Opinión Internacional

La cultura del dice que dice

La noticia que divulgaron los periodistas el pasado 9 de abril fue que el capitán de ejército Omar Tellez Arancibia fue castrado, descuartizado y que sus asesinos, los aguerridos campesinos de Achacachi, hasta le vaciaron las cuencas de los ojos. Este hecho horroroso puso a Bolivia en las páginas de los diarios del mundo.

¿Ocurrió asi? La respuesta es un rotundo ¡No!

En momentos en que la humanidad enfrenta uno de los retos más colosales de su historia con la evolución de las comunicaciones vía satélite, que hace posible el conocimiento de una noticia en sus más ínfimos detalles en cuestion de segundos, cabe preguntarse ¿por qué entonces tanta desinformación?

Este es el gran interrogante de la hora. A más fuentes de información, a mejores comunicaciones, a mayor acceso a los medios, ¿cómo es que se justifica que la gente, el gran público, se sienta más desinformado que antes?

Para mi la respuesta está, ¡cuándo no!, en la educación. Cuanto más educada una persona, cuanto más instruida, menos suceptible de ser confundida o sepultada por el aluvión noticioso porque tendrá la capacidad de filtrar lo útil y descartar lo inútil. Así de simple.

Y cuando más graves las noticias que se manejen, más debe ser el cuidado en seleccionar las fuentes de información para no entrar en el torbellino de la cultura del «dice que dice» que nos ha traido grandes pesares y vergüenza a los bolivianos.

Aquel aciago 21 de julio de 1946, cuando según todos los indicios parecía que por los feriados de fin de semana amainaria la turbulencia político-social de los días precedentes, bastó un «dice-que-dice» para que estallara la pólvora en La Paz.

Efectivamente, ese domingo como a las 10 de la mañana se empezó a correr el rumor de que «en el patio de la alcaldía de La Paz hay siete universitarios colgados». Nadie se preocupó de averiguar la veracidad del «dice que dice».

La víbora humana sedienta de venganza, ni siquiera fue a la alcaldía a «rescatar» los cadáveres de los supuestos colgados, sino que se dirigió a la Plaza Murillo para atacar al palacio presidencial, asesinar al presidente Gualberto Villarroel y sus edecanes y colgarlos de los faroles públicos.

Claro que en todas partes se cuecen habas, pero en Bolivia parecemos haber cultivado una peculiar industria del dice que dice para dirigir a la opinión pública en una determinada dirección. Sus más entusiastas cultores son los políticos y a veces al más elevado nivel. Todavía recuerdo una conversación en Caracas con Remo di Natale, líder de la democracia cristiana boliviana en 1970.

Era el 20 de agosto y mientras monitoreábamos las trágicas informaciones desde Bolivia, él justifico el golpe del coronel Bánzer porque «dice que hay 3.000 rusos en Colquiri listos para apoyar la instauración de un régimen comunista en Bolivia». Ya ni me molesté en preguntarle quién se lo había dicho.

Ahora hace un mes, la prensa mundial se lleno con la noticia divulgada desde Achacachi por reporteros de una radio paceña, recogida por los diarios más serios del país y de allí por las agencias noticiosas internacionales.

Cuando la calma regresó a la zona de Achacachi, pudo reconstruirse lo sucedido y aunque ciertamente el capitán Tellez tuvo una muerte atroz, nadie se ensaño con el cadáver, como lo atestiguó el forense del hospital de aquella población.

El gobierno, que se ufana de cuidar la imagen del país en el exterior, de manera taimada tampoco desmintió las tremendas informaciones, pese a que sus altos miembros y los jefes de las Fuerzas Armadas comprobaron el mismo domingo que el cadáver de Tellez no estaba desmembrado.

¿Qué tal si por nuestro peculiar «dice que dice» uno de esos gatillo-alegres que nunca faltan entre los militares hubiera decidido ordenar represalias por el horroroso asesinato de su capitán?

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