Opinión Internacional

Entre Lula y Chávez

Lula acaba de proclamar tres cosas: diálogo político, responsabilidad económica y más programas sociales. Es la agenda alternativa a la satrapía del señor Chávez

Las diferencias entre los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso y Luiz Inácio Lula da Silva, no se aprecian demasiado fuera de Brasil. Dos presidentes democráticos, animados por la justicia social y con una visión práctica y reformista de las realidades económicas, incluida la globalización. No debe sorprender, por tanto, que ambos hayan recibido un respaldo caudaloso para su respectiva reelección, siempre en el marco de un sistema electoral independiente y sujeto a un Estado de derecho.

Casi que un universo paralelo a lo que se vive en nuestro país. Primero porque Brasil es una república cada vez más descentralizada, y Venezuela va en camino de una satrapía cada vez más centralizada en el poder único, del partido único, del líder único, que además pretende ser perpetuo, ¡y en nombre de la democracia participativa! Un cangrejo que ni la dialéctica de los juristas del régimen, incluido Velásquez Alvaray, han podido resolver.

Segundo, porque la orientación ideológica de Planalto puede que tenga un parentesco formal con la de Miraflores, pero en los hechos se distancia cada vez más. La izquierda de Lula se parece a la de Ricardo Lagos y sobre todo a la del uruguayo Tabaré. El llamado «socialismo de siglo XXI» que tanto se ensalza por acá es una suerte de coartada para ese proyecto de dominación más bien personalista, cuyo postulado doctrinal más trascendente es «mandar hasta que el cuerpo aguante».

No por nada es que el más irreductible de los viejos radicales venezolanos, Domingo Alberto Rangel, no se cansa de señalar que Chávez busca convertir a Venezuela en un país de mendigos y obedientes. No lo dice un «cipayo» de Washington o un viudo del neoliberalismo. Lo afirma uno de los comunistas más convencidos y consistentes de esta parte del mundo, por cierto que a años luz de ese largo elenco de vivarachos que están haciendo su agosto, gracias a lo que Edecio La Riva habría llamado la «adulancia ideológica».

En lo que si se parece buena parte del cogollo del PT o partido de gobierno de Lula, y el entorno de Chávez comenzando por el eje, es en el regusto por la corrupción. No sé si en Brasil habrá boliburguesía, o más bien boliplutocracia, pero en estas malas mañas mucho me temo que los boinacolorá le llevan una morena a los petistas. Por lo menos allá las instituciones investigan, juzgan y condenan a los Dirceus. Aquí la «revolución» los nombra embajadores.

La agenda de Lula por él mismo condensada en 3 aspectos la noche de su triunfo es del todo razonable: diálogo con la oposición en favor de la democracia política; responsabilidad fiscal y reglas que estimulen la inversión y el desarrollo; renovada lucha por la justicia social en un país-continente de 180 millones de habitantes, con una de las desigualdades socio-económicas más críticas del mundo. Hasta el ex-candidato Geraldo Alckmin, discípulo de Fernando Henrique Cardoso, no lo habría dicho mejor.

Una diferencia oceánica y también aleccionadora para enfrentar y superar la tragedia venezolana.

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