse como un logro militar, el siguiente paso es político. O viceversa.

El gobierno Bush ha demostrado insensatez desde el origen del conflicto
iraquí. Ese aire imperial le puede costar demasiado. Parte del pueblo
iraquí experimenta rencores contra los países aliados. Contra la ONU.

¿Cómo reorientar un adecuado manejo político sin manipulación? ¿Cómo
integrar a las tribus minoritarias a fin de contener eventuales brotes de
resentimiento colectivo que lleven a más terror? Si la peor parte de la
guerra tiene fracasos de índole militar, ¿Pueden los militares ser los más
influyentes en el destino de Irak?

En la extensa región del mundo árabe, confluyen variadas zonas distintas
con semejantes convicciones. La tarea por delante en Irak impone cuanto
menos tres tipos de orientación. Primero, el fortalecer progresivamente
una gran inversión de capitales que puedan facilitar la reconstrucción de
la infraestructura del país. Segundo, elevar los niveles básicos de empleo
y, tres, fomentar una mayor estabilidad política e institucional. Los tres
tipos de orientación corresponden a criterios válidos para el cambio
político de sociedades en crisis. Algo observado hace cincuenta años por
Samuel Huntington.

Los problemas de Irak no se encuentran por debajo del subsuelo. La captura
del sonámbulo de Tikrit lo que pone de relieve, es la relativa diferencia
entre una caricatura y una fotografía. El problema político sigue
pendiente.

(*): Director del Centro de Estudios Regionales CER. Universidad Industrial de Santander

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