Opinión Internacional

Hacia una integración mediática

El Gran Caribe es una región básicamente incomunicada en su esfuerzo integracionista, que marcha marginada de los patrones comunicacionales que se consolidan aceleradamente en otros esquemas supranacionales. En general se nota una ausencia de la información transfronteriza acorde con la magnitud de los esfuerzos integradores.

Paralelamente a ello, la realidad de cada nación grancaribeña más allá de sus estructuras operativas -y sin ánimo de establecer fórmulas comparativas con los imperios mediáticos- es prolífica en televisoras públicas y privadas; sistemas de televisión por cable y satelital; diarios, semanarios, revistas y publicaciones especializadas; desarrollo de una plataforma de telecomunicaciones inalámbricas; estaciones de radio AM y FM, así como radioemisoras de onda corta; agencias nacionales de noticias; un crecimiento exponencial de la Web; producción cinematográfica y salas de proyección; Escuelas de Comunicación Social a nivel universitario y técnico; radiodifusoras y periódicos alternativos, por citar algunos ejemplos destacados en la modernizada aldea global que alguna vez concibiera Marshall McLuhan.

A pesar de este crecimiento generalizado, donde la televisión y la prensa escrita llevan la batuta -despuntando desde hace algunos años la internet- primordialmente por el tratamiento amplio de espacios informativos y discusión de problemas sociales, en la región grancaribeña existe un sobresaliente déficit del seguimiento informativo sobre las dimensiones reales de cada vecino. Este hecho se refleja en la estructuración de símbolos incompletos e imágenes ambiguas que en nada han contribuido al proceso de integración político-social que se desarrolla actualmente en el área, más allá de la infranqueable barrera del idioma.

El contenido de la información actual que transmiten los medios masivos hacia el interior de la sociedad civil del Caribe, parece estar aún más alejado de los modelos de integración que se adelantan en la zona. Primero porque, salvo las excepciones representadas por Televisa (México), el Grupo Cisneros (Venezuela), la novedosa televisión colombiana (Caracol y RCN) de gran calidad exportadora en el segmento dramático, así como el desarrollo sostenido de la Caribbean News Agency (CANA) y la Caribbean Broadcasting Corporation (CBU) en el mercado anglófono, las estructuras de comunicación supranacionales propias del Gran Caribe siguen siendo débiles.

En segundo lugar, porque la hegemonía de las transnacionales de la información (conglomerados mediáticos, servicios de internet, televisión por cable, agencias de noticias) permanece inalterable en muchas realidades domésticas y específicamente en las renovadas vías de enlace que buscan acortar las históricas brechas políticas y geográficas. Es más, la supremacía de la comunicación que vive su propia revuelta apuntalada en la información, el entretenimiento y el internet -y ante la que la estructura grancaribeña poco puede hacer- crece bajo oxigenadas plataformas que combinan viejas compañías de entretenimiento y comunicaciones con los colosos proveedores de Servicios en Línea.

Partiendo del hecho que el Gran Caribe reúne cualidades para conformar una típica Colectividad Informativa del nuevo milenio, que está a medio camino de regiones más recientemente industrializadas como la que aglutina a Corea del Sur, Taiwan, Malasia y Singapur, deben considerarse también a la hora de medir el impacto real de la información y las comunicaciones sobre la competitividad regional, la lenta incorporación de la informática y lo digital en la zona por problemas de infraestructura.

Así mismo lo que acontece a nivel latinoamericano y caribeño viene disminuyendo en el interés de la prensa internacional por razones que se explican a propósito de la disminución de los golpes de estado, la violencia política y el accionar guerrillero a nivel hemisférico. Esta transformación que abandona lo analítico para refugiarse en lo testimonial, se explica a partir de que América Latina y el Caribe ha sido integrado a una interpretación mucho más general, de lo que se llama los países emergentes, perdiendo su especificidad.

Si bien nadie pone en duda hoy que sin comunicación e información no puede existir integración, el modelo vigente en el Caribe durante los últimos treinta años ha sido eminentemente comercialista, apareciendo como una utopía el establecimiento de una política de comunicación zonal en contrapeso con la que representan Hollywood o CNN, por citar algunos ejemplos.

La justificación de esta realidad tiene también sus orígenes en consideraciones histórico-estratégicas, donde la evolución de la región en materia comunicacional ha estado paradójicamente asociada a los vaivenes de la política hemisférica de Estados Unidos y por ende, a la dependencia tecnológica que se deriva de esta área de las telecomunicaciones.

Esta percepción incompleta derivada del libre juego de las fuerzas comunicacionales, más allá de retrasar la dinámica integracionista ha creado una plataforma estereotipada que con el paso de los años se ha encargado de delinear un marco considerable de la distorsión y que deberá ser tomado en cuenta para cualquier intento de reordenamiento regional que hoy definitivamente está repleto de iconografías inconclusas. Sus efectos sobre la asimetrías existentes (dimensión territorial, distancias geográficas, ingreso económico per cápita) y los desórdenes propios del proceso globalizador, sin duda deberán ser considerados obstáculos de peso para la futura percepción que la sociedad civil del Gran Caribe desee proyectar en sus esfuerzos para que la agenda social sea incorporada a la dinámica integradora.

Expresiones particulares de la percepción grancaribeña, así como las categorizaciones sobre aspectos de la realidad de grupos sociales, individuos y gobiernos, han sido almacenados por el receptor de la región con una carga de predisposiciones positivas y negativas, según sea el caso. Las mismas se originan en la tremenda polución comunicacional creada por las orientaciones hegemónicas extraterritoriales que algunos asocian con el imperialismo ideológico, junto a la inyección publicitaria como guía calibradora de los empresarios de mass media de la sub-región.

A cambio de ello la región contempla prácticamente inerme, la radical transformación que sacude el panorama mediático, dentro de espectaculares pactos corporativos que ya forman parte de la nueva historia escrita por las industrias culturales. Tal es el caso de la convergencia de poderes representada en la reciente fusión entre las compañías estadounidenses American On Line (AOL) y Time Warner que se hará sentir en forma súbita en este territorio.

Si bien el Gran Caribe no puede permitirse perder las oportunidades que le brinda las tecnologías de información para mejorar su crecimiento económico, en este mismo escenario se debe necesariamente circunscribir la evidente ausencia de un esquema mediático integrador definido en las agendas internacionales de los países. Y más grave aún, por las minusvalías propias de las plataformas comunicacionales inherentes a la Comunidad del Caribe (Caricom), del Sistema de Integración Centroamericana (SICA), de la Asociación de Estados del Caribe (AEC), o del Grupo de los Tres, por mencionar determinados esquemas de innegable vocación integradora, destinadas a la creación de por ejemplo, una televisión pública o privada del Gran Caribe o una mega agencia transcaribeña de la información (que incluya ciertamente a toda Centroamérica, Caribe anglófono, Caribe insular hispanoparlante, Venezuela, México, Colombia, Suriname, Antillas Neerlandesas, Aruba y territorios franceses de Ultramar) y que hoy no existen.

Pareciera entonces un dilema de naturaleza técnica o jurídica. Sin embargo, su solución no forma parte explícita de las estrategias de desarrollo interpuestas por las naciones del área en los esquemas de integración. Si bien existe una preocupación legítima por la naturaleza definitiva que deberá tomar la inserción grancaribeña en el proceso globalizador, ésta ha obviado las implicaciones de la información y comunicación doméstica en la negociación intra y extra regional.

A partir del tremendo impacto producido por la prodigiosa televisión estadounidense, puede inferirse que la idea de la integración grancaribeña o dicho de otra manera, entre un Caribe anglófono, hispanoparlante, francófono y neerlandés, ha sido contada desde hace décadas desde el Norte. Por otro lado el desaprovechamiento de las comunicaciones rápidas con la finalidad de vender la integración extra bloques idiomáticos, no ha llegado a la base popular de los países del Gran Caribe a través de políticas sistemáticas de información y comunicación. Entonces el conocimiento del lindante grancaribeño, es producto si se quiere de ráfagas informativas provenientes del suceso policial o limítrofe en boga, de la catástrofe natural de turno, de la crisis política más atrayente, de la cumbre presidencial de moda y hasta del enfoque inapropiado de un corresponsal de una agencia internacional que sea presa fácil de fuentes de información inexactas.

En resumen, desde adentro de los gobiernos grancaribeños hacia el seno de la sociedad civil, es insuficiente el esfuerzo contabilizado para oficializar alianzas comunicacionales con sentido del beneficio gubernativo y para reorientar el individualismo nacional exacerbado. En un entorno donde convergen la opinión pública y la información con los sentimientos nacionalistas y actitudes políticas, la audiencia gran caribeña ha adolecido en los últimos treinta años, de un modelo mediático equilibrado que estableciera referencias determinantes para un crecimiento compartido en una región de disímiles obvios y a veces casi infranqueables.

Existe el convencimiento intraregional del tremendo impacto educativo y concientizador que ejercen los medios en las estructuras nacionales, a la vez que su democratización sigue fundamentada en el derecho a la información de la que gozan los ciudadanos. A pesar de ello, resulta desconcertante que el sistema de comunicación vigente en la región del Gran Caribe no haya utilizado este potencial. Esto se hace obvio cuando se evidencia la inexistencia de televisoras regionales, agencias caribeñas de noticias con participación de los estados y sector privado (que incluya al Caribe anglófono, hispanoparlante y al bloque centroamericano) y proyectos de intercambio radial para las mayorías. Esta deficiencia continúa siendo suplantada por los grandes esquemas comunicacionales de Estados Unidos y Europa, cuyas estructuras amparadas en la tecnología no encuentran fronteras ni barreras.

Finalmente, el vigor comunicacional que imprime la televisión en las opiniones públicas de los países de América Latina y el Caribe ha sido en consecuencia desaprovechado al abordar el espinoso tema de la integración. Primero porque el papel a ser desempeñado por los sistemas nacionales de comunicación para construir la unidad política, económica y social de la subregión, todavía permanece ausente en los convenios de asociación promovidos por los esquemas de integración. Mientras que la región insiste en desperdiciar el cúmulo de mensajes e informaciones provenientes de nuestro entorno, a cambio de complejos transnacionales más poderosos y estéticamente llamativos.

A excepción de la telenovela, los discos y por ende, los artistas y cantantes, sin olvidar los deportistas como mercado, nuestros productos informativos no son vendidos por la televisión, la radio o la prensa escrita con la urgencia requerida en beneficio de la construcción integradora. En consecuencia los estereotipos que de esas informaciones se reflejan carecen de las características y atributos necesarios para configurar un proceso aceptable de categorización de las otras regiones culturales.

La cuestión de cómo la sociedad grancaribeña enfrentará el futuro de esta revolución comunicacional no es en definitiva técnica, sino obedecerá a la acertada voluntad política que aproveche para el beneficio compartido, las ventajas derivadas de la más grande revolución comunicacional de la historia.

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