Opinión Internacional

La Crítica a Israel: Entre la legítima disensión y la injuriosa banalización

Los cuestionamientos a las políticas de Israel en su conflicto con los palestinos y Hezbolá -la guerrilla islámica que tomó decisiones de guerra y paz en nombre del Gobierno soberano del Líbano- son válidos y, probablemente, en algunos casos, menos severos que los de la misma prensa y buena parte de la sociedad israelí, poco piadosa con las políticas de sus gobernantes.

A raíz del reciente conflicto del Líbano, algunos periodistas e intelectuales acusan a los israelíes de creer que su seguridad está en peligro por su ‘hipersensibilidad post-Holocausto’. De hecho, la conexión del Holocausto durante la operación militar israelí contra Hezbolá no fue invocada por sus políticos sino, paradójicamente, por aquellos que condenan a Israel por no tomarlo en cuenta, supuestamente, como un precedente para reaccionar ante sus enemigos con ‘guantes de seda’.

Los israelíes sienten que su seguridad está en peligro porque tanto en los territorios palestinos como en el Líbano, fundamentalistas islámicos que proclaman la destrucción de su Estado han creado una infraestructura de terror al lado de sus fronteras con la ayuda de Al Qaeda, Irán y Siria. Cada israelí que se siente amenazado percibe su realidad por los atentados suicidas de terroristas en sus ciudades y por los misiles que, desde la década de los ochenta, son lanzados al norte de Israel desde el Líbano y, en los últimos años, desde Gaza, que dejan un saldo de víctimas que sería oportuno tomar en cuenta para el análisis actual de Medio Oriente.

La obsesión por el Holocausto parece estar en muchos de los periodistas que analizan el problema de seguridad israelí a distancia, sin tomarse en serio las amenazas y acciones constantes de los grupos fundamentalistas que buscan borrar a Israel del mapa.

EL ‘GENOCIDIO’ BANALIZADO. Es muy fácil usar una palabra, sacarla de su contexto original y utilizarla para demonizar al enemigo. Esto se ha vuelto común con las palabras ‘genocidio’, ‘holocausto’ y ‘nazi’, cuyas acepciones tienen que ver con la matanza de pueblos enteros por razones étnicas, en el contexto de ideologías que perciben a otros como seres humanos inferiores.

Fuera de su contexto, el uso y abuso de estas palabras es una afrenta a los sobrevivientes o descendientes de víctimas de algún genocidio, como el perpetrado en el siglo XX contra los armenios, contra la etnia Tutsi de Ruanda y el más singular consumado por los nazis con frialdad burocrática -el Holocausto-, creando industrias de la muerte para todo aquel que no tuviese características arias, como los judíos, gitanos y otras minorías.

Para André Glucksmann, filósofo francés, estos son los únicos tres genocidios contemporáneos, a los cuales yo agregaría el de los serbios a los musulmanes de Bosnia y el de Sudán -que ocurre hoy ante la indiferencia del mundo-, donde se extermina a la población cristiana animista y a las minorías negras. Coincido con Glucksmann cuando, en su obra El discurso del odio, es enfático al expresar: «Lector, detente aquí, ten cuidado con la palabra ‘genocidio’. Se abusa del vocablo». Además, explica que esa palabra significa «un cataclismo humano, muy humano, cuando los hombres armados liquidan según órdenes recibidas a otros desarmados, culpables únicamente de haber nacido».

Trágicamente, son muchos y extensos los terribles crímenes cometidos en el mundo, como los de Stalin en los gulags (campos de concentración) soviéticos, con más de cinco millones de víctimas; los de la Revolución Cultural China, con más de veinte millones de disidentes asesinados; los dos millones de camboyanos masacrados por los Jemeres Rojos; los más de 300 mil chechenios musulmanes masacrados por la actual Rusia, e, incluso, las decenas de miles de desaparecidos por dictaduras de derecha en Argentina o la terrible tiranía de Pinochet, entre otros.

Agreguemos a la lista de estas masacres, para equilibrar, los perpetrados por Estados Unidos en Vietnam, Irak y en otros lugares; o los 1,473 palestinos muertos por tropas de Israel desde 2000 hasta junio de 2002 -el 60% de los cuales pertenecía a grupos terroristas-, y no olvidemos, solo porque ocurrieron entre ‘hermanos musulmanes’, los miles de palestinos liquidados en Jordania en 1970 en el tristemente célebre ‘Setiembre Negro’. Asimismo, los más de 15 mil ciudadanos de la ciudad de Hama masacrados por el régimen sirio, en 1983, a raíz de una revuelta; los centenares de miles de víctimas civiles de la guerra de Irak e Irán entre 1984 y 1988 -incluidas a decenas de miles de niños suicidas utilizados por Teherán como bombas humanas-, y las masacres ejecutadas por Saddam Hussein contra chiitas y kurdos en su propio país.

Todas esta matanzas pueden ser consideradas crímenes de lesa humanidad, masacres injustificadas, pero no son genocidios. ¡Y no se trata de una cuestión semántica! El vocablo fue incorporado durante la Segunda Guerra Mundial al idioma escrito y moral de la humanidad, justamente para distinguir masacres que ocurren en guerras y conflictos de aquellas cuya lógica es la del exterminio total de un grupo étnico o religioso por la simple razón de ser quienes son. La ONU, en concordancia, también define el genocidio como «la negación del derecho de existencia a grupos humanos enteros».

Las acciones israelíes en Palestina y ahora con Hezbolá en el Líbano -por más cuestionadas que puedan ser- no se ajustan a una lógica y sustentable comparación con ningún genocidio y, mucho menos, con el Holocausto.

CRÍTICA LEGÍTIMA Y GENUINO ANTISEMITISMO. En el caso palestino-israelí, el conflicto es el resultado de la convicción de dos pueblos, que por razones religiosas, nacionales e históricas consideran que una misma tierra les pertenece. No debería haber fanáticos suicidas que cometieran horrendos crímenes contra la población civil israelí ni tanques israelíes que destruyeran edificios, causando la muerte de civiles inocentes por la presencia de terroristas en el lugar. Israelíes y palestinos son víctimas de un ciclo de violencia impuesto por la agenda de minorías extremistas que quieren transformar un conflicto nacional en una guerra santa. En este contexto, en nada ayudan los intelectuales que no encuentran mejor analogía para este conflicto que comparar a Israel con un Estado nazi o a dirigentes palestinos como los seguidores de la misión de Hitler.

Cuando el escritor José Saramago comparó a la ciudad palestina de Jenin con Auschwitz, tras la muerte de 70 palestinos en una incursión del Ejército israelí en la que murieron 23 soldados israelíes -lo cual demuestra que no fue una acción contra gente desarmada-, el escritor y activista pacifista israelí Amos Oz contestó: «Saramago muestra una gran ceguera moral. Quien no distingue entre los diversos grados del mal se convierte en servidor del mal. La ocupación israelí es injusta, pero compararla con los crímenes nazis es como comparar a Saramago, que es comunista, con Stalin».

Otro que ha manifestado expresiones claramente antisemitas ha sido el compositor griego Mikis Theodorakis, al comparar a israelíes con nazis, acusando a «esa pequeña nación» (los judíos) de ser «la raíz del mal» e, incluso, profiriendo grotescas expresiones, como «(los judíos) no tienen más que las sombras de Abraham y de Jacob; nosotros (los griegos) tenemos al gran Pericles» (noviembre de 2003). También el escritor Arturo Pérez-Reverte, quien en una carta ficticia le recomienda a los Reyes Magos evitar «la variedad hijo de puta con trenzas, kipá en el cogote, escopeta y tanque Merkava», utilizando caricaturescos prejuicios medievales del pueblo judío -sin advertirles, por cierto- que sus probabilidades de ser ejecutados por monarcas tiranos y fundamentalistas islámicos de la región es mucho mayor.

Una crítica muy severa contra Israel -para algunos no equilibrada, pero, en todo caso, de ninguna manera antisemita- es la de Mario Vargas Llosa en sus artículos sobre Israel y Palestina. Pero, como bien lo explica el escribidor, su crítica severa es la de un amigo leal a Israel que hace un vehemente llamado a la cordura porque sabe que su voz, como la de muchos israelíes que concuerdan con él, viven en una nación donde pueden oponerse a lo que les parecen políticas equivocadas o brutales, sin ser perseguidos, encarcelados o liquidados, como sí lo serían de vivir en casi todos los otros países de la región. Vargas Llosa asegura que gracias a la vibrante democracia israelí mantiene la esperanza de que haya un cambio de política en dicho país.

Quienes critican a Israel como lo hace Vargas Llosa colaboran con el legítimo debate respecto a cómo debe ser resuelto el conflicto de ese país con los palestinos y otros vecinos. Contrariamente, aquellos que se pronuncian sobre Israel y los judíos banalizando el Holocausto, trivializando conceptos como ‘genocidio’ y utilizando un discurso de odio al judío, no solo envician una polémica necesaria sino también vierten su obvio antisemitismo injuriando a todo un pueblo. En estos casos de insensatas y maliciosas comparaciones calza muy bien la frase de Sartre: «La clave del antisemitismo es el antisemita, no el judío». Y hoy, para el caso, la clave del odio al Estado de Israel está también en quién lo odia.

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