Opinión Internacional

Francia y su difícil política exterior

EL choque entre el presidente de la República y su primer ministro tiene lugar en un pasadizo oscuro, estrecho, lleno de ambigüedades, por el que Francia hace avanzar su política exterior. El jefe del Gobierno tiene razón: dejemos de vivir en la mentira y llamemos a cada cosa por su nombre. El jefe del Estado también tiene razón: no puede ponerse en peligro el difícil equilibrio francés en Oriente Próximo por un ataque de sinceridad del primer ministro. Francia sigue siendo una gran potencia regional, y lo será muchos años si mantiene su clase dirigente. Estamos ante dos graduados de la ENA, no ante seres humanos: Chirac y Jospin, vencedores de esa oposición inverosímil, parecen hombres pero son monstruos de talento.

Francia es la cuarta economía del mundo. Su enfrentamiento táctico con Estados Unidos comenzó al acabar la última guerra. Aunque el acuerdo estratégico haya permanecido firme y sin fisuras, los desacuerdos se han multiplicado. No hay en Europa un pueblo de amistad tan fuerte hacia Estados Unidos como el francés. Y ningún país como Francia que recuerde, con cualquier pretexto, el nulo deseo de los europeos de verse avasallados por la superpotencia. En Washington se acepta este juego, a veces con una sonrisa benévola, a veces con irritación: saben que Francia puede arrastrar tras de sí a varios países de Europa si el enfrentamiento se tensara de verdad. Nunca ha ocurrido hasta hoy. Francia tiene 60 millones de habitantes, EE.UU casi la quintuplica. Los franceses producen 1.5 billones de dólares frente a más de 8 billones del PIB norteamericano. Pero Francia es también De Gaulle y Sartre y Bergson y Proust y Monod y una larga lista de premios Nobel. La influencia americana pesa en el incidente Chirac-Jospin.

No estamos ante un episodio mayor: pero no hay que ignorar lo que transmite. Jospin iba a Israel a retorcer el brazo al Gobierno de Barak y pedirle menos obstáculos en la negociación con los palestinos. Esta es la verdad. «Francia será, en la paz, un aliado de confianza para Israel», declaró a poco de aterrizar en el aeropuerto Ben Gurion. Palabras medidas al milímetro. Jospin conoce —y quizá comparte— la decisión del general De Gaulle, recordada en estas páginas: en 1959 el fundador de la V República facilitó a Israel la tecnología para desarrollar en el desierto del Neguev la bomba atómica. Naturalmente De Gaulle saltó sobre las afirmaciones oficiales —amistad tradicional con los pueblos árabes— para poner en manos de Israel los medios para su supervivencia. No hablamos de exportar algodón o chupa chups: se trata del arma atómica. El general tomó esta decisión porque sabía que, de lo contrario, los israelíes serían despedidos al mar. Aquella es una tierra que vive en alta tensión desde 1948. Fuera de sí, el ministro de Asuntos Exteriores David Levy amenazaba hace dos semanas, en la Knesset, con el fuego del averno a los atacantes shíies de una localidad judía: «Si arde Kyryat Shmona, arderá de inmediato el suelo libanés… ¡Sangre por sangre, alma por alma, niño por niño!» Este es el lenguaje que allí allí se escucha, en la tribuna del parlamento. En este clima Lionel Jospin dijo 12 palabras medidas al milímetro: «Francia condena los ataques de Hizbollá y todas las acciones terroristas unilaterales» . La imprudencia y el cálculo pueden mezclarse deliberadamente. La Universidad de Bir-Zeit, en Samaria, centro católico en su origen, vive hoy tomada por extremistas palestinos vinculados a Hamas. Francia necesita mantener sus posiciones energéticas en Irán, Irak, Arabia Saudí, Egipto… ¿Pero cómo denominar a quienes bombardean una y otra vez ciudades y pueblos israelíes desde enclaves libaneses? En ese clima de crispación las trampas eran constantes: el alcalde de la capital, Ehud Olmert, recibió a Jospin con un tétrico saludo: «Bienvenido al Jerusalén reunificado». Y Jospin, de inmediato: «Me alegro de estar en una ciudad que pertenece a todos». El daño no será grave para Jospin. Puede serlo, y no poco, para Arafat.

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