Opinión Internacional

Ex ministra de Lula, modelo de cómo proteger ambiente

Picolotti callada en Lima; su par de Brasilia renunció para pelear desde una banca

Hasta la semana pasada, cuando de un portazo dejó el Ministerio de Medio Ambiente de Brasil, la secretaria de Medio Ambiente de Argentina, Romina Picolotti, pudo tener en la renunciante Marina Silva a una guía y colega. Y afinidad de género, que más allá de la semántica es importante tanto para el «relato» nacional como para el internacional. Nuestra ambientalista, Romina, acaba de regresar de Lima, hasta donde escoltó a la señora de Kirchner en modo «mute» (mejor ser tótem en el Incario que ocuparse de irresueltas tolderías vernáculas como el intríngulis incendiario del Delta, una cenicienta Chubut o sublevadas cuchillas entrerrianas infestadas de sojeros, pasteras y algún De Angeli).

En cambio, Marina Silva regresó, pero a la banca de senadora que abandonó durante cinco años y pico para luchar por la selva que la crió. Hija de seringueiros -trabajadores del caucho-, Marina nació en Acre, el estado amazónico occidental que en los 70 y 80 rechazó, con piquetes, la llegada y el desmonte de los grandes fazendeiros. Marina conoció la defensa del medio ambiente al lado del legendario «Chico» Mendes, líder seringueiro que se opuso a la depredación de la Amazonía. Fue la senadora más joven del Congreso en 1994. Tenía esta activista de la preservación y militante del PT, 36 años.

El presidente Lula da Silva la convocó para Medio Ambiente sabiendo que era brava y peleadora, pero Marina ya era una autoridad en la ecología internacional. Daba el lustre y el grado de compromiso ambientalista necesarios para las miradas de ONG y «verdes» del mundo, preocupadas por una biosfera amazónica que ya venía catalogada, peligrosamente, como «pulmón de la humanidad». De los 35 ministros que tienen el plantel de Lula, sólo tres o cuatro, dicen, se salvaron de sus arremetidas. Solitarias, quijotescas si se quiere, porque Marina nunca tuvo una sombra protectora en el gobierno, como la Picolotti con Alberto Fernández, para aguantar chubascos dentro del gabinete nacional. Lo repitió hasta el cansancio: «Creo en la transversalidad de la agenda ambiental entre los ministerios». No lo pudo conseguir (tampoco por aquí, en cuanto a transversalidad política, el matrimonio K).

Sin apuro

Al menos en Brasil, pudieron enterarse de qué es una gestión ambiental. Por aquí, la gestión, como quien la gestiona, sigue en modo «mute». Y en «off». No hay apuro, ¿acaso algo nos corre? El planeta puede esperar. En Brasil, una incansable Marina Silva evitó que 24 millones de hectáreas fueran deforestadas -quemadas o taladas-. Aunque impidió también, tenazmente, el avance de varios proyectos. Como el de las dos hidroeléctricas a construirse sobre el río Madeira y una carretera transamazónica, con cuyas inauguraciones iba a beneficiarse -sólo un corte de cintas, nada más- Dilma Roussef, jefa de la Casa Civil y candidata de Lula para sucederlo en la presidencia. Lula dijo que ella, «ministra de unos pocos bagres de río», se dedicaba a cajonear proyectos. Marina difundió después una foto satelital en la que se mostraba el retroceso de la selva en los estados de Rondonia y de Mato Grosso. Se ganó dos enemigos, los gobernadores, en especial el de Mato Grosso, el poderoso Blairo Maggi, rey de la soja e íntimo del presidente, que buscaba licencias ambientales para avanzar con ese cultivo.

Con la paciencia agotada, Lula entregó la conducción del Programa Amazonia Sustentable (PAS) -proyecto en el que Marina y su equipo trabajaron durante cinco años- al secretario de Asuntos Estratégicos, Roberto Mangabeira Unger. Un filósofo graduado en Harvard, al que apodan «Ministro del futuro», porque nunca concreta nada. Marina había recibido el tiro de gracia. Fiel a su estilo confrontativo, difundió primero entre la prensa su renuncia y después la hizo llegar al Planalto. Se había cumplido otra de sus sentencias: «Perderé la cabeza, pero nunca el juicio».

Internacional

Increíble lo que ocurrió después. «New York Times», «The Economist», «El País», «The Independent», «Le Figaro» dedicaron notas y editoriales a la dimisión de la ambientalista brasileña. El príncipe Carlos de Inglaterra dio una entrevista especial a la BBC para referirse a la orfandad de una selva amazónica sin Marina. Ángela Merkel ponderó su gestión en la cumbre de Lima. ¿Y nuestra Romina Picolloti? Callada, inmóvil, quizá mirando algo de esto por TV.

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