Opinión Internacional

Europa y el nacional-populismo

Los procesos de integración de áreas geopolíticas y la globalización tecnológica y económica vividas como agresiones a las culturas diferenciadas y a las identidades colectivas; el funcionamiento sectario y patrimonial de los partidos en las actuales sociedades mediáticas de masa tan proclives a la personalización del poder; y el pensamiento único, exclusiva y excluyente estructura ideológica de nuestros sistemas políticos democráticos, con los derechos humanos como su eje cardinal, son, por una parte incompatibles con el fascismo y sus derivados directos -nazismo, Guardia de Hierro rumana, franquismo, NSDAP austriaco de los años treinta, Partido popular francés de Doriot, salazarismo…- y hacen por otra parte inevitable la emergencia de los comportamientos nacional-populistas, de los que el fascismo es una modalidad extrema. Lo vimos con Forza Italia, Berlusconi y Fini hace cinco años en Italia. Lo estamos viendo en otros países europeos, y ahora en Austria. De aquí la importancia de distinguirlos y de reaccionar no sólo contra la versión fascista sino contra el nacional-populismo que es su matriz principal. Pues Haider no es un fascista sino un nacional-populista en versión austriaca. Ese extraordinario país, con la permanente contradicción entre el peso de su gloria imperial multiétnica y multicultural y su polarización pangermánica, con su fragilidad y su 10% de población extranjera, con su sobredimensionalizada capitalidad -Viena cabeza intelectual de la mejor Europa del siglo XX- y las innumerables quiebras y rasgaduras de una trama histórica y social que Robert Musil primero, con su Kakania, y Thomas Bernhard y Peter Handke después nos han hecho conocer, no merece la fácil descalificación de los anatematizadores de turno. Sobre todo si son españoles.

Todos sabemos que Haider esta montado en un patrimonio de origen nazi, que sus padres militaron en las filas hitlerianas y que él mismo ha elogiado determinados logros de la Alemania nacional-socialista. Pero si aplicamos esos parámetros matrimonial, familiar y evaluativo, traducidos en equivalentes franquistas, a la clase política española, podríamos hacer una cruenta, y en ciertos casos, injusta, escabechina. Dado que se trata sólo de indicios y de suposiciones, y no de hechos y decisiones ¿puede decirse que la reacción de condena de los Estados de la UE ha sido un error ? A mi juicio, en modo alguno. Pues aun sin negar el síndrome Plaza de Oriente y la inmediata capitalización en provecho propio que hacen los gobernantes nacionalistas de las críticas exteriores, en este caso era un riesgo que había que asumir. Y que ha tenido ya consecuencias positivas. La intervención europea ha supuesto un electroshock para el pueblo austriaco que, amparado en la condición de víctima del nazismo que los Aliados habían conferido a Austria -olvidando el entusiasmo austriaco en el Anschluss y su diligencia colaboradora durante los siete años de vida común con Hitler-, se había instalado, como los españoles, en una cómoda pero malsana amnesia histórica, responsable de lo que sus mejores intelectuales llaman déficit de culpabilidad. A la que ahora se está poniendo fin a la par que se está movilizando la ciudadanía democrática.

Apoyados en ella hay que confiar en que acabe también la lamentable partitocracia que los periodistas allí califican de Proporz y nosotros aquí del «carnet en la boca», que supone un reparto de puestos y prebendas entre los grandes partidos. Ése es el humus que hace germinar el nacional-populismo en Austria y en el resto de Europa. Es imperativo desaherrojar la vida política europea -¡ay nuestras listas constitucionalmente cerradas y bloqueadas!- motivando a los ciudadanos a participar. Como es fundamental incorporar los principios democráticos a la Carta Magna europea que no podemos retrasar más. Incluyendo en ella la posibilidad, hoy inexistente, de excluir a los Estados-miembros indignos de pertenecer a ella.

Tomado de (%=Link(«http://www.elpais.es/»,»El País»)%) de España del 10 de febrero de 2000

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