Opinión Internacional

Emigración o reciclado

Si usted telefonea en España para averiguar un número de teléfono, le responderá una voz con ligero acento andaluz. Pero pertenece a hombres y mujeres marroquíes que operan en las oficinas que la Compañía Telefónica Española tiene en ese país. Como muchas personas del norte de Marruecos hablan español, la adaptación ha sido fácil. Los sueldos, así como las prestaciones sociales, evidentemente no son las que los empleados españoles de la misma compañía perciben en España.

Todo es correcto: el servicio es legal y los empleados están contentos por disfrutar de un empleo y de un sueldo, así como de una formación y de unos contactos profesionales que les convienen. La alternativa es el paro, el abuso o la emigración forzosa.

Muchas grandes compañías alemanas, suizas, holandesas y del resto de Europa tienen sus centros de contabilidad, estadística, cálculo y otros servicios con soporte informático en países del Sudeste asiático. Es conocida la capacidad de jóvenes hindúes, pakistaníes, de Singapur y de otros países asiáticos para las matemáticas, las ciencias y la informática. Como el inglés ya es cada día más la lengua común de los negocios, con las tecnologías actuales, es lo mismo que esos departamentos estén localizados en el propio país o a millares de kilómetros. Resultan más económicos para las empresas e interesantes para quienes perciben una remuneración y una formación permanente.

En España, y en algún otro país, una gran entidad financiera tiene desplazado su centro de contabilidad, estadística, cálculo y control informático, en algún monasterio religioso de clausura. Sobre todo, la gestión y control de las tarjetas de crédito pasa por las manos de silenciosas monjitas contemplativas que antes manejaban la aguja y el dedal o confeccionaban primorosas reposterías. La discreción está asegurada, pero también la productividad laboral pues no es imaginable una huelga en el monasterio, ni sindicatos ni paros ni protesta alguna. Los emolumentos se fijan en el ámbito de la Casa General, cuando no en las dependencias del Vaticano. No queremos decir que intervenga la Santa Sede como tal pero parece ser que algunos monseñores han vislumbrado una auténtica mina en los cada vez más despoblados monasterios y conventos de clausura.

Lo que nos mueve a esta reflexión son los datos de Eurostat difundidos esta semana. En el año 2003, España incrementó su población en 647.300 personas, de las cuales 594.300 eran inmigrantes. En ese año Francia redujo a 55.000 el aumento de población inmigratoria, Inglaterra a 103.000 y Alemania a 144.900. No hay que olvidar que España tiene 42 millones de habitantes y acoge a uno de cada tres inmigrantes que en 2003 se instalaron en la Unión Europea, con 456 millones de habitantes.

España tiene la población más envejecida del planeta con la natalidad más baja de la UE y que, en no muchos años, serán más los habitantes mayores de 65 años que los menores de 20. Es fácil imaginar el panorama del mercado laboral, de la Seguridad Social y de las pensiones. Si los inmigrantes no lo remedian con su fecundidad y progresiva integración en el sistema laboral y social, de cada cinco personas trabajarán una y media para sostener a otras casi cuatro ancianas, enfermas o en paro. El panorama es similar en toda Europa.

En Europa necesitamos cerca de dos millones de inmigrantes anuales para mantener nuestra calidad de vida. La aportación de los inmigrantes es muy notable durante los primeros años de su instalación en nuestros países, pero no así en la actitud de sus hijos ya integrados en nuestras sociedades. También en este modelo de desarrollo que fomenta el despilfarro y la ansiedad, junto a una miopía monumental en cuanto al futuro, los hijos de inmigrantes también tienen familias reducidas. Para engancharse al consumismo desbocado.

Nadie debería olvidar que el nivel de vida europeo se apoya también en las esenciales materias primas que necesita traer de los países empobrecidos del Sur. Muchas de ellas, como los productos energéticos, base de todo el andamiaje, en más de un 60%. No es preciso ser un lince para sacar conclusiones por extrapolación. En gran medida, estamos en manos de otros países, de sus recursos humanos y materiales.

De donde se deduce la necesidad de que los responsables políticos se sienten para organizar la incorporación de inmigrantes, temporales o permanentes, en las mejores condiciones para todos: laborales, económicas y sociales. Lo que no hagamos en justicia nos será impuesto por las mafias y, lo que es peor, por la desesperación caótica de cientos de miles de seres que ya no soportan más injusticias, explotaciones e imposiciones de producción y de desarrollo. Las ven cada día reflejadas en los medios de comunicación a los que cada vez tienen más acceso. Como las monjitas de clausura recicladas, los jóvenes telefonistas de Marruecos o los informáticos de Asia.

José Carlos García Fajardo
Profesor de Pensamiento Político y Social (UCM)
Director del CCS
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Abuelas imprescindibles

«La presencia de los abuelos puede mejorar el éxito de la crianza de los hijos». Así lo asegura en un reciente estudio, publicado por la revista Nature, un equipo de investigadores que estudiaron a dos grupos de mujeres uno en Finlandia y el otro en Canadá. Tras examinar el árbol genealógico de más de 3.500 mujeres que vivieron en los siglos XVIII y XIX en estos países, los expertos comprobaron que en las familias en las que la abuela aún vivía sobrevivieron muchos más niños, y también nacieron más, que en las que carecieron de abuela.

El mensaje del estudio es que el contacto con la abuela es beneficioso para los nietos y para la perpetuación de los genes familiares. “No sólo el amor de abuela, sino la propia menopausia femenina –que se produce a la edad en que nacen los nietos– hace que las mujeres estén disponibles para colaborar en la crianza de los hijos y aumentar así las probabilidades de que éstos sobrevivan a la infancia y los genes familiares se perpetúen”, argumenta Marc Tremblay, director del Grupo de Investigación de la Universidad de Québec, coautor del estudio. Y según un trabajo antropológico –bautizado con el nombre de ‘Efecto abuela’ y publicado asimismo en Nature– podría tratarse de otra estratagema urdida en los millones de años de evolución humana para asegurar aún más la supervivencia de los genes.

La palabra abuela cada vez sugiere menos imágenes de una ancianita en la fase final de su vida. Las abuelas de hoy viajan, visten ropas con estilo deportivo, aprenden cosas nuevas, hacen gimnasia y muchas incrementan la cultura que quizás no pudieron adquirir en su juventud. Se cuidan y tratan de conservarse sanas, activas y muy conectadas con el mundo. Eso es también un beneficio indudable para sus nietos.

Pero la realidad tiene muchas caras. Las nuevas situaciones familiares que se crean tras los divorcios y separaciones matrimoniales repercuten también en la relación de los abuelos con sus nietos. “Nos llaman muchos abuelos desesperados porque no les dejan ver a sus nietos”, cuenta Marisa Viñes, presidenta de la asociación española Abuelos en Marcha (Abumar).

El doctor Antonio Guijarro Morales, cardiólogo español, describe en su libro El síndrome de la abuela esclava los casos de decenas de abuelas ‘tradicionales’ que renuncian a una vida propia para atender a sus nietos –y para que sus hijas puedan traer un sueldo a casa– y que acaban enfermando física y mentalmente. Una cosa es que las abuelas se ocupen del nieto y otra que terminen agotadas a medida que la familia crece, los años pasan, las necesidades aumentan y los hijos van cargando más obligaciones a sus espaldas.

Con jornadas inacabables, muchas abuelas pierden relaciones sociales y su propio tiempo de ocio; cada vez dedican menos tiempo a su cuidado; duermen menos, no hacen ejercicio, e incluso dejan de atender sus revisiones médicas. “El consejo que les damos es que recuperen el control de su vida y se concedan tiempo a sí mismas; no sólo su estado físico y mental mejorará, sino que toda la familia a su alrededor se verá beneficiada.”

Por otro lado, la sociedad sigue sin reconocer, ni legal ni económicamente, el papel de ese gran porcentaje de abuelas que hace posible que sus hijas trabajen. Los Estados deberían garantizar el bienestar de las abuelas; ya que resultan tan eficaces para preservar los valores de una sociedad.

Son muy importantes los beneficios psicológicos de los niños que escuchan los relatos de historias familiares. Las abuelas, gracias a su paciencia y ternura trasmiten valores, proponen modelos de conducta y hacen sentir a los nietos una pertenencia al grupo familiar que les da seguridad y autoestima. Son enseñanzas que nunca se olvidan aquellas que nuestras abuelas nos dieron entre el vaso de leche y las galletas.

La escritora Rosa Regás, narra muchos de esos momentos con sus 14 nietos en su libro Diario de una abuela de verano. “Me emociono al pensar que mi regalo de cada verano pasado con mis nietos durará más que yo misma, y en esa memoria yo estaré con ellos, aunque entonces no me sea dado disfrutarla porque mi turno ya habrá pasado.”

La esperanza de vida de una abuela de 55 años es hoy superior a la que tenía su abuela a los 35 años. En sociedades cada vez más longevas, donde hay más abuelos y abuelas que nunca, es preciso brindarles más apoyo y un reconocimiento familiar e institucional adecuado.

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