Opinión Internacional

Fidel y la sucesión

El dinosaurio cubano es un caso singular. Su afán de poder y control es tan intransigente que se las ha arreglado para mandar en su propia sucesión.

El general Juan Vicente Gómez, por ejemplo, preparó a Eleazar López Contreras como sucesor, pero esperó hasta morirse en su cama de Maracay para permitir que se iniciara la transición. Francisco Franco igual: organizó los asuntos de Estado para que se restableciera la monarquía española, pero sólo después de su muerte es que el príncipe Juan Carlos se podía coronar. El norcoreano Kim IL Sung nombró a su hijo como heredero al título de «presidente vitalicio», pero eso sí, una vez que en la tumba él recibiera el de «presidente eterno».

Pues la situación de Fidel Castro, presuntamente mortecino, es muy distinta. Ya empezó la sucesión y quien la gobierna es él mismo, es decir el sucedido. Por su propia voluntad, Raúl Castro ocupa sus cargos pre-operatorios y una dirección colectiva se encarga de crear la apariencia del poder compartido, pero entubado o no quien sigue teniendo la sartén por el mango es el legendario dictador. El próximo enero cumplirá 48 años de mando omnímodo.

Los fidelólogos de todos los rincones del espectro político hacen sus análisis y formulan sus predicciones, quizá más en la onda del «wishfull thinking» que de otra cosa. Fidel maniobra para que continúe la hegemonía de la revolución, con el subsidio que fuera menester del erario venezolano; mientras el poderoso exilio cubano se apresta a forzar una «transición a la democracia», más o menos en las líneas de la administración norteamericana.

Entre un desafío y otro se encuentra un respetado disidente, Oswaldo Paya, que viene de los movimientos cristianos de la isla, y que, probablemente, le tocará desempeñar un papel de importancia para que las formas políticas y económicas puedan cambiar sin que la sangre llegue al río. ¿Un Vaclav Havel de las Antillas?

Lo que si no tiene pele, es que en un mundo sin Fidel, Chávez se queda sin tribunal de alzada. No tendrá una instancia superior que le vaya esclareciendo la estrategia ni que tampoco le pondere los despropósitos. Ello sin duda deberá producir un efecto sustancial en las posibilidades de continuar en Miraflores hasta que el cuerpo aguante.

Aún si logra escabullirse de la muerte un tiempo más, es obvio que Fidel no sólo se ha ocupado de preparar su sucesión, sino que decidió ponerla en práctica a fin de poder dirigirla. Al invisible Raúl no se le ocurrirá un corcoveo, y la nomenklatura político-militar permanecerá sujeta en la expectativa del «secreto de Estado» o la salud del casi octogenario.

Tragedia máxima que una nación tan valerosa como la cubana siga aprisionada por el poder personal de un tirano tan habilidoso, que su más reciente «hazaña» sea sucederse en vida.

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