Opinión Internacional

Israel como ejemplo

Esa fecha no pudo cumplirse por los avatares de la guerra de independencia que, como otra singularidad, no se libró contra la potencia colonial, Gran Bretaña, sino contra los vecinos estados árabes que no reconocieron el establecimiento de un Estado Judío en Tierra Santa, que ellos llaman “tierras árabes”.

La Asamblea Constituyente se reunió por fin a principios de 1949 y declaró un período de transición que, en cierto sentido, aún continúa; se autoproclamó Parlamento mediante la ley de la Knesset y en virtud de no acordarse un texto definitivo, optó por dictar leyes básicas o fundamentales que luego, en conjunto, formarían la Constitución.

De manera que Israel no tiene Constitución, formal, escrita, sino ese conjunto de leyes fundamentales que ni se acercan a los armatostes jurídicos tan frecuentes en tierras hispanas; más bien se acercan al sistema británico del “estatute law”, leyes del Parlamento, que acompañan al “common law”, derecho basado en la costumbre.

Venezuela por el contrario ha tenido 26 Constituciones, formales, escritas, incluso una llamada “constitución suiza”, dictada en 1881 por el Ilustre Americano, Guzmán Blanco, de la que sólo nos queda la sentencia de Pérez Alfonso: “No somos suizos”.

Y este es el quid de la cuestión: los venezolanos somos víctimas del mito constituyente, esa obstinada creencia de que el país puede refundarse sobre nuevas bases y orientarse hacia el desarrollo por el mero conjuro de una nueva constitución, siendo que eso ya lo hemos hecho antes, 26 veces, y aquí podemos palpar los resultados.

Se ha hecho muy popular la frase: “Si sigues haciendo lo mismo que estabas haciendo no puedes esperar un resultado distinto al que estabas obteniendo”; incluso se da como definición de insania mental.

La cuestión no es tener “la mejor constitución del mundo”, sino cumplirla. Y esto también viene desde los orígenes, las Leyes de Indias, de las que se decía que “se acatan; pero no se cumplen”.

En Venezuela se ha desarrollado toda una filosofía sobre en el incumplimiento de la Ley y su correlato, el “formalismo jurídico”, que todo lo arregla dictando leyes que a la postre son artículos de vitrina, para exhibir en público y quedar más o menos bien.

Todo está dicho y escrito: si se quiere ser realmente radical, debemos prescindir de una vez por todas de la Constitución y de su ascendiente atávico, la Constituyente, que no es más que un mito fundacional.

Hoy ostentamos la constitución más prolija del mundo pero el gobierno no la cumple, sólo la usa como camisa de fuerza contra la sociedad civil y el colaboracionismo como excusa para no hacer nada.

Los que tenemos que cambiar somos los venezolanos mismos, porque la constitución ha sido abolida en la práctica, al no dividirse el poder público ni garantizarse los derechos.

Debemos aprender de la sabiduría de Israel, en esto, como en tantas otras cosas.

 

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