Opinión Internacional

Europa, Europa, Europa…

En su obra El Mundo de Ayer, publicada póstumamente en 1944, el gran escritor Stephan Zweig comenzó su relato biográfico con la siguiente reflexión: «Nací en 1881, en un imperio grande y poderoso -la monarquía de los Habsburgos- (Imperio Austro-Húngaro), pero no se molesten en buscarlo en el mapa: ha sido borrado sin dejar rastro. Me crié en Viena, metrópoli dos veces milenaria y supranacional, de donde tuve que huir como un criminal antes de que fuese degradada a la condición de ciudad de provincia alemana. En la lengua en que la había escrito y en la tierra en que mis libros se habían granjeado la amistad de millones de lectores, mi obra literaria fue reducida a cenizas. De manera que ahora soy un ser de ninguna parte, forastero en todas; huésped, en el mejor de los casos…»
Millones de habitantes del Viejo Continente y de sus poderosos vecinos eslavos como Rusia y Ucrania, podrían decirnos esas mismas palabras – con alegría o añoranza, depende del caso – para que no nos molestemos en buscar en el mapa el lugar donde nacieron, sea en alguna de las 15 repúblicas de la Unión Soviética, en una de las seis naciones que conformaron la ex Yugoslavia, o por ejemplo, un checo o un eslovaco que llegaron al mundo en la Checoslovaquia comunista.

De la Europa que cambió fronteras y países de la I y II Guerra Mundial a la que se desmembró tras la caída de la Unión Soviética y la que se ha unido en la Comunidad Europea de 25 países, el caso de la provincia serbia de Kosovo, cuya declaración de independencia de su hasta ahora centro de poder, es a la vez una bendición por sus diferencias étnicas de quienes se separan, y una pesadilla para otras naciones que saben que su ejemplo inspirará a regiones separatistas.

Los “Disidentes” de Europa

Mientras Europa busca consenso para unir a las 25 naciones miembros de su comunidad y a futuros candidatos de la CE como Rumania, Bulgaria y pequeñas repúblicas de la ex Yugoslavia, la anunciada declaración de independencia de la provincia serbia de Kosovo, que nunca fue nación en las diversas creaciones y recreaciones de entidades políticas en el siglo 20, es vista con preocupación por muchas naciones europeas que durante años, buscan fórmulas consensuadas para lidiar con los deseos separatistas de regiones con peculiaridades étnicas, religiosas y lingüísticas respecto a los países a los cuales pertenecen.

El más conocido movimiento separatista europeo es el de los 2 millones de Vascos en provincias que hoy son parte de Francia y España, el caso de Cataluña que cada vez exige mayor independencia del gobierno de Madrid, y aunque poco comentado, el de dos comunidades lingüísticas de Bélgica que cada vez se acerca más a un punto de quiebre – como el ocurrido entre checos y eslovacos de la ex Checoslovaquia – entre Flandes, de habla holandesa y la francófona región sureña de Valonia. Según recientes sondeos más del 60% de los flamencos y del 40% de los habitantes de Valonia, no descartan la separación de este país cuya conformación se debió a la decisión de sus antepasados, en 1830, de unirse como monarquía para oponerse a Holanda.

Otros movimientos separatistas que amenazan el proceso de integración europeo son el movimiento nacionalista de la isla de Córcega y la provincia nororiental de Bretaña que buscan independizarse de Francia; la Liga del Norte en Italia; Escocia, cuyos habitantes polemizan sobre una futura separación de Gran Bretaña; las islas Feroe que dependen de Dinamarca; la provincia autónoma de Voivodina, cuya población magiar plantea separarse de Serbia y unirse a Hungría, y otros grupos étnicos que podrían poner en jaque la integración europea.

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