Opinión Internacional

Humanitarios

Confieso que a estas alturas de la guerra verbal de aquí para allá y de allá
para acá, me encuentro bastante confundida. Si en Colombia tienen la
computadora del finado Raul Reyes con pruebas “contundentes”; aquí el vivo y
coleando ministro del Interior, Rodríguez Chacín, exhibe su laptop para
responderle al jefe de la policía colombiana que más narcotraficante serás
tú. El gobierno de Uribe amenaza con llevar a instancias internacionales las
pruebas halladas en el spa de las FARC en territorio ecuatoriano. No hemos
sabido que el antes mentado ministro pretenda hacer algo semejante y exhibir
ante el mundo la supuesta condición delictiva del jefe policial colombiano.

Sin embargo no es la guerra de computadoras lo que confunde sino las páginas
enteras de la prensa y de revistas colombianas con revelaciones que lo dejan
a uno con los ojos como lechuza. Me siento incapaz de digerirlas en su
totalidad. Esas revelaciones, más que poner de manifiesto los crímenes de
Raúl Reyes y de sus camaradas de las FARC, nos muestran con detalle sus
conexiones con dos gobiernos supuestamente revolucionarios y más
supuestamente bolivarianos.

Es tanto y tan grave lo que sale a la luz pública que uno tiende a suponer
que el interés del gobierno de Uribe, más que justificar su acción militar
contra la organización terrorista, lo que persigue es mostrar al mundo la
calaña de dos gobernantes vecinos, especialmente del más escandaloso: Hugo
Chávez Frías. Con esas acciones, Uribe no trata de sacarse una simple piedra
del zapato sino abortar una amenaza real y cotidiana para la estabilidad de
la democracia colombiana. La alianza de sus dos vecinos con la
narcoguerrilla tiene un propósito que ya para nadie es un secreto: liquidar
el sistema democrático colombiano e instaurar una Gran Colombia muy alejada
del ideal bolivariano. La que buscan es la fusión del malandraje, de lo
antisocial y delictivo, la que aplica al pie de la letra la conseja de que
el fin justifica los medios.

En esa alianza del mal el presidente ecuatoriano ha sido sin duda más
discreto, se ha limitado a hacerse la víctima por la violación de su espacio
territorial. Un amigo me hacía ver que si Uribe quisiera chotearle esa
indignación a su par Rafael Correa, apenas tendría que recordarle que el
mismo declaró hace pocas semanas que Ecuador no limitaba con Colombia sino
con las FARC. De manera que quien podría protestar por la incursión en
territorio ajeno sería esa organización criminal. Pero regresando a la
discreción de Correa versus la bullaranga chavista, no son las oligarquías
venezolana y colombiana aliadas con el Imperio las que acusan a Chávez de
estar encompinchado con las FARC; el mismo confiesa su estrecha relación
afectiva con ese grupo forajido cuando guarda un minuto de silencio por el
“heroico combatiente” Raúl Reyes. Estaba horrorizado por la falta de
sentimientos de Uribe y compañía, risueños ante las imágenes del terrorista
ejecutado. ¡Es un ser humano! clamaba el enternecido Chávez.

No me voy a explayar en lo que tanto se ha escrito sobre el silencio y la
absoluta indiferencia del humanitario Chávez, ante las decenas de
venezolanos que mueren cada día en guerras de bandas o a manos del hampa y
de los compatriotas venezolanos –civiles y militares- asesinados o
secuestrados por las FARC. Lo importante es tratar de entender qué significa
ser humanitario. Por ejemplo: si se muere Osama Bin Laden, sea de muerte
natural o por la mano de quien fuere, millones de muy humanitarias personas
regadas en el mundo entero estamos dispuestas a brindar con champaña. Si el
muerto es Mahmud Ahmadinejad, otros millones saltaremos en una pata
henchidos de felicidad. El día que Fidel Castro decida morirse de verdad,
seremos también millones los que tendremos una sonrisa de oreja a oreja.

Cuando se sepa que Marulanda Tirofijo se murió, sea en tierras venezolanas
o colombianas, centenares de miles suspiraremos aliviados y diremos ¡un
crápula menos!
Pretender que ser “humanitario” es condolerse por la muerte de genocidas, de
amenazas contra la humanidad, de secuestradores que someten a sus víctimas a
los tormentos y humillaciones más aberrantes; es la más monumental de las
hipocresías. Otra cosa es respetarles los derechos humanos que ellos no le
respetaron a nadie. ¿Pero lamentar sus muertes? ¡Por favor, Chávez!
Y aquí es donde quería llegar para referirme al único gobierno en el mundo
que sigue creyendo en el humanitarismo de Chávez como medio para liberar -no
a todos los rehenes en manos de la FARC- sino a una sola de ellos, a la
única que tiene nacionalidad francesa: a la señora Ingrid Betancourt. No hay
que hilar muy fino para concluir que tanto Hugo Chávez como el presidente
francés Nicolás Sarkozy, han utilizado a los rehenes como instrumento para
sus fines políticos. No pretendo igualarlos en la vocación de asociarse con
delincuentes internacionales, en eso nadie le gana al amigo de El Chacal; la
similitud está en que para ninguno de los dos importa un bledo la suerte de
centenares de seres humanos que sufren el cautiverio impuesto por la banda
asesina colombiana, sino el impacto mediático de la liberación de algunos de
ellos en su imagen nacional e internacional. Ambos, cada uno por sus propios
intereses, han llegado al colmo de culpar al presidente Uribe por las
desgracias que padecen los secuestrados y sería Uribe el asesino, y no las
FARC, en caso de que algunos de los rehenes fuesen ejecutados por sus
captores o muriesen por causa de enfermedades y privaciones.

Otros gobiernos, conscientes ya de la realidad, han preferido guardar silencio o
limitarse a condenar -como un saludo a la bandera- la incursión del ejército colombiano
en territorio de Ecuador. La guerra de Chávez es pasto de caricaturistas y columnistas
satíricos urbi et orbi. Una vez más Venezuela protagoniza, gracias a su presidente,
uno de los acontecimientos más ridículos e hilarantes de la historia.

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