Opinión Internacional

Estado comunitario y gobernabilidad

El sueño del Estado Comunitario se ha convertido en una pesadilla. Porque pese al ideal de una comunidad política homogénea y mansa, el gobierno ha visto surgir de su propia entraña y confundidas en una sola, emociones viscerales, envidias, verdades a medias, corrupción e hipocresía entre sus miembros más cercanos. Es como si la naturaleza desbordante del lobo hobbesiano se devorara a Rousseau.

O ¿Quién dudaba hace poco que el general Teodoro Campo encarnaba la salvación de la policía? Hace poco también, los medios de opinión ¿No ensalzaban la valentía del policía Gallego? ¿No se aplaudían los niveles altos de opinión sobre la cúpula militar? Y de la ministra de defensa, Marta Lucía Ramírez, ¿No se la figuraba como heroína al lado del general Jorge Enrique Mora? Y de Mora, ¿no estábamos habituados a sus partes de victoria?

Armadillos

Este conjunto de aspectos supera las hipótesis de una crisis de coyuntura en el programa de gobierno. No es tan cierto que la salida del general Mora se realizó sin inmutarse por los hechos que llevaron a la dimisión de la ministra, ni cierto que todo el carrusel de veleidades de la policía en Medellín comprando enseres estrambóticos, hiciese parte de un montaje. La verdad es que los cuarteles del Estado comunitario ardían por dentro, mientras que por fuera su ángel guardián peleaba contra las huestes del terrorismo y la politiquería.

Obviamente el escándalo se da cuando la plata que va del ciudadano común a los cuarteles no se ve. Sin resultados contundentes en el campo militar, sin logros de peso contra la insurgencia y el paramilitarismo. Y el estruendoso escándalo de corrupción en las narices de la policía. ¡Qué ironía que mientras al ciudadano común se le demanda austeridad, los gatos ladrones de la noche hacen de las suyas!. Los impuestos y tributos de la gente pagando por un Goliat, y los generales trayendo pequeños armadillos.

Lo cierto, las proclamas del Estado comunitario han ido dando paso al sinuoso carácter del gabinete que gobierna. Un sentido de gobernabilidad frágil. Porque, ¿cuáles son los antecedentes? Uribe llegó sin un equipo de gobierno institucionalmente reconocido, su campaña logró remontarse sin afecto a los partidos, con un Congreso bajo amenaza de revocatoria. Se figuró que el país podía un cuartel familiar. Obstinadamente, con el paso del tiempo, mantuvo a su ministro principal, pese a las advertencias en contra. El presidente confiaba en su magia personal, en ese halo medieval de rey aclamado. Hasta que sobrevino el cataclismo del referendo. Cuyo fracaso debe interpretarse literalmente como eso: un fracaso político del gobernante.

John Rawls

John Rawls ha insistido en que es un serio error no distinguir entre la idea de una sociedad política democrática y la idea de comunidad. Las convicciones del Estado comunitario tienen el defecto de ser concebidas como actos de fe. La retórica del Estado comunitario tiene como objetivo convertir a los ciudadanos en hermanos. No de otra manera se puede leer el papel del informante o el campesino armado. El Estado comunitario es confesional, aquello que confunde cuando se evoca es su ámbito eclesial. Otro filósofo norteamericano, M. Walzer, concibe los Estados modernos por su separabilidad de las esferas de poder. El Estado no puede confundirse con las funciones dentro de una familia orgánica, no es una gran familia.

Es preferible un Estado liberal, una sociedad política que comprenda diversas y controvertidas confesiones: religiosas, políticas, gremiales y doctrinales. La modernidad estableció una cultura de la separabilidad con el fin de delimitar intromisiones incómodas a los caracteres de la ciudadanía. Los cuarteles del Estado comunitario presentan el riesgo de su perdición en pequeñas rencillas y grandes males como en casa. Un Estado Liberal debe proponer condiciones razonables de debate público sobre los asuntos de defensa. Máxime cuando los gastos en la misma superan la inversión que el gobierno hace en educación y salud para los más pobres.

Patriotismo republicano

Habermas, un poco menos cerca Rawls, y más lejos Walzer, coincide en poner sobre el tapete la cuestión de reunir de nuevo los ideales de conciencia nacional y espíritu republicano, disociados en la mayoría de los países. La idea de patriotismo constitucional opone la nación de los ciudadanos al mito prepolítico de la comunidad vital, orgánica, de casi parentesco local. Según Habermas este tipo de patriotismo legitima diversas formas de vida o cultura aceptándolas todas en una república no excluyente abierta al más amplio pluralismo y a varias formas de mestizaje. Su planteamiento se define frente a las distintas advocaciones del pensamiento comunitarista, no sólo al nacionalismo sino también al patriotismo republicano tradicional que se supone de origen aristotélico (MacIntyre, Taylor).

La evocación del Estado Comunitario busca recavar en el fondo un sentimiento de pertenencia que refuerce las nociones abstractas de ciudadanía participativa pero estilizándolas a través de la argumentación institucional de esta: seguridad, orden, igualdad, justicia. Algo que sin alejarnos del respeto a la ley nos de el calor de la tribu, un dulce calor de hogar. Reiterando la necesidad de rodear al Estado en su corrección de los violentos, hace gala de un comunitarismo que protege los intereses de todos mediante relaciones y vínculos de familia. Aquello que para los clásicos de la teoría política resultaba excluyente ahora se vuelve cercano. Una comunidad que puede ser Estado y un Estado que usa la comunidad para sus fines.

Seguridad

Sin embargo, que se lea o no a Habermas poco importa, también los contenidos del comunitarismo parecen provenir de una raíz común a la defensa del patriotismo republicano de la que Habermas parece alejarse. En la argumentación por la defensa de un Estado comunitario encontramos ideales propios de la república romana, de los que derivan versiones modernas de Maquiavelo, que lo centró en el amor a la libertad común y en las instituciones que la sustentan pero no en la homogeneidad cultural. Este patriotismo se opone a la visión nacionalista y la diferencia de énfasis: para los patriotas, el valor principal es la república y la seguridad que permite; para los nacionalistas los valores principales son la unidad espiritual y cultural de cada pueblo.

El problema con la proclama de seguridad y orden del Estado comunitario es que tiene mercenarios dispuestos a interpretar en términos no políticos este llamado. Militarmente un ejército ilegal se sentirá a sus anchas para llevar a cabo acciones lesivas contra quienes consideren sus enemigos. Esto puede tener graves consecuencias. Uribe ha insistido en permitir las armas “cortas” para un millón de patriotas dispuestos a denunciar a los “delincuentes”. Una patente de corzo, sin más. No vivimos en un país con suficiente estabilidad de sus organismos militares y los miembros de las organizaciones secretas. Es la amenaza. Quienes tienen cuentas pendientes de venganza procurarán las ventajas que se le dan para cometer crímenes en la impunidad.

La ciudadanía, deberíamos saberlo, no nace de los lazos de nacionalidad. Los pueblos más homogéneos cultural, religiosa o étnicamente no son los que tienen mayor espíritu cívico. Por el contrario, tienden a ser intolerantes, prejuiciosos, aburridos. Una barbarie encubierta. O la tiranía. La verdadera política democrática, se basta para construir la ciudadanía. No necesita ayudantes incómodos.

Patriotismo

El Estado comunitario cabalga a lomo por ideales de patriotismo, sin advertir con su convocatoria los riesgos implícitos de arrastrar celos políticos excluyentes. Muchos colombianos que experimentan hoy un sentimiento de inferioridad, verán reforzado sus prejuicios de minoría. Grupos que no corresponden propiamente a una organización política, sino militar, formados por el mito de un valor natural, en una prehistoria idealizante, en una ideología que no está destinada a justificar una realidad sino a transformar aquella ante la que se encuentra, se verán de lleno liberados por fin para dar batalla contra los enemigos de la patria. Quiénes sean estos enemigos no es un asunto de estrategia sino de moral. Se trata de colocar a los demás bajo el viejo dilema: “Quien no está conmigo está contra mi”. Esto corresponde en una democracia a negar que puedan existir voces disidentes.

¿Estado comunitario? ¿Patriotismo republicano? ¿Nación de ciudadanos? Teóricamente cada fórmula comprende sus más y sus menos, pero en Colombia las tres dan en común para afrontar el mismo problema: los serios dilemas de un Estado débil históricamente en nombre de la homogeneidad política y militar contra los enemigos. Pretender controlar los elevados índices de daño al país “armando” a los patriotas como informantes para que vigilen a los demás, es probablemente correr con un alto riesgo social. En otros términos, el gobernante opone la sociedad de los iguales ante la ley contra la sociedad de los idénticos según la peculiaridad de los temores y las venganzas de grupos.

(*): Director del Centro de Estudios Regionales CER Universidad Industrial de Santander

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