Opinión Internacional

La derrota de McCain

Como es natural, todo el mundo se ocupa de ponderar la victoria electoral de Barak Obama, un acontecimiento de extraordinaria importancia en la historia política y social de Estados Unidos. Y justamente por eso hay que darle una mirada a la derrota de John McCain, porque ella contiene algunas claves para entender, en su justa dimensión, el resultado de los comicios gringos del pasado 4 de noviembre.

Dice el cineasta afroamericano Spike Lee que la América encarnada en los valores convencionales del partido Republicano dejó de existir. Un comentario quizás aventurado si se toma en cuenta que por el senador de Arizona votaron más de 55 millones de electores, o el equivalente al 46% de los sufragios. Obama duplicó a su rival en los llamados «votos electorales», pero la diferencia en la votación popular fue de 6%.

En las elecciones presidenciales del 2006, el reelecto Bush obtuvo el 51% con algo más de 59 millones de votos, y su contrincante Kerry el 48% con casi 56 millones. Es interesante observar que la disminución del caudal electoral de McCain con respecto a Bush, siendo decisivo para determinación del triunfo Demócrata, no necesariamente representa un cataclismo irreversible para la parcialidad Republicana.

En especial si se «factorizan» al menos dos elementos: que el segundo mandato de George W. Bush termina como uno de los más impopulares del último siglo, y que hace menos de dos meses tuvo lugar un «economic meltdown» de proporciones mayúsculas y mundiales. Una combinación cruzada que habría podido conllevar a la obliteración política de los Republicanos, que sin embargo, con todo y la significativa derrota, no ocurrió.

Recordemos que en 1992 se creyó que Bill Clinton había puesto fin a la era Reagan-Bush, y dos años más tarde los Demócratas perdieron las elecciones legislativas a manos de las huestes conservadoras de Newt Grengich y su célebre «Contrato con América». Clinton tuvo que «triangular» la agenda de sus rivales –vía Dick Morris– para salvar su presidencia y ser reelegido en 1996.

Quienes piensen que el ascenso de Obama a la Casa Blanca representa un viraje tectónico del conservatismo al liberalismo, pueden incurrir en un craso error. La poderosa consigna del cambio tiene muchas lecturas, pero un político tan diestro como el ahora 44° Presidente se cuidará de no repetir la estrategia del temprano Clinton, cuando trató de impulsar una agenda gubernativa de izquierda liberal que, a la vuelta de la esquina, casi le costó su permanencia en el poder.

El triunfo de Obama puede evidenciar una realineación política de la sociedad estadounidense, dónde las denominadas minorías afromericanas e hispanas junto a sectores juveniles, urbanos y profesionales de la aún mayoría nacional, alcancen un poderío político y electoral que no lucía posible unos pocos años atrás.

Pero ello no conduce de manera inexorable a una realineación ideológica conforme a las corrientes más liberales del espectro Demócrata. La derrota de McCain, con casi la mitad del electorado en medio de un tsunami económico y bajo el sino radioactivo de Bush, así lo sugiere.

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