Opinión Internacional

Enfrentando la demencia

Resulta angustiante pensar en las posibles ventajas y desventajas de un
conflicto bélico mundial en estos momentos de duelo planetario. Conflicto
avizorable en virtud del crimen contra toda forma de vida civilizada que
ocurrió en territorio estadounidense en la mañana del martes 11 de
septiembre. Confieso que me cuesta acudir a mi pulverizado equipaje
conceptual para analizar lo positivo y lo negativo de un enfrentamiento que,
dadas sus deplorables causas, tendrá alcances y consecuencias mundiales. Mi
más sincera reacción a tan inminente posibilidad es que si en la parte
civilizada de esta asimétrica lucha predomina el revanchismo ciego antes que
un sentido universal de justicia, el mismo será devastador para nuestras ya
mancilladas formas de vida.

Ciertamente el mundo presenció en vivo y en directo el máximo festín del
terrorismo perpetrado en el epicentro del poder financiero y
político-militar del mundo…y lo hizo en el mejor estilo de Hollywood,
segura fuente de inspiración para los suicidas y genocidas que perpetraron
tan cronometrada y minuciosa orgía destructiva. Atónitos y desesperados, los
ciudadanos de esta atribulada ciudad global que es el mundo de hoy vimos
cómo el otrora Águila invencible y segura, encarnadora de nuestro universal
«sueño americano», y tan discrecional hacia sus compromisos y
responsabilidades mundiales, era despiadadamente golpeada por un poder más
arrogante que el suyo, por creerse expresión de un orden no terrenal
presuntamente superior y en consecuencia movido por dogmas deshumanizantes.

No en vano, más del 90% de los estadounidenses y muchos de quienes nos
consideramos parte del mundo civilizado estamos condonando y aguardando la
ejecución de ataques retaliativos ejemplarizantes contra un nuevo y más
aterrador enemigo: un ente difuso, engañoso y anónimo al menos en asumir
responsabilidad por la «divina» atrocidad de sus actos. ¿Pero quién podría
quitarle el derecho a los estadounidenses y a todos nosotros, hoy devenidos
estadounidenses ante tan magna tragedia colectiva, a emprender una cruzada
mundial contra un terrorismo transnacional que ha transformado el dilema de
seguridad en un asunto planetario?.

El problema, empero, es que el enemigo a combatir en este inédito conflicto
neosecular no convencional de posible alta intensidad en cobertura, riesgos
y consecuencias, no sólo es amoral en el uso de medios de destrucción
masiva, así como difuso, móvil y anónimo, sino que además nos plantea un
campo de batalla territorialmente poroso y ambiguo. Para librar tan
inconvencional contienda global, el gobierno de EE.UU., contando con la ya
garantizada cooperación y tal vez directo involucramiento del grueso de los
gobiernos «civilizados» del planeta, necesita de una gran capacidad de
innovación conceptual y decisional y dosis aún más extraordinarias de
paciencia y trascendental humanismo frente a un enemigo formidable y libre
de nuestras terrenales y «universalmente aceptadas» normas y reglas de
enfrentamiento. Pero así mismo, los gobiernos de EE.UU. y de sus aliados
estatales en esta guerra transnacional contra el terrorismo requieren de una
gran capacidad del liderazgo que les permita balancear su poder, su rabia
inconmensurable y su comprensible deseo de venganza, con el deber ético de
mantener un trascendental sentido de sensatez y decencia humana.

Momentos trágicos como los que nos han venido sacudiendo desde el 11-S
requieren de un liderazgo simultáneamente fuerte, decidido y éticamente
responsable para con todas las víctimas de hoy y los inocentes que podrían
ser afectados mañana. De hecho, lo único peor a dejar impunes crímenes de
lesa humanidad es cometer actos de violencia contra inocentes atrapados en
el fuego cruzado de un campo de batalla. En un campo de batalla globalizado
pueden ser muchos los inocentes asesinados, y su muerte no puede en modo
alguno asumirse como un «daño colateral aceptable». Todos entendemos en
esta hora de duelo universal que gobiernos como los de Afganistán, Irak,
Libia y Sudán han patrocinado el terrorismo y que no pueden seguir siendo
santuarios para «humanos biológicos» que propicien el asesinato de
ciudadanos de EE.UU. y de muchos otros países. Pero también debemos recordar
que quienes moran en esos países son seres humanos pacíficos y respetuosos
de las leyes y tienen tanto derecho inalienable a la vida, la libertad y la
seguridad como quienes que por rutina o por azar transitaban la infame
mañana del 11-S por las torres gemelas de New York.

Es precisamente en una hora tan difícil como la que hoy vive la humanidad
que debemos preguntarnos que puede haber causado e invocado un terror de tan
grotescas proporciones. Son muchos los indicios que nos prueban que las
injusticias y errores internacionales de ayer han sido el semillero del
demencial terrorismo contemporáneo. Por su parte, los genocidas que
planearon y perpetraron los abominables actos de ese martes negro sólo están
a la espera de una retaliación avasalladora que arrase a su paso a civiles
inocentes para empezar a reclutar una nueva camada de bombas humanas. Si
queremos negarles nuevas municiones para su letal lucha, y recuperar y
proteger los cimientos civilizatorios de una sociedad justa y abierta, hoy
agrietados por el impacto omnicomprensivo del terror, debemos combatir el
flagelo del terrorismo con las únicas armas que realmente erradicarán sus
causas: la paciencia, la cordura y un sentido pluralista de justicia.

* Internacionalista, Profesora de la USB

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