Opinión Internacional

Futuro en Cuba ¿cómo se vive allá?

Al concluir este drama, ¿a qué mundo regresaría Elián? Nuestro corresponsal en La Habana, Jose Meléndez, nos da una perspectiva de la vida cotidiana del cubano promedio. Las libretas de raciones, el mercado negro, las revisiones policiales; un vistazo a la Cuba que reclama al niño balsero.

CON una remendada raqueta de jugar tenis y un maletín, Mario recrea a diario un discreto y disciplinado personaje de deportista para afrontar y eludir los sorpresivos controles policiales que aparecen en cualquier esquina de los barrios habaneros. Silencioso y cortés, se desplaza por edificios y casas, toca a las puertas de sus fieles clientes y ofrece una mercancía que siempre es apetecida en Cuba: huevos.

Rubio, delgado y joven, asemeja a un voluntarioso y ordenado atleta que por las mañanas va a pie hacia el campo de juego. Pero en realidad es sólo uno de los tantos vendedores ambulantes que no pagan impuestos y que, en la dura sobrevivencia cotidiana, inventan y recurren a múltiples artificios para penetrar el reprimido, agitado e intenso mundo de la bolsa negra o economía informal, subterránea o segunda economía, frente a la fuerza omnipresente del Estado.

«La raqueta en la mano derecha es para no levantar sospechas de los policías que siempre vigilan, el maletín en el hombro izquierdo para encubrir la carga de huevos», explica, mientras se deshace con rapidez de los cartones vacíos y, con desconfianza, se coloca de espaldas para esconder, en un compartimento secreto de su desteñido pantalón corto, el dinero que ha obtenido en una venta reciente de 30 huevos por tres dólares, con una utilidad que puede superar 50% y la seguridad de más capital de trabajo.

Oriundo de las afueras de La Habana, con 22 años de edad y 12º grado de escolaridad, a Mario le despreocupa ser parte de las estadísticas del desempleo. Como este falso tenista y diminuto empresario privado, una cifra innumerable de cubanos subsiste en la cadena casi interminable del mercado paralelo, que se multiplica en la ilegalidad y bajo un constante acoso estatal, con policías dispuestos a pedir a cualquiera que abra su maletín, para revisar el contenido y verificar si lleva mercancía para la venta.

Para el dominante sistema unipartidista y socialista de propiedad estatal, elementos como Mario son parte de una indisciplina social a la que pertenecen jineteras, las famosas prostitutas, que tampoco pagan impuestos, y una larga lista de vendedores de gasolina, queso, hortalizas, frutas, carne de res, mariscos, harina y un sinfín de comerciantes de productos robados mayoritariamente al barril sin fondo del Estado.

EXTENSA RED

Por eso, la red es extensa: Mario logra que algún contacto se robe los huevos -que escasean con frecuencia en las tiendas oficiales-, de una granja estatal, y se los venda para luego él revenderlos al doble, por ejemplo, a un propietario de un restaurante familiar o «paladar» que, a su vez, funciona sin permiso y que logra sus ganancias con los turistas extranjeros que se transportan con taxistas ilegales o boteros y que se hospedan en casas de cubanos sin autorización para actuar como hoteleros y que, por su parte, facilitan el acceso a tabaco falso hecho con materias primas sustraídas al Estado, a jineteras y al resto del ovillo.

Así, se trata de un mecanismo por el que pueden conseguirse, siempre o por atrás o por la izquierda, como dicen los cubanos, desde repuestos de automóvil, partes de computadoras, piezas de plomería, jabones, cosméticos, cortinas o pinturas, hasta las más recientes versiones pirateadas de películas de Hollywood, aceite para cocinar, muebles para el hogar o baratos enlaces telefónicos con el exterior, sin descartar programas especiales para navegar por Internet, sin necesidad de ser abonado, pero con las claves de alguna víctima que quedará sumida en el desconcierto cuando le llegue la cuenta del mes por el servicio ciberespacial.

Y en este gran negocio abierto y encubierto, circula con profusión parte del dinero que los cubanos residentes en Estados Unidos, en especial de Miami, envían a sus parientes en la isla. El monto de las remesas familiares es de unos mil millones de dólares al año, superior a la exportación de azúcar (principal rubro de producción) y rebasado sólo por el turismo como más importante generador de divisas (cerca de 2,000 millones de dólares en ingresos brutos), en un país partido en dos, uno que funciona en dólares y otro en pesos cubanos.

Con una garantía de gratuidad de la educación y la salud y servicios subsidiados de telefonía, gas, electricidad y agua y de algunos artículos de la canasta básica, los cubanos no esconden una mezcla de necesidad cotidiana y sueños consumistas por acceder al dólar, sin olvidar que la consigna política es detestar al capitalismo, mientras muchos todavía recuerdan los milagros que hace varios años se lograban con la hoy deteriorada moneda nacional, en la actualidad víctima de un movimiento limitado.

COMPLICADO ESCENARIO

Todo este complicado escenario es la estructura visible de un laberinto de eslabones enlazados que ha sido construido en un trastornado ir y venir de socios, amigos, colegas y variedad de relevos y que surge, entre otras cosas, del panorama generalizado de carencias que ha sufrido Cuba desde la caída de sus vitales y estratégicos aliados del campo socialista y la desintegración de la Unión Soviética entre 1989 y 1991.

El derrumbe del bloque soviético precipitó a la isla a una aguda crisis económica que provocó la pérdida de 85% de los mercados tradicionales y, de 1990 a 1993, una disminución de 75% de las importaciones, mientras se registraba una caída entre 34 y 38% del producto interno bruto (PIB).

En 1990, el régimen decretó un periodo especial, para un generalizado sacrificio popular. Un lento proceso de recuperación empezó en 1996, cuando el PIB creció 7.8%, pero bajó 1.2%, en 1998. Según cifras oficiales, el PIB aumentó 6.2% en 1999, pero las fuertes tensiones financieras por el bloqueo económico impuesto por Estados Unidos en 1962 reducirán en 2000 el ritmo de incremento productivo.

Tras la debacle en Europa del Este, el gobierno del Presidente Fidel Castro se vio obligado a abrir, parcial y lentamente, ciertas ramas de la economía al capital foráneo, con asociaciones en las que el Estado es accionista mayoritario, pero con la advertencia de que la apertura tampoco es para vender el país, sino con el fin de buscar capitales, tecnología y mercados nuevos para el desarrollo.

Sin renunciar al comunismo, Cuba ha insistido en que, aunque intenta adaptar su frágil economía a los cambios y nuevas condiciones y características de una economía mundial controlada por una globalización irreversible, el sistema socialista preservará el papel dominante de la propiedad estatal.

Diversos estudiosos del panorama interno coinciden en que la apertura ha sido para los capitales y otros agentes foráneos, no para los cubanos, que chocan con rígidas restricciones en el intento de establecerse como miembros de un pequeño y limitado grupo empresarial emergente, surgido en los últimos años en la sociedad cubana y que se dedica a las más variadas actividades por cuenta propia. El Estado los regula por la vía fiscal y subsisten en medio de las carencias, y los que funcionan sin permiso, afrontan riesgos diversos.

La Comisión Económica para América Latina (Cepal) aseguró, a finales de 1999, en un informe sobre la economía cubana, que emergentes son los mercados agrícolas liberalizados, los paladares y muchas otras actividades por cuenta propia reguladas que alientan la producción y el empleo y, por la vía de la competencia, estimulan el abatimiento general de los costos y acaso pueden generar beneficios comparativamente exagerados o desalentar el trabajo de las empresas estatales.

Pero la Cepal advirtió que, si Castro reprime la actividad productiva individual o no estatal podrían surgir estallidos sociales y corrupción generalizada. Crear una economía mixta en un régimen socialista es un logro históricamente escabroso, se requiere primero de la separación legalizada entre el Estado, la sociedad y el aparato económico y luego de armonizar esos factores, planteó.

EL FUTURO EN CUBA

El futuro de Cuba, recalcó, no estaría encerrado en las tradicionales dicotomías del capitalismo o socialismo ya clásicos, pues el país podría fortalecer el papel de la sociedad civil o no estatal y democratizar la política económica por vertientes poco exploradas antes del derrumbe del campo socialista. Con tal escenario, la ruta de sellar el desarrollo y reprimir, antes de guiar la expansión de la economía informal frente a salidas alternas inexistentes o limitadas, podría provocar el surgimiento de estallidos sociales, expresados en mercados negros y corrupción generalizada, alertó.

Con 11 millones de habitantes, una población económicamente activa de 4.6 millones de cubanos, un salario promedio de 10 dólares al mes y un desempleo de 6%, y en la que declinan los estándares de vida y flaquea el aparato productivo, el desafío interno es incorporar, en vez de segregar o combatir, subrayó.

No fue posible obtener cifras actualizadas de 1999, pero, según el Ministerio cubano de Trabajo y Seguridad Social, la cantidad de licencias otorgadas vigentes para trabajo por cuenta propia disminuyó, de 159,506 en l997, a 129,695 en 1998. De acuerdo con la Oficina Nacional de Estadísticas, el número de trabajadores por cuenta propia bajó de 129,200 en 1997, a 112,900 en 1998.

Algunos observadores atribuyen el fenómeno de disminución de cuentapropistas, que aseguran continuó el año anterior, a la permanente hostilidad de inspectores, policías, dirigentes de las estructuras de vigilancia en las barriadas o simples denuncias de vecinos, sin desconocer que el Estado ha intervenido para tratar de competir en precios y servicios y desplazar a los potenciales empresarios privados.

Así, miles de cubanos prefieren la rebeldía fiscal y se niegan a inscribirse como contribuyentes legales, a sabiendas de que, por ejemplo, gran parte de sus ganancias se irían de sus manos por los impuestos.

O escogen la opción de Mario y, a lo cubano, resuelven y se buscan algún disfraz para eludir el acoso policial y penetrar el mundo del mercado negro, a veces sin importar el riesgo de que sea para vender una mercadería delicada y que escasea a veces en Cuba: huevos.

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