Opinión Internacional

Fidelidad a sí mismo

Recientemente Fidel Castro admitió su responsabilidad en la persecución de gays en los comienzos de la revolución, contradiciéndose a lo que expresó al periodista Ignacio Ramonet en 2006: “Le puedo garantizar que no hubo nunca persecución contra los homosexuales, ni campos de internamiento para los homosexuales”. (Fidel Castro: Biografía a Dos Voces, capítulo 10).

¿Por qué ahora, Fidel sí dice la verdad?
Ante un hálito de vida, el dictador debe estar pensando en esa única inmortalidad posible a los humanos: ¿cómo seremos recordados luego de fallecer?, y obsesionado ante lo inevitable, intenta maquillar las más obvios crímenes que serán difícil de justificar por sus seguidores y discípulos. Castro entiende que el “menos revolucionario” de sus maltratos, es el del enseñamiento contra los homosexuales puesto que la izquierda moderna es abanderada de sus derechos, y al expresarse sobre el asunto, parece más preocupado de que lo perciban como homofóbico que como verdugo. Por eso, reconoce las obvias evidencias de cómo él aprobó la tipificación de la homosexualidad como delito en el primer Código Penal de su régimen, los testimonios de centenares de gays conducidos, entre 1965 a 1968, a las llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción en donde se les sometió a trabajos forzados, la detallada autobiografía del poeta gay Reynaldo Arenas que relata humillaciones y torturas a él y a otros que padecieron por su identidad sexual, el campo de concentración para prostitutas y homosexuales con SIDA en las afueras de Santiago de las Vegas en 1988, etc.

Si Castro estuviese realmente arrepentido de los crímenes que se cometieron en nombre de la Revolución haría un Mea Culpa por las torturas, cárceles y fusilamientos que sufrieron todos sus oponentes, pues cómo asegura su gran amigo y luego, víctima de una de sus purgas, el escritor Norberto Fuentes, Fidel siempre supo lo que ocurre en Cuba milímetro a milímetro: “Eso es matemático. Ahí no puede pasar nada que él no sepa”.

¡Qué ironía! – se lamentará Fidel, arrastrando su ligero cuerpo como evidencia de que no es invencible a todo – “El violento Che Guevara se ganó por su prematuro martirio, ser un icono capitalista del pacifismo, y yo he perdido lealtades por vivir y gobernar tanto tiempo”. Hoy, rascando su blanca barba, calcula qué conviene decir y qué ocultar, fiel a nutrir el mito de sí mismo.

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