Opinión Internacional

El viejo guerrillero en su trono apolillado

Una de las mejores maneras de entender África pueden ser los libros de viaje escritos con conocimiento de causa, y sentimiento de causa. Entre esos libros anoto Ébano, de Ryszard Kapuscincki, el célebre periodista polaco, y Risa africana, de la ganadora del Premio Nóbel de Literatura Doris Lessing, quien vivió hasta los treinta años de edad en Zimbabwe, la antigua Rhodesia de la supremacía blanca, y luego fue declarada “inmigrante prohibida” por el gobierno racista de Ian Smith.

En Risa africana, publicado en 1992, Doris Lessing cuenta de sus cuatro viajes a Zimbabwe, posteriores a su exilio, el primero de ellos recién conquistada la independencia en 1980, tras el triunfo de la lucha guerrillera de la Unión Popular Africana de Zimbabwe (ZAPU), encabezada por Robert Mugabe, quien habría de gobernar al nuevo país como primer ministro, y luego como presidente, desde entonces hasta ahora, por casi tres décadas. La democracia en Zimbabwe, dice ella, “había sido disfrutada por los blancos, pero jamás por los negros, que sólo experimentaron diversas formas de represión”.

Un libro de viajes, además de un libro de memorias, porque Doris Lessing consideró siempre a Zimbabwe su propia país, y el exilio que le fue impuesto, una mutilación de su alma. Pero también, y ésta es una lectura útil en estos días en que el reinado de Mugabe parece tocar a su fin, un libro que ofrece una visión de primera mano acerca de la derrota del régimen colonial, y toda la trama de complejas consecuencias producidas por el advenimiento de la emancipación.

Los grandes ideales de una revolución ganada con sangre, las esperanzas de la gente más pobre, los temores y las incertidumbres que la transición despierta, los esfuerzos por extender la educación en un país donde la inmensa mayoría negra, el 98% de la población, no sabía ni leer ni escribir. La desconfianza y el resentimiento frente a los hacendados blancos, los dueños de la riqueza, a los que Mugabe supo retener al principio, con lo que Zimbabwe no perdió su capacidad productiva, y se convirtió en uno de los principales exportadores de alimentos de África.

Pero en sus viajes sucesivos, mientras los ideales liberadores del principio van quedándose en la bruma del pasado, ella puede ver cómo los viejos vicios del poder empiezan a carcomer al partido guerrillero en el gobierno. Un partido único para empezar, encabezado por el único líder posible, Mugabe, el héroe de la lucha anticolonial, rodeado de curtidos combatientes ahora instalados en las oficinas públicas. Los escándalos de corrupción, el clientelismo político que asegura la lealtad de los campesinos más pobres a través de las dádivas, el populismo fatal que sustituye la verdadera participación ciudadana. Donde nunca hubo democracia para la mayoría negra, ahora lo que hay es un remedo de democracia.

Sin embargo, diez años después de la toma del poder por Mugabe, para su segundo viaje, ella piensa que aún es prematuro juzgar esos cambios, porque la democracia sigue siendo un concepto demasiado nuevo entre los negros en Zimbabwe. La gente sigue llena de esperanzas, empeñada en un futuro diferente; y la hostilidad entre negros y blancos continúa, además, lo que no es poca rémora para el funcionamiento del país. Los blancos tienden a preservar su espíritu de colonizadores, y a ver a los negros como inferiores.

Pero también hay ya una nueva clase entre los negros con poder político y aquellos que han tenido oportunidad de hacer negocios a la sombra de Mugabe. Son “los jefes”, que imitan a los blancos en sus gustos y en sus lujos, y remedan su cultura, su manera de vestir y de divertirse, los que quieren ser los “negros blancos”. La represión contra los descontentos no se hace esperar, y así se inician el terror y las purgas en los mismos años ochenta triunfales.

El libro se cierra, pero no la historia de Zimbabwe. Mugabe renuncia al sistema de partido único en 1990, pero no renuncia a quedarse para siempre, como el líder imprescindible, lejos del ejemplo que llegó a sentar Nelson Mandela en la vecina Sudáfrica, quien abrió las puertas a la verdadera democracia al apartarse del poder. En cambio, Mugabe le robó las elecciones en 2002 al líder sindical Morgan Tsvangarain.

Al abrirse el nuevo siglo, el viejo héroe guerrillero había ya dejado de ser popular entre las masas pobres. El alto crecimiento económico que Zimbabwe había conseguido no era sino un recuerdo, y la reforma agraria decretada en 1998, en busca de balancear la propiedad de la tierra cultivable que permanecía en un 32% en mano de la minoría blanca, vino a precipitar el desastre agravado por el bloqueo de Estados Unidos y la Unión Europea.

La esperanza de vida es ahora de apenas 36 años, la mortalidad infantil es de 650 por mil hasta los 10 años, la inflación anual del 10.000%, la tasa de desempleo del 80%; y el control de los precios ha llevado a la quiebra de centenares de empresas, y al encarcelamiento de los propietarios acusados de conspiración para desestabilizar al país. Y no solo ha resultado destruida la agricultura comercial, sino la de subsistencia.

Ahora Mugabe parece no poder sostener más su reinado de poder omnímodo, a pesar de la lealtad absoluta de las fuerzas de seguridad, y del sometimiento del Consejo Electoral, encargado de contar los votos. Tras la resistencia inicial a reconocer su derrota en las recién pasadas elecciones, ya ha concedido que perdió la mayoría en el parlamento y en el senado; y aunque no acepta que su antiguo rival Morgan Tsvangarain le ganó otra vez, y quiere forzar una segunda vuelta, no parece que pueda quedarse más en la silla presidencial que hasta ahora creyó eterna, a no ser al costo de la violencia, y de más miseria y ruina.

A los 84 años de edad, los vientos de la historia se lo llevan.

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