Opinión Internacional

Francia en la recta final

El próximo domingo 22 de abril tendrá lugar en Francia la segunda elección presidencial del siglo XXI. Por varias razones, que trataré de explicar, esta elección es la primera en su género. Ninguna otra, en los últimos 50 años, ha sido tan incierta y tan impredecible. Aunque los sondeos y encuestas unánimemente dan ganador a Nicolás Sarkozy, candidato del partido gobernante UMP (centro-derecha), ex-Ministro de Finanzas y ex-Ministro del Interior del actual presidente Jacques Chirac, por primera vez el candidato del centrista partido UDF (que ya dió a Francia el presidente Valéry Giscard d’Estaing en 1974), ha logrado pasar de la veintena de puntos porcentuales. El fantasma de la ultra-derecha, representado en Jean-Marie Le Pen, del racista partido Frente Nacional (FN), no ha disminuido en importancia (alrededor de 17%-18% del electorado).

Esta elección tiene, además, una singular importancia para Francia. El gasto público no ha dejado de aumentar (50% del PIB es absorbido por el Estado y en aumento), y el poder de adquisición no he hecho sino disminuir en los últimos años, lo cual es un pésimo indicador para la segunda economía de Europa (detrás de Alemania), sede de 10 de las 50 empresas más poderosas en el Viejo Continente, fundador de la Unión Europea. En 1980 Francia era el séptimo país más rico del mundo (PIB per cápita). Hoy ocupa el escalón 17.

Pero hay otros elementos: los motines y saqueos violentos en los suburbios a finales de 2005, que vivieron un eco hace algunas semanas en la emblemática Gare du Nord, en el norte de la capital. En 2005, Francia fue uno de los dos únicos países que dijo NO a la Constitución Europea, que había sido redactada… por un francés, el ex-presidente Giscard.

Los doce

Para dar respuesta a estos problemas, en 2007, luego del riguroso proceso de selección de pre-candidatos (que llegaron en esta ocasión a pasar de 30) los contendientes finales para la presidencia francesa serán solamente 12. A partir de los años 70 esta selección de precandidatos se fue haciendo cada vez más estricta. En Francia se utiliza el método de “padrinazgos” para optar a la candidatura a la presidencia, lo cual consiste en la obtención de la firma de apoyo de, al menos, 500 funcionarios electos (alcaldes, presidentes de región, diputados, senadores, etc.). Los grandes partidos (los veremos mas adelante) no tienen problemas para obtener tales apoyos, lo cual se muestra generalmente cuesta arriba para los pequeños partidos o los nuevos aspirantes. Existe un vivero potencial de 44 mil alcaldes (a diferencia de lo que ocurre en Venezuela un alcalde no tiene por qué pertenecer a un partido político para ser electo) y unos 10 mil funcionarios de otro nivel como candidatos a “padrinos”. Una vez vencido el plazo establecido para la inscripción el Consejo Constitucional valida las planillas de apoyo para cada candidato y anuncia la lista oficial de aspirantes a la presidencia.

Algunos de los candidatos actuales han abogado públicamente por la eliminación del sistema de padrinazgos y recurrir al sistema de firmas directas de los ciudadanos. La petición puede tener sentido. La negativa de los funcionarios a dar su apoyo a tal o cual candidato fue causa del cuestionamiento de la capacidad democrática de tal sistema de padrinazgos para garantizar la libertad de expresión. En efecto, los franceses, en más del 55%, expresaron durante la precampaña su deseo de que, por muy odiosa y despreciable que pueda ser una posición política concreta, disfrute de su derecho de pasar a la arena de la contienda política en virtud del principio de respeto a la libertad de expresión.

Nicolás Sarkozy, candidato del partido de gobierno UMP, pidió en cierto momento a los alcaldes de su partido firmar las planillas de padrinazgo (si era necesario) a los candidatos Olivier Besancenot (extrema izquierda) y Jean-Marie Le Pen (extrema derecha) para que completaran su cuota de 500 apoyos: una auténtica lección de democracia pluralista en la que se respeta el derecho de cada quien a expresar su opinión, al menos en el terreno de las ideas políticas.

Abanico y arcoiris

Desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha, los candidatos a la elección presidencial francesa conforman un abanico de opciones y de colores, en ocasiones difíciles de discernir. Sus discursos exhiben variados matices, tanto de forma como de fondo.

Es en la izquierda de la izquierda donde el desmigajamiento, producto de la eterna discordia de ese sector político (nada peculiar, por cierto, a la política francesa), resulta más desconcertante. Incapaces de ponerse de acuerdo para apoyar una candidatura única (lo intentaron durante meses, pero el Partido Comunista francés, empeñado en lanzar la candidatura de su secretaria general, bloqueó el proceso de entendimiento), la extrema izquierda, cuyos líderes principales, además de un discurso anti-occidental, anti-europeo, anti-mercado y anti-capitalista sin concesiones, exhiben igualmente egos personales incapaces de dar paso al entendimiento colectivo, presenta nada menos que 5 candidatos que, vistos de lejos, son difíciles de distinguir en cuanto al contenido de sus propuestas. Cada uno, por separado, no llega el 5% de intenciones de voto, lo que hace al colectivo sumar apenas el 10% de electorado potencial, una posición bastante incómoda de mantener y justificar de cara al esfuerzo descomunal de movilización de sus militantes fervorosos.

Olivier Bensacenot, el benjamín de la elección (tiene apenas 32 años y es la segunda vez que se presenta a la elección presidencial), es el portaestandarte de la Liga Comunista Revolucionaria, partido de inspiración marxista (“trotzkista”), nacido del mayo del 68. Licenciado en Historia, aunque trabaja como cartero, presenta un programa de gobierno de izquierda dura. Promotor de la igualdad a ultranza, su discurso se concentra en las típicas medidas de la izquierda comunista clásica: nacionalización completa de la educación (abolición total de las escuelas, colegios y universidades privadas), mayores impuestos a las empresas, prohibición de los despidos, reducción de la semana laboral a 30 horas, aumento general de sueldos y salarios, etc. Su libro, Revolution!, está en lista de espera para ser traducido al castellano por parte del gobierno de Hugo Chávez.

Arlette Laguillier, una de las dos personalidades decanas de la elección (se presenta por 6ª vez, su primera fue en 1974), es también la más acérrima anticapitalista del grupo. Empleada jubilada de la Banca privada, se presenta por el partido Lucha Obrera. La señora Laguillier, sin embargo, es la única consciente del grupo de la debilidad de la izquierda radical. Sus propuestas, de inspiración también “trotskista”, se reducen al campo de los obreros y su enfrentamiento con el patronato empresarial es la bandera fundamental de su campaña.

Marie-George Buffet, secretaria general del Partido Comunista francés, es la candidata de ese partido por decisión de la inmensa mayoría de sus militantes, lo que provocó el bloqueo total de la elección de un candidato único por parte de la izquierda dura a finales del año pasado. La señora Buffet fue Ministra de Deportes y Familia durante el gobierno de Lionel Jospin (Partido Socialista) como Primer Ministro (segunda cohabitación). Como sus otros colegas ideológicos, sus propuestas amplían el papel del Estado minimizando la iniciativa privada y la participación de Francia en la Unión Europea. Con menos de 2% de intenciones de voto, podría hacer el peor score de la historia del Partido Comunista Francés.

Gerard Schivardi, alcalde de provincia, ex militante del Partido Socialista, es el candidato del Partido de los Trabajadores (troztkista), y enarbola como bandera principal la ruptura de Francia con la Unión Europea. Gran defensor de la Francia rural, se define a sí mismo como uno de los últimos socialistas “verdaderos”. Es el más desconocido de todos los candidatos, con menos del 1% de intenciones de voto.

Dominique Voynet es la candidata ecologista (Les Verts, los verdes), de tendencia izquierdista. Sufre, sin embargo, de una paradoja: nunca el ambiente, la naturaleza y el tema ecológico habían estado tan en el centro del debate político, y nunca la candidata verde había estado tan bajo en los sondeos: entre 1,5% y 2% de intenciones de voto. En mi opinión, el debate ecológico trasciende las fronteras ideológicas tradicionales de izquierda y derecha, pero también es cierto que la prédica ecologista tiene poca resonancia en el público en general quien, si bien comparte el diagnóstico, no comparte la medicina recetada: los ecologistas extremos promueven el concepto de “decrecimiento” que no es otra cosa que una reducción del proceso de industrialización, reducción del consumo y la prédica por un modo de vida cada vez más frugal.

José Bové, el último de los candidatos inscritos, feroz alter mundialista y antiguo dirigente de la poderosa Confederación Campesina francesa, no tiene partido que lo respalde. Anarquista en otros tiempos, Bové quiere ser el candidato que una a toda aquella izquierda que no se ve reflejada en ninguno de los candidatos tradicionales de izquierda. Es la primera vez que se presenta a la presidencia.

Frédéric Nihous es el candidato de un partido de tendencia nacionalista y rural (ideológicamente centro derecha): Caza, Pesca, Naturaleza y Tradición (CPNT), que aboga por el proteccionismo francés, especialmente de la industria agrícola. Su eslogan es: Primero lo rural, y quiere ser una alternativa al partido ecologista tradicional, Les Verts, a quienes considera “eco-locos”, debido a la crítica acerba de los verdes hacia las prácticas tradicionales de caza y pesca. Pero también, a mi modo de ver, Nihous quiere ser considerado como el representante rural anti Bové (este último es visto como un buscapleitos a causa de su pasado conflictivo y sus constantes problemas con la justicia por sus protestas violentas).

Segolène Royal es la candidata del Partido Socialista, primera mujer en alcanzar la nominación del partido a la primera magistratura. Fuerte candidata a pasar a la segunda vuelta, la señora Royal cuenta con electorado potencialmente numeroso y poderoso. Logró imponerse en las elecciones internas del partido a los llamados “elefantes” (los líderes tradicionales) quienes han dado muestras de no haber sabido digerir aún el golpe. El fantasma del 21 de abril de 2002 (cuando el Partido Socialista quedó eliminado de la primera vuelta por el Frente Nacional, eso lo comentaremos más adelante) planea como un fantasma sobre la conciencia de los electores de izquierda socialista. Royal es la segunda en los sondeos de opinión desde el inicio de la campaña (un 24%). Sus propuestas, presentadas bajo el título de Pacto Presidencial, siguen el esquema clásico de la izquierda: continuar con el Estado benefactor, tan querido de los franceses.

François Bayrou, presidente del partido UDF, es el candidato del centro (ideológicamente emparentado con la democracia cristiana). Bayrou es el fenómeno electoral de este año. Tradicionalmente asociado a la derecha, Bayrou supo deslindarse durante la precampaña de sus aliados de la UMP (derecha) para abogar por una ruptura con el bipartidismo (¿les suena familiar?). Su discurso promotor de una tercera vía entre la derecha (UMP) y la izquierda (Partido Socialista) ha encontrado eco, especialmente entre los jóvenes votantes y aquellos decepcionados del tradicional péndulo de la política francesa entre la izquierda y la derecha. Con casi 20% en las encuestas, Bayrou puede ser un contendor serio para pasar a la segunda vuelta de las elecciones. Sus propuestas, económicamente de derecha, socialmente de izquierda, muestran un equilibrio frágil entre los dos contrarios que trata de conciliar. Su electorado, igualmente, es volátil y cambiante.

Nicolas Sarkozy, hasta hace poco Ministro del Interior, es el candidato del partido gobernante, UMP, de derecha, y quien encabeza como gran favorito todos los sondeos de opinión desde el inicio inclusive de la pre-campaña. Ha sabido llevar la batuta del proceso de la campaña, colocando los temas que le interesan en el centro del debate, y obligando a los otros candidatos a seguirlo. Sin embargo, en las últimas semanas se ha dedicado a cortejar el electorado de la extrema derecha al proponer la creación de un Ministerio de la Identidad Nacional y la Migración (un golpe a los candidatos de la extrema derecha). Sus propuestas económicas incluyen medidas para flexibilizar el sistema de 35 horas, y reducción de las cargas empresariales y los impuestos.

Philippe de Villiers, empresario de la región de La Vendée, es el presidente y candidato del Movimiento por Francia (MPF), de la derecha nacionalista y soberanista. Su aversión a la Unión Europea, su prédica constante contra el islamismo, su NO rotundo al ingreso de Turquía en la UE y su combate contra la delocalización de empresas en el exterior lo hacen el representante de la derecha anti-liberal por excelencia.

Finalmente, Jean Marie Le Pen, el otro decano de las elecciones francesas (se presenta por 5ª vez) es el representante de la ultraderecha francesa, tradicionalmente xenófoba y racista (aunque han cambiado de discurso en los últimos años). Económicamente proteccionista, antimusulmán, Le Pen ha llegado incluso a negar o minimizar el Holocausto judío de la segunda guerra, y lamentó públicamente que el presidente Chirac haya reconocido la responsabilidad de Francia en la deportación de judíos durante la ocupación nazi. Sus tesis populistas tienen efecto, especialmente en el electorado rural: en el año 2002, Le Pen lograba sacar al Partido Socialista de la primera vuelta.

Los franceses, pues, en efecto, tienen frente a sí un auténtico arcoiris de colores políticos e ideológicos para elegir. En el camino (no alcanzaron los padrinazgos necesarios) quedaron ejemplares más o menos raros del paisaje (incluso un realista, quien aboga por el retorno de la monarquía). Pero el sistema de dos vueltas es enormemente peculiar: en la primera, el elector tiende a votar por el que más se le asemeja en términos de sus propuestas electorales; en la segunda, vota contra el que quiere eliminar.

Los reyes de la baraja

A diferencia de lo que fueron las elecciones presidenciales anteriores, en esta ocasión se dan simultáneamente varios factores que la hacen una elección singular y única.

El más notorio es la presencia de Internet y de los internautas. Durante la campaña interna de los socialistas, Segolène Royal, la candidata actual, lanzó su sitio web, deseos de futuro (desirs d’avenir), bajo el desprecio de los líderes tradicionales del partido quienes vieron en ellos una simple veleidad o capricho esnobista de la aspirante. Internet, especialmente entre los electores jóvenes, se mostró, sin embargo, ser un elemento poderoso catalizador de la discusión y del intercambio de ideas. Al final de este artículo aparecen los sitios oficiales web de los doce candidatos.

El elemento más novedoso y el más prometedor es que, con la excepción de Laguillier y Le Pen, todos los otros candidatos son menores de 60 años, hecho inusitado en la política de Francia, tan habituada a la gerontocracia (Giscard con 48 años fue una notable excepción). Tal explosión de juventud es una esperanza de renovación profunda (se espera) de la manera de hacer política en Francia. Con el anuncio de Chirac de no presentarse para un tercer mandato, se cerraba todo un ciclo de historia política de este país.

La presencia juvenil en el electorado es un elemento de incertidumbre. La población votante aumentó en casi 5% respecto a 2002 (jóvenes todos ellos, quienes votan por primera vez, para un total de electores que ronda los 45 millones de personas), y que constituye un electorado difícil de predecir.

De los 12 candidatos oficiales, solamente 4 tienen oportunidades reales de pasar a la segunda vuelta: Nicolás Sarkozy (UMP), Ségolène Royal (PS), François Bayrou (UDF) y, en menor medida, Jean-Marie Le Pen (FN).

El pase de la señora Royal a la segunda vuelta sería un triunfo enorme para la democracia francesa. En primer lugar, porque centraría el debate con Nicolás Sarkozy en un auténtico pugilato entre izquierda y derecha, pero también porque sería la reivindicación del camino recorrido y de sus triunfos personales: primera mujer candidata a la presidencia con serias posibilidades de triunfo, su voluntad de romper con los tabú tradicionales dentro del partido Socialista (declaró públicamente su cercanía ideológica con el Primer Ministro británico Tony Blair, lo que le ganó no pocas antipatías dentro de sus propias filas), y su crítica al inflexible sistema de trabajo de 35 horas semanales. Su programa, sin embargo, adolece de las mismas fallas tradicionales de la izquierda: dádivas estatales para cuanto problema aparece, impuestos y más impuestos, protección del mercado laboral.

El candidato centrista, François Bayrou, es más prometedor desde el punto de vista económico (su programa de reducir drásticamente la deuda pública es más creíble que el de sus contendores), pero toma igualmente poco partido por la abierta economía de mercado. Su electorado, volátil, es otra incertidumbre. Su partido, UDF, es minúsculo, y su promesa de un gobierno de consenso, que tomaría lo mejor de “la izquierda y la derecha” hace temer una tercera cohabitación (las dos anteriores significaron la parálisis del país) y un gobierno basado en el mínimo común denominador.

Dejando de lado la vergüenza que sería otra vez para Francia que Jean-Marie Le Pen pasase a la segunda vuelta (su programa de gobierno es nacionalista, populista y xenófobo), solamente queda Nicolás Sarkozy como el único candidato que promueve abiertamente una auténtica ruptura con el pasado francés. Hijo de un aristócrata húngaro, que inmigró a Francia durante la Segunda Guerra, Sarkozy no tiene empacho en denunciar las carencias de la economía francesa desde el punto de vista liberal de una economía moderna: un rígido mercado de trabajo, baja competitividad entre empresas y con el exterior, proteccionismo estatal, altísimos impuestos, gasto público incesante. Su pasantía como Ministro de Finanzas le da solidez a sus propuestas en materia económica, y en el plano internacional no ha tenido complejos en expresar su deseo de reestablecer una nueva forma de relación con los EE.UU., desmejoradas desde la guerra de Irak y el rechazo de Francia a apoyar a los norteamericanos, y su admiración por el renacimiento de la economía británica. Mientras Gran Bretaña y otros países como España, Holanda e Irlanda emprendían reformas de carácter liberal sin dejar de lado sus tan apreciados sistemas de protección social, Francia se encerraba en su autismo económico. Una sola sombra habría que establecer en su perfil: su discurso en las últimas semanas, destinado a captar el electorado de Jean Marie Le Pen, ha acentuado las tintas en el aspecto nacionalista de la identidad francesa (llevando a la candidata socialista a hacer lo mismo, para escándalo de la ultra izquierda).

Dolores de crecimiento

El 21 de abril de 2002 estallaba la bomba: el Partido Socialista había sido eliminado de la primera vuelta por el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen. La segunda vuelta tuvo, entonces, carácter plebiscitario: Chirac era reelegido con 82% de los votos. El electorado de Le Pen ha mostrado ser sólido. Sigue mostrando un 16%-18% en los sondeos. Pero existe otro signo : siete candidatos anti-liberales, lo cual es una muestra de otra peculiaridad de la sociedad francesa: su aversión a la economía de mercado. Tanto la derecha nacionalista como la ultra izquierda comparten este elemento en común, en palabras de Le Pen: crear murallas, no para aislar a Francia, sino para protegerla. Pero lo que Francia necesita para resolver sus problemas actuales no es otra cosa que una economía que crezca vigorosa, y solamente una liberalización radical de la misma puede alcanzar ese objetivo. Dicen que Francia avanza solamente a fuerza de revoluciones violentas y no de reformas graduales. Los gobiernos de izquierda (Miterrand, Rocard) y de derecha (Chirac, Juppé) han sido incapaces de enfrentar el problema de los cambios graduales que harían a Francia un país poderoso económicamente. Ojalá que Nicolás Sarkozy y los franceses puedan probar lo contrario.

Antonio W.

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