Opinión Internacional

¿Emigrar a Utopía?

(%=Image(2982685,»L»)%)Ciudad de México (AIPE)- Cuatro palabras: «No hay tal lugar». Esa es la definición de utopía. ¿Será por eso que no hay grandes corrientes migratorias hacia Cuba, Venezuela o, más recientemente, Bolivia?
Cada vez sale más caro vender utopías. Pregúntenle si no a los encargados del financiamiento de las campañas electorales. Sin embargo, las utopías se siguen vendiendo y en cierta forma se siguen demandando. ¿Por qué? Una respuesta simplista sería porque representan pingües ganancias para los vendedores (digamos, para los políticos). Pero esa es una respuesta insatisfactoria. Explica la oferta de utopías, pero no su demanda. Deja en la oscuridad el hecho desafiante de que las utopías conservan su atractivo de paraísos terrenales a pesar de los fracasos repetidos en la historia; el caso más obvio es el fracaso del comunismo.

En otras palabras, hay cosas que hacemos, en las que invertimos esfuerzo, y en ocasiones hasta estamos dispuestos a enfrentar grandes penalidades para lograrlas, aunque de antemano sabemos o intuimos que no nos van a reportar un beneficio tangible. Nos empeñamos en hacer esas cosas porque «debemos» hacerlas (integridad u honestidad intelectual) o porque son tan deseables que la bondad que irradian oscurece todo cálculo racional. En esta segunda categoría entran las utopías.

Hay otro poderoso elemento que alimenta las utopías: el disgusto y hasta el rechazo absoluto al estado actual de las cosas. Decía Arthur Koestler que cuando la fe del militante marxista flaqueaba –por ejemplo a la vista de las hambrunas provocadas por la utopía soviética a principios de los años 30- el elemento de rechazo a la opción alternativa –capitalismo burgués- salvaba la fe del creyente comunista; bastaba echar una ojeada al infierno nazi en Alemania para volver a creer en Stalin. Dicho en términos actuales: ¿cuántos creyentes en una utopía social-populista en América Latina recurren a la más reciente estupidez –real o aparente- de George W. Bush o de Estados Unidos para reforzar su fe en la utopía?
Por su parte, Augusto del Noce señalaba que la utopía marxista era «querida» ahí donde aún no se había aplicado y a la vista de las injusticias persistentes en una sociedad opulento-tecnológica. Es decir, la persistencia de la utopía (marxista, social-populista o social-burócrata) se explicaría por la persistencia de las condiciones de opresión causadas –real o aparentemente- por su alternativa: capitalismo global, neoliberalismo, desigualdad. La utopía, como el opio del pueblo, es el suspiro de la criatura abrumada.

Emigrar a Estados Unidos, pese a todos los obstáculos, es para un latinoamericano pobre una decisión dictada por el cálculo costo-beneficio. Votar por la utopía, en cambio, es una decisión dictada por el mero deseo de un pase automático al paraíso, o por el resentimiento ante un mundo plagado de restricciones.

EEUU no es la utopía. Por eso cada día miles de personas en América Latina busca emigrar a EEUU, la mayor parte desafiando prohibiciones legales. No buscan la utopía, sino una mejora relativa y tangible en sus condiciones de vida. Nadie puede emigrar a utopía porque no hay tal lugar.

Sin embargo, la utopía sigue teniendo demanda. Se atribuye a Bono, la estrella de rock, la siguiente frase: «Mientras menos sabes, más crees». Cierto. A falta de conocimientos, creencias. He ahí una fuente inagotable del poder de las utopías, ya no las creencias, sino –más allá de las creencias- las ganas de creer. Ganas que, a su vez, se alimentan de grandes ignorancias sobre los fracasos de las utopías. Y el terreno es fertilizado por la propaganda de los vendedores de utopías.

Sancho Panza habría emigrado gustoso a Estados Unidos, afrontando grandes penalidades, y desde allá le enviaría el dinero arduamente ganado a su esposa, Teresa Panza, entre otras cosas para la dote de su hija. Don Quijote abominaría tal materialismo tosco y hoy propondría alguna de las utopías al uso (nacionalismo socialista, social-populismo, social-burocracia, comunismo matizado y tamizado), como nos lo demuestra su hermoso discurso sobre la mítica edad de oro.

La migración a Estados Unidos no tiene nada de quijotesca. Por el contrario, es la «salida» de la que hablaba Albert O. Hirschman cuando las alternativas de la «voz» o protesta y de la «lealtad» o sumisión se han visto agotadas e inútiles. Sancho vota con los píes y con la cabeza. El Quijote vota con el corazón, que por cierto casi siempre está a la izquierda.

(*): Analista político mexicano.

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