Opinión Internacional

El talibán debe tomar la puerta

La operación antiterrorista en el territorio de Afganistán sigue adelante y a estas alturas es absolutamente imposible decir cuándo termine. No obstante, ya ahora ha adquirido actualidad la cuestión sobre el sistema de gobierno que ha de ser articulado en este país en el período de postguerra. En estos momentos, este problema es objeto de debates a todo nivel: desde los expertos y analistas internacionales hasta los líderes de Rusia, China, EE.UU., así como de los países europeos, árabes y del Sudeste de Asia.

Cabe señalar que se ha generalizado la opinión de que el problema de arreglo afgano ha de ser resuelto a base de los principios que garanticen la soberanía, independencia e integridad territorial de Afganistám y que el futuro Gobierno del país debe representar los intereses de todas las etnias que pueblan Afganistán y mantener buenas relaciones con todos los países, ante todo, con los vecinos, aportando la debida contribución al robustecimiento de la paz y la estabilidad en la región.

Resulta evidente que el proceso de formación del futuro Gobierno afgano será complicado y doloroso, habida cuenta de que el país está escendido por razones etnoterritoriales. Habrá que tomar en consideración los intereses tanto de los pushtunes, que representan más del 40% de la población del país, como de otras minorías étnicas importantes: tayikos, uzbekos, hazareos, etc.

¿Sabrán los representantes de estos grupos étnicos ponerse de acuerdo y hallar una fórmula de compromiso? Resulta evidente que el elemento clave de este proceso será el llamado «factor pushtún». De la actitud que asuma esta tribu dependerán las perspectivas de arreglo político en Afganistán. Conscientes de ello, los dirigentes de la Alianza del Norte tratan de conseguir que el papel de líder del proceso unificador sea asignado al ex rey de Afganistán, Zahir Shah, procedente de un prestigioso e influyente clan pushtún.

Al mismo tiempo, la Alianza del Norte se opone categóricamente a la entrada en el futuro Gobierno afgano de los llamados representantes «moderados» del movimiento Talibán, afirmando que los talibanes no tienen derecho moral de participar en el proceso de arreglo postcrisis.

Con esta posición se solidariza todo un grupo de Estados, entre ellos, Rusia, India e Irán, así como las repúblicas centroasiáticas limítrofes de Afganistán, miembros de la Comunidad de Estados Independientes. Según parece, la idea de la imposibilidad de la representación talibán en la futura cúpula gobernante afgana también va ganando terreno entre las figuras clave de la Administración USA que hasta hace poco consideraba como muy probable la escisión del movimiento Talibán en los «halcones» y los «moderados».

Pero las esperanzas norteamericanas quedaron truncadas. Tras el inicio de la operación antiterrorista, la dirigencia del Talibán permaneció fiel a su líder mulá Omar, solidarizándose de tal modo con su política que puso a Afganistán en la situación en que se encuentra ahora.

En los cinco años transcurridos desde su llegada al poder en Kabul, Omar y sus secuaces convirtieron el territorio afgano controlado por los talibanes en un coto vedado de los usos religiosos fanáticos, en que la aplastante mayoría de la población llevaba una vida mísera. En el país quedó prohibido mirar la televisión y escuchar la radio. Las mujeres ya no podían trabajar y las muchachas, ir a la escuela. El salario de los empleados públicos era de $5-10 dólares, lo que no alcanzaba para comprar pan.

Los talibanes destruyeron los sistemas de sanidad y de educación, la industria y la agricultura se quedaron en la ruina. Prosperaba sólo un «negocio»: el narcotráfico. En pocos años, Afganistán fue convertido en el principal productor mundial de drogas. Según datos de los expertos de la ONU, sólo el año pasado, en el territorio controlado por los talibanes, fueron producidas más de 4.500 toneladas de estupefacientes que luego entraron de contrabando en Rusia, Ucrania, repúblicas bálticas y en los países de Europa Occidental.

Los ingresos derivados del narcotráfico, salvo la parte con que se quedaban los líderes talibanes, se destinaban a financiar los grupos terroristas de toda laya y decenas de campos en que pasaban entrenamiento los terroristas procedentes de distintas partes del mundo.

Los cabecillas de los talibanes no ocultaban que su objetivo estratégico era hacer de Afganistán el centro mundial de apoyo y coordinación de la «guerra santa contra los infieles».

Es bien lógico que precisamente en Afganistán haya encontrado cobijo el millonario saudí Osama Bin Laden, terrorista internacional «número uno», quien financió la actividad de varias organizaciones terroristas en Oriente Próximo y en Sudeste de Asia, así como de grupos islámicos extremistas en algunos países europeos. Era Osama Bin Laden quien a lo largo de los últimos años estuvo prestando una generosa ayuda financiera a las bandas de los terroristas chechenos que no perdonaban medio para desestabilizar la situación en el Cáucaso del Norte y perpetraban atentados con explosivos, destruyendo edificios residenciales en ciudades rusas.

Las autoridades de Moscú más de una vez advertían de lo peligrosos que podrían ser las consecuencias de la actividad del Talibán, insistiendo en endurecer la lucha contra el régimen de los fanáticos afganos y su «invitado» saudí. Pero sólo tras la tragedia del 11 de septiembre en EEUU, la comunidad mundial se hizo cargo de lo certero que eran las advertencias rusas.

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