Opinión Internacional

Huellas de ayer y mañana

He respirado los aires electorales en España, tan distintos a los de mi país, pero no menos enconados. En Nicaragua las tensiones saltan como fuegos pirotécnicos entre las vociferaciones, y aquí discurren en las pláticas de café y en las mesas de los restaurantes, y se disfrazan en la cortesía engañosa de los medios de comunicación que esconden bajo guantes blancos sus alineamientos obvios, no en todos los casos, claro está, porque algunos muestran sus enconos de frente. No hay ruidos proselitistas, salvo en las pantallas de televisión, y los mítines, generalmente bajo techo, o en el encierro de una plaza de toros, no dejan llegar sus ecos a la calle que permanece ajena a las fiebres de campaña. Los carteles con los rostros de los candidatos a la presidencia del gobierno aparecen discretamente colocados en los postes de iluminación, sin que nadie parezca que se preocupe de alzar a verlos.

Si todo discurre en sordina, los protagonistas con mayor intención de voto, y verdaderos competidores, son el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), y el Partido Popular (PP), que se reparten la lucha entre izquierda y derecha, mientras Izquierda Unida (IU), más a la izquierda del PSOE, no parece reunir ímpetus suficientes entre los votantes para salir del sótano de preferencias donde se halla. Y no sabía que existiera otra fuerza más a la derecha del PP, hasta que una mañana, camino al quiosco en busca de los periódicos, me hallé las vitrinas de los comercios empapeladas con carteles rojo sangriento fijados con grueso almidón, que anunciaban el mitin de cierre de campaña de la Falange Española en un hotel de Madrid. Para mí, una verdadera resurrección de los muertos: el yugo y las flechas del escudo heráldico del partido de Primo de Rivera, asaltan la vista en los carteles, con alarde fantasmagórico.

Como cualquier ciudadano entre millones, me senté frente al televisor a presenciar el primero de los debates entre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, que duró dos horas. Todo el mundo seguía desde sus casas el combate cerrado, como el de dos boxeadores trabados en el cuadrilátero, a ver quién sacaba más sangre al otro, ataques en busca del nocaut, más que propuestas. Y es curioso. Ninguno de aquellos con quienes hablé antes del debate, del que todo el mundo se ocupaba en las conversaciones, estaba dispuesto a dejarse convencer por los argumentos que esgrimieran los adversarios. Cada quien tenía sus opiniones hechas, y habría de mantenerlas. Un debate para cerrar filas, y así lo confirmaron las encuestas después que había concluido, unas encuestas que dieron victoria ajustada para Zapatero.

Entre todos los temas debatidos, yo he elegido uno para comentar, porque concierne a América Latina, y es el de los inmigrantes. En la pantalla, pese a su aspecto atildado y su barba bien recortada, imagen del buen funcionario que lleva correctamente sus cuentas, Rajoy toma prestadas algunas flechas al escudo de armas de la Falange. Hay una insistencia suya, marcada en el guión preparado para este debate, acerca del carácter intrínsecamente maligno de la llegada de los extranjeros que buscan quedarse, una invasión que hace peligrar las sanas costumbres españolas, y lo ha repetido luego en un mitin en Canarias, resumiéndolo todo bajo una frase lapidaria: “no cabemos”.

Los inmigrantes, que siempre huelen a azufre. Son los responsables de los delitos de sangre, los que llenan las cárceles, los que perturban a los vecinos pacíficos en los barrios, los que traen costumbres perniciosas y disolventes, entre ellas la poligamia, los que vienen a formar getos, los que limitan a los españoles su acceso a la salud y la educación, porque desbordan, ellos y sus niños, los colegios públicos, los comedores escolares, las clínicas y hospitales. En fin de cuentas, los indeseables. Y por mucho que se disfrace con comedimientos y ambigüedades, es la xenofobia en vivo y a todo color, que busca azuzar el miedo a los otros, a los que son diferentes, y los demoniza.

Extraños caminos los de la xenofobia. Rajoy es gallego, y Galicia es un país de emigrantes, tanto que en Cuba todos los españoles son llamados gallegos, y Argentina es tan territorio italiano como gallego, para no hablar de los miles que emigraron al Brasil desde fines del siglo diecinueve, no otra historia que la de esa inmigración se cuenta en la subyugante novela maestra de Nélida Piñón, La república de los sueños. ¿Y qué ha sido España toda a lo largo de los siglos, sino un territorio de constantes emigraciones e inmigraciones, pero, además, un territorio de diversidades, un molde cambiante? Diversidad de pueblos, de lenguas, de costumbres, que vinieron a darle, al fin y al cabo, su propia identidad, una identidad que no podría explicarse sin esa diversidad, que es su riqueza.

En una lección impartida en la Universidad de Georgetown en el año 2004, José María Aznar, mentor de Rajoy y anterior líder del PP y presidente del gobierno, sacó otra de las flechas de aquel viejo carcaj cuando dijo que la victoria más antigua de España contra el terrorismo había sido la expulsión de los árabes del territorio español, una cruzada católica que concluyó con la toma de Granada en 1492. Mejor lo cito: “El problema que España tiene con Al Qaeda y el terrorismo islámico no comienzan con la crisis de Iraq…deben retroceder al menos 1.300 años, a principios del siglo octavo, cuando España, recientemente invadida por los moros, rehusó a convertirse en otra pieza más del mundo islámico y comenzó una larga batalla para recobrar su identidad. Este proceso de reconquista fue largo, unos 800 años….”
La reconquista, como paradigma, niega la identidad compartida, y niega ese proceso arduo y mágico que es el mestizaje cultural, un constante hervor del que resulta siempre una sustancia variable, y viva. Ni en el más negro de los sueños pintados por Goya en los muros helados de la historia española, puede vislumbrarse la idea de una mutilación beneficiosa, una cultura que se imagine a sí misma arrancándose pedazos de carne para purificarse, y poder caminar inválida en la oscuridad.

Qué lengua hablaríamos entonces en ambos lados del Atlántico, y qué cultura tendríamos, si las palabras heredadas de los árabes hubieran sido mutilables, o antes, de los godos y los celtas, y más antes aún, las de los fenicios, y los romanos, y los griegos, todos ellos pueblos extranjeros. ¿Y qué más extranjeros que los españoles en América, a la hora de la conquista? Y qué lengua hablaríamos de este lado si el español que llegó a nuestras costas no hubiera sido el fruto de todos esos componentes nacidos en la península de fuentes tan diversas, y que se nutrió entonces de múltiples voces americanas, y africanas.

No hay, pues, una España gris y lisa, una sola superficie cultural sin estrías ni relieves, ni alteraciones y fisuras, una losa impermeable sobre la que las inmigraciones sean incapaces de dejar huellas, ayer y mañana. De muchas maneras, éste es un viaje de ida y vuelta. Los ecuatorianos, peruanos, dominicanos, que dejan oír sus voces en las calles y en los balcones de Vallecas y Lavapiés, apenas están volviendo.

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