Opinión Internacional

La autodefensa de la sociedad

Colombia ˜que es aquí al lado, como decir, nosotros mismos˜ vive para estos días un importante debate sobre el tema de la verdadera justicia. Ha estallado por la probable liberación˜ dentro de quizás cuatro años˜ del psicópata Luis Alfredo Garavito, aquel que batió un siniestro récord mundial de asesinatos de niños. Fue matando infantes inocentes, hijos de la calle y otros que encontraba en el camino, por media Colombia y aún Ecuador, hasta totalizar ciento cuarenta víctimas en varios años.

Luis Alfredo Garavito, un personaje de antología, quien se hacía pasar por rezandero y santurrón para atraer a sus víctimas, acumuló 64 penas por los crímenes que confesó. Porque resulta que muchos de los cadáveres estaban tan descuartizados y otros inidentificables, al punto que el peor problema de la justicia fue confeccionar la lista completa de sus víctimas.

Tiempo atrás, en la época de la Constituyente de 1991, los colombianos también asumieron la moda del garantismo para los procesados y penados. Bajo el impacto de la nueva criminología se apostó a crear las mejores oportunidades del delincuente para su rehabilitación. Así asumieron la figura de la acumulación de las penas, bajo la cual, fuesen cuales fuesen los delitos, se pagaba sólo una vez, la condena más alta. Entonces Luis Alfredo Garavito, por los 140 masacrados sólo va a pagar 31 años una sola vez.

Tampoco serán 31 años, porque aplicando todos los beneficios procesales, la reducción de la pena por estudio, buena conducta, no reincidencia y otros conceptos, su tiempo en prisión se reducirá a doce años de cárcel. Es decir, que dentro de cuatro años lo tendrían otra vez en la calle, rehabilitado o no, pero libre, libérrimo para seguir su vida.

Luis Alfredo Garavito no es un enfermo mental. Su condición claramente tipificada es la del psicópata, ese asesino frío, brillante, taimado y meticuloso que nunca pierde la noción de la realidad, no oye voces ni percibe alucinaciones, mantiene la calma en las peores circunstancias, pero mata por una impulsión homicida incontrolable. De hecho, lo único que tiene dañado es el sistema contralor de los valores éticos.

Garavito es como Nerón, aquel que quemó a Roma y tocaba la lira mientras la humareda sofocaba a los inocentes. Como David Berkowitz y Ted Bundy, los sociópatas que conmocionaron Norteamérica en los años setenta. Como Adolfo Hitler y Leopoldo II de Bélgica, los peores genocidas de la historia universal. Tiene la misma condición de Cybell Naime Yordi, aquella que acabó con dos jóvenes caraqueños por haberse equivocado al venderle un gato. Es una personalidad psicopática, genial y organizada, pero anafectiva e inmune a las valoraciones éticas.

La doctrina jurídica tiene varias concepciones sobre la responsabilidad penal del psicópata, pero la corriente prevaleciente apunta a su plena capacidad procesal. Realmente no es un enfermo mental, por el contrario, es perfectamente consciente de sus actos. A diferencia del esquizofrénico, del psicótico en conjunto, nunca pierde la noción de la realidad. Y más allá del neurótico que se descontrola y estalla en un rapto de ira, éste se mantiene frío, impasible y mata sólo por satisfacer un deseo instintivo.

En Estados Unidos han resuelto el problema de los psicópatas criminales encomendándoselos a Dios. Les meten curas en las celdas, los complacen con la última voluntad, aceptan que se confiesen y conviertan, pero el día de la ejecución, los electrocutan o inyectan sin prurito alguno. Así han ido creando barreras para proteger su sociedad. En los años sesenta, un psicópata de particular brillo, Caryl Chessman, conmovió a la opinión mundial. Violaba parejas y las mataba alumbrándolas con una linterna. En la cárcel se reveló como un escritor de fuste, un magnífico comunicador. Publicó best sellers, concitó la opinión internacional, pero en su momento lo ejecutaron, sin dejar de lamentar que hubiese sido tan inteligente y tan criminal.

Ante la noticia de la cercana liberación de Garavito, Colombia está reaccionando progresivamente. Magníficas investigaciones de prensa han reseñado la opinión casi unánime de los psiquiatras. Los psicópatas no tienen recuperación. Lo dicen en la Sociedad Colombiana de Psiquiatría Biológica, en la Unidad Mental de la Cárcel, en el Colego profesional, en el foro público. El común propósito es crear una matriz de opinión pública para defender la sociedad de todos los Garavitos que por allí queden.

Dos representantes bogotanos, David Luna y Simón Gaviria, han ido más allá y de inmediato comenzaron a promover la reimplantación de la cadena perpetua para los abusadores sexuales que maltraten o asesinen menores de edad. No se han parado a escatimar la cantidad de tratados internacionales que su país tendrá que denunciar para reimplantar la cadena perpetua. Han respondido a su obligación como representantes populares proponiendo un proyecto de ley que a su vez provocará un vasto debate nacional en tan delicada materia.

Porque la nueva Criminología, en el camino de ofrecerle las mayores oportunidades al delincuente para su reivindicación, reeducación y salvación, está desguarneciendo a la sociedad, la está dejando sin defensas. Para salvar a unos pocos está condenando a la gran mayoría. Un atisbo de ello lo tenemos en el nefasto Código Orgánico Procesal Penal de Venezuela, maravilloso y modernísimo, pero que en la práctica se ha traducido en la mayor impunidad y fomento de la delincuencia.

Si la sociedad cede a sus defensas, le abre camino a la delincuencia. En el camino de acabar con las injusticias procesales, de darle una segunda oportunidad a los equivocados, se le abrieron las puertas a la impunidad masificada. Ya es tiempo de confesar que instrumentos como el Código Orgánico Procesal Penal Venezolano lejos de beneficiarnos están desangrándonos.

Claro está que el viejo modelo, inquisitivo, patente de corso para las corruptelas de la policía, cada «tombo» con su propio retén a rastras, no fue el estadio ideal. Pero nos mudamos a algo peor. Queriendo resolver el problema, lo empeoramos. De la vetusta Ley de Vagos y Maleantes saltamos al limbo, sin instrumento alguno de Política Criminal . Y el resultado palmario es la violencia desatada. He aquí un tema palpitante, impostergable, el verdadero problema de fondo. La necesidad de aumentar sustantivamente las penas, derogar parcialmente al Código y fortalecer las barreras de la sociedad para su propia defensa.

Abogado / Politólogo

Fundado hace 25 años, Analitica.com es el primer medio digital creado en Venezuela. Tu aporte voluntario es fundamental para que continuemos creciendo e informando. ¡Contamos contigo!
Contribuir

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Te puede interesar
Cerrar
Botón volver arriba