Opinión Internacional

La bomba iraní

Sólo la ingenuidad o la mala fe pueden negarlo: el régimen iraní está decidido a completar un programa nuclear militar y detonar una bomba atómica. El anuncio de que Irán tenía una planta secreta es la punta del iceberg. Tal información era conocida hace meses por los servicios de inteligencia occidentales, y cabe preguntarse por qué no había sido desvelada. El Presidente Obama habría podido aprovechar su blando discurso en la ONU para solicitar efectivo apoyo internacional dirigido a presionar a Irán. Pero el Presidente norteamericano, como ya es costumbre, prefirió reiterar sus utopías y soñar despierto con un mundo de bondad.

En esa línea de ensoñaciones Washington ha optado por complacer a Putin, traicionando firmes promesas formuladas a Polonia y la República Checa con relación al escudo antimisiles. El cálculo es que con ésa y otras concesiones los rusos tendrán mayores incentivos para apretar las tuercas a Teherán y participar de nuevas sanciones. Uno se pregunta quiénes formulan semejantes conjeturas. Moscú es el principal aliado estratégico del régimen iraní y le ha suministrado su más importante reactor nuclear. Los servicios de inteligencia rusos e iraníes trabajan en estrecha armonía, y Moscú envió centenares de expertos en “seguridad” para reprimir las manifestaciones posteriores al fraude electoral de Ahmadinejad y sus secuaces.

El objetivo estratégico central de la Rusia de Putin es debilitar a EEUU. El arma atómica iraní no es percibida en Moscú como una amenaza vital. Si lo fuese, Rusia no continuaría apoyando a Teherán con las operaciones del reactor nuclear. Por años Moscú ha tenido la oportunidad de sumarse a EEUU y otras naciones para disuadir a Irán y sin embargo no lo ha hecho. Es posible que ahora, en vista de que las máscaras han caído, y de que únicamente la ingenuidad o la mala fe hacen posible presumir que Teherán busca la energía atómica con fines pacíficos, Moscú finja adoptar una postura menos tolerante hacia Irán.

Existe evidente interés en Moscú, Beijing, París y Berlín, todos ellos de un modo u otro compinches comerciales de los Ayatolas, en darle un respiro a Obama y concederle finalmente un resultado que pueda ser presentado como una victoria diplomática. Los discursos de Obama han convencido a los siempre acomodaticios europeos, así como a los enemigos de la libertad, que otro Jimmy Carter ocupa la Casa Blanca y que conviene preservarle allí. Por ello no es descartable un arreglo que en apariencia someta a Teherán a mayores controles pero que en la práctica le permita proseguir enriqueciendo uranio y eventualmente detonar un arma nuclear.

No obstante, quizás los fanatizados iraníes se nieguen a complacer al despistado Barack Obama. Teherán respondió a los anuncios sobre sus actividades secretas con ejercicios militares, en los que se usaron misiles capaces de alcanzar Israel (y Europa también, de paso). Los iraníes, al igual que Putin, Chávez, Gaddafy, Kim Jon-Il y el resto del grupo están avanzando casi sin obstáculos, excepto los que su propia imprudencia coloca en el camino. En cambio, el Occidente democrático continúa su rumbo de decadencia en medio del relativismo, la renuencia a defender sus valores, la opulencia y el desgano existencial.

Sólo Israel tiene la voluntad para impedir, sin retórica y con hechos, que Irán detone mañana o pasado mañana un arma nuclear. Pero Israel está sola. El antisemitismo conquistó otra vez a Europa y Barack Obama es un político confuso y débil. Washington perdió la brújula e Israel tendrá que actuar, así sea por desesperación.

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