Opinión Internacional

La butaca de Nueva York

Ahora que Maduro es el enésimo canciller de Chávez, el puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU que tanto busca la «revolución bolivariana», puede convertirse en lo más oneroso de su diplomacia millardaria.

¿Cuánto le estará costando al erario venezolano la campaña internacional para conseguir una butaca en el exclusivo Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas? No es fácil calcularlo porque las finanzas públicas del «gobierno bolivariano» son tan secreto de Estado como la precaria salud de Fidel Castro.

Pero una cosa si es cierta: el billete petrolero recorre los cinco continentes en busca de los votos necesarios para que el embajador Arias Cárdenas repita como lorito lo que su hermano del alma le provocará exclamar en aquel recinto. ¿Lo conseguirá?

Venezuela ha estado varias veces en el Consejo de Seguridad, y no precisamente a punta de «estímulos presupuestarios». El antiguo prestigio diplomático de, por ejemplo, Carlos Sosa Rodríguez, o Andrés Aguilar, o Manuel Pérez Guerrero, o Miguel Angel Burelli Rivas, para sólo nombrar a cuatro figuras que marcaron huella en el sistema de Naciones Unidas, hoy en día se encuentra pulverizado por esa combinación nada original de retórica anti-gringa y de botija petrolera.

La repartidera de contratos y donaciones en medio mundo, desde compras militares en Bielorusia hasta proyectos quiméricos en Mali, pasando por «alianzas estratégicas» allende y aquende tiene de todo menos de gratuito.

Si bien no se puede afirmar que el Kremlin haya vendido su apoyo al «gobierno bolivariano» a cambio de unos buenos rublos, es obvio que la compra de aviones y helicópteros rusos, valorada en 3 mil millones de dólares, es un argumento sugerente para impulsar la balanza de una decisión que, en definitiva, es de naturaleza secundaria para Vladimir Putin.

Lo primario para nuestro país es constatar la manera descarada y grotesca como los recursos del Estado nacional se utilizan para promover los intereses políticos del señor Chávez y su cacareada «revolución». Estimaciones preliminares montan la cifra de las «asignaciones internacionales» en cerca de 20 mil millones de dólares. En números redondos eso equivaldría a más de 100 millones de bolívares por cada familia venezolana que se encuentra en situación de pobreza extrema o miseria.

Pero nada de eso parece importar demasiado a la hora de «distribuir» los petrodólares a lo largo y ancho del planeta. Desde luego que un tema es la cooperación internacional, y sobre todo continental, que desde hace décadas ha caracterizado a la política exterior de Venezuela, y otro muy distinto es un convenio nuclear con Irán o la construcción de un embalse en el delta del río Níger.

Domingo Alberto Rangel, insospechable de debilidades imperialistas, suele escribir que Chávez está tratando de comprar la voluntad de buena parte de los venezolanos. Se quedó corto el veterano polemista, porque ese afán también lo ha llevado a niveles delirantes en el campo internacional.

La silla del Consejo de Seguridad en Nueva York puede llegar a costarnos tan cara, en términos de proporción, como esa otra silla más cercana, la de Miraflores.

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